Nuestra vida se realiza en la entrega a los otros

Educando en Valores - 8 octubre, 2017

Las personas en lo profundo de cada uno nos sentimos solidarios de los demás, aunque después nos veamos limitados, por diversas causas, para una ayuda efectiva. Además en el Bautismo hemos sido consagrados por el  don de Dios. Por la respuesta personal y libre buscamos reconocer al otro como hermano, para identificamos plenamente con Cristo, aceptando acoger y vivir los sentimientos de su Corazón. En la cotidianidad expresamos el seguimiento a Cristo en los favores, consideraciones y detalles de bondad hacia quienes nos rodena. A su vez, Cristo se nos da en la Eucaristía, uniéndonos en su oblación al Padre.  La entrega de Cristo, hasta el extremo, siempre es una referencia que necesitamos tener en cuenta para saber cómo tienen que ser nuestros compromisos.

En la comunión entre nuestro corazón y el Corazón de Cristo, en la vivencia de la Eucaristía, se realiza el pedido: “Y todos ustedes son hermanos” (Mt 23, 8). Para vivir como hermanos no podemos prescindir de la celebración de la oblación del Hijo al Padre. En la medida que falta la referencia a la íntima comunión entre el Padre y el Hijo perdemos la perspectiva de la fraternidad, pues desconocemos o ignoramos la presencia del Espíritu Santo “que nos impulsa a reproducir el misterio pascual en nuestra existencia”.

Las personas nos realizamos plenamente cuando podemos convertirnos en un don para el otro. En le medida que tratamos de protegernos egoístamente, nos vamos anulando y se atrofian las posibilidades de crecimiento. Así se entiende lo que nos dice Jesús: “el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará” ( Mt 16,25). Quien está a nuestro lado, necesita lo que tenemos y nos permite desarrollarlo y acrecentarlo. Todos tenemos la experiencia de que aquello que se no práctica o no se usa, se olvida y se pierde. El prójimo con su carencia nos hace descubrir los valores que poseemos. La Eucaristía es el don de Cristo hacia los hombres, que todos estamos llamados a imitar en nuestras relaciones interpersonales.

Nos vamos a detener en cinco momentos de la celebración Eucarística, que nos dan la posibilidad de reflexionar sobre la fraternidad desde la perspectiva espiritual y redescubrir al hermano que está a nuestro lado.

  1. En la misa acercamos el pan y el vino, signo de la cotidianidad de nuestras vidas.

Todos somos el niño que posee los cinco panes y los dos peces que Jesús espera: “Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados… Tráiganmelos aquí” (Mt 14, 17-18). Ofrecemos todo lo que somos para que sea pan para todos. Cuando nos guardamos a nosotros mismos nos perdemos en la esterilidad. Sólo cuando nos damos a Cristo Él hace que podamos repartirnos entre los hermanos.

El pan y el vino tienen su origen en el trigo y en las uvas. Pero estos dos elementos necesitan ser molidos y estrujados, separando la harina y el mosto del salvado y el orujo respectivamente, para que podamos obtener el pan y el vino. Jesús en su entrega al Padre se dejó moler por el dolor: “Fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados” (Is 53, 5). Con Jesús somos el grano de trigo que se convierte en alimento para los otros. Somos la uva que Cristo transforma, que hace posible el vino, expresión de la celebración de la unidad en comunidad.

El ofertorio es el momento de la misa que nos dispone para acoger la oblación de Cristo y para ser nosotros mismo ofrenda. Al levantar el pan y el vino damos gracias por habernos elegido como frutos maduros para la entrega a los otros.

  1. Al levantar el corazón reconocer la obra de Dios en nuestra vida.

Siempre estamos recordando las gestas del pasado y en cierto modo las volvemos a celebrar, pues alegran nuestro corazón.  En la misa, en una forma muy abreviada se nos recuerda que por la acción misericordiosa y gratuita de Dios somos salvados. En la narración de la historia de la salvación vivimos la llegada de Cristo entre nosotros, para reconciliarnos con el Padre y recobrar la fraternidad que hace posible el mandamiento del amor. Cada día somos invitados a cantar al tres veces Santo y reconocer que somos llamados a la santidad: “Sean santos, porque yo soy santo” (1 Pe 1, 16).

La santidad es el proyecto que asumimos para identificarnos con el Padre. Aunque nos veamos pecadores, es infinitamente superior la bondad de Dios, que nos hace aptos para vivir en la amistad divina y como hermanos. Ésta es nuestra alegría: sabernos amados gratuitamente. Juntos, como hermanos, celebramos el deseo del Padre de que volvamos hacia Él para que seamos sanados y santificados.

Escuchar con atención a los demás, es una forma de tener en cuenta al otro, de conocerlo, de asumir sus sentimientos, tal vez de curar sus heridas o participar de los frutos de sabiduría que nos quiere regalar.

Cuando alguien nos cuenta sus vivencias, nos recuerda las maravillas que Dios ha realizado en él. Acoger al otro es una forma de aceptarlo y ponernos en su lugar empáticamente.

  1. El Espíritu Santo es el que nos consagra como Cuerpo de Cristo

Cristo, en su deseo de abajarse para llegar hasta nosotros, se hace accesible convirtiéndose en comida a nuestro alcance, para que nos dejemos asimilar y así quedemos divinizados, recuperando nuestra dignidad de hijos. La medida de nuestra fraternidad está en que nos dejemos transformar por Cristo. Él se nos da por entero y se queda para siempre; pero necesitamos permitirle que, por el mismo Espíritu, nos dé el don de la unidad como hermanos. “La columna de nube no se apartaba del pueblo durante el día…” (Ex 13, 21). De modo semejante a como se produce, por la acción del Espíritu Santo, la transustanciación del pan y del vino en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo; la comunidad y la familia, por el Espíritu, se convierte en presencia de Cristo.

Hacer presente al Espíritu Santo  en el corazón es necesario para que se genere fraternidad.  Por nosotros mismos no es sostenible una comunión estable. Necesitamos asumir los sentimientos que nos regala el Espíritu para vivir la unidad y la transformación interior. Es Dios quien necesitamos que nos acompañe siempre, de día y de noche, para que custodie nuestros pensamientos. Si el Señor no sostiene a la familia o la comunidad fraterna, por las fuerzas de cada uno no se sostiene. Es preciso hacer presente en forma constante al Espíritu. Por eso Jesús se queda en el Eucaristía, para que recurramos a Él sacramentalmente y por la fe siempre los sintamos presente. Visitar a Jesús en el Sagrario se convierte en una necesidad asidua, para que nos sostenga en la entrega.

  1. Nos trasmitimos la paz que es un don de Dios.

La paz es el valor más preciado para vivir en comunidad y la familia. En la división y la guerra se demuele la fraternidad, todos en cierto modo morimos espiritualmente e incluso fisiológicamente, pues somos una unidad inseparable. Todos anhelamos la paz, pues es lo que da sentido a  lo demás. La riqueza, la fama o el placer, sin paz interior, se convierten en causa se tortura. La paz es la síntesis del bien interior que nos permite gozar de las otras realidades e incluso de vivir con esperanza el dolor.

La Paz que nos damos unos a otros antes de la comunión es un regalo de Dios. No es fruto de la capacidad personal de socializar. El pedido de perdón a los otros ya lo hemos realizado al comenzar la misa, ahora entregamos al hermano el don de Cristo. Hacemos presente a Cristo que nos dice “¡La paz esté con ustedes!” (Jn20, 19). Con el gesto simple de darnos la mano trasmitimos la fuerza de la paz. “Cristo es nuestra Paz” (Ef 2, 14). Entregamos a Cristo resucitado, recibimos a Cristo por mediación del hermano. Como comunidad somos paz para todos.

La paz que hemos recibido se contagia y se trasmite por el talante personal. Cuando vivimos la paz, los demás pueden percibir el diálogo interior que se da con Dios en lo íntimo del corazón.

  1. Los hermanos comemos el mismo Cuerpo  y nos alimnetamos en la misma mesa.

Los hermanos nacen de la misma madre y se reunen alrededor de la misma mesa. Es importante tener cubiertas las necesidades fisiológicas, pero también se precisa la convivencia, el estar con los otros. En la familia y en la comunidad se comparte tiempo y espacio que de algún modo va configurando la forma de sentir y hacer en la vida.

Al acercarnos a comulgar Cristo viene al corazón de cada uno: Cristo está entre nosotros. Sin perder la identidad todos formamos un solo Cuerpo. ¡Cuánto más la comunidad queda unida por Cristo en la Eucaristía! “Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1 Co 10, 17). Cristo en cada uno y en todos. Él supera la barrera de las diferencias para juntos vivir la unidad en Él. Antes de comulgar, Cristo con su Palabra, sana nuestro corazón y nos da un corazón nuevo, capaz de vivir y expresar sus sentimientos.

Espiritualmente podemos alimentar la unidad: con lecturas comunes, con la participación en excursiones con el objetivo de estar juntos, debatiendo una película, caminando dirigiendo la mirada hacia el horizonte, signo de nuestra común esperanza. En el compartir y la comunión el acento está en las personas;  lo demás tiene que pasar a un segundo plano. Cuando caminamos juntos, Cristo se hace presente, necesitamos reconocerle en el fuego que va encendiendo en nuestros corazones, que se manifiesta en la valoración y aprecio hacia los demás.

 

Hno. Javier Lázaro