Las virtudes humanas hacen posible la convivencia fraterna

Educando en Valores - 18 noviembre, 2017

La fraternidad es la vivencia necesaria y amplia para que, como personas, desarrollemos la dimensión de la apertura. La llamada al encuentro con los otros está inserta en el corazón de cada uno, donde también entra la Trinidad como comunidad de personas. Sólo en la entrega gratuita a los otros nos realizamos y nos orientamos a la felicidad. El Padre,  el Hijo y  el Espíritu Santo, nos invitan a participar de su vida y a reproducir sus sentimientos entre nosotros.

Son los hermanos, los otros, los que nos despiertan para el encuentro y Dios mismo se hace mendigo para encontrarnos y caminar juntos: «El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?”» (Gn 3, 9). El Padre busca la unidad de todos sus hijos en Cristo. Como hijos miramos juntos hacia el Padre y nos presentamos solidarios con Cristo hacia los más débiles. La verdadera fraternidad elimina las diferencias jerárquicas y nos hace solidarios de los demás, aprendiendo a mirar fuera de nosotros mismos. Todos poseemos la misma dignidad. La grandeza del otro embellece nuestra vida.

La fraternidad siempre necesita de la libertad individual para elegir a los otros como hermanos. La libertad está ayudada por el deseo de bien absoluto, y llega a expresarse más auténticamente en las manifestaciones del amor que exigen esfuerzo y renuncia. No podemos hablar de auténtica libertad, cuando las decisiones nos encaminan a la división y a la imposibilidad del encuentro.

Ante el peligro que supone el egoísmo personal para la unidad de la fraternidad, necesitamos dar un salto cualitativo, respondiendo al llamado a Dios que quiere nuestro corazón en su totalidad. Por caunto Él nos insinúa interiormente a hacer una orientación hacia la autenticidad, buscando la conquista de las virtudes humanas, que abarcan todas las dimensiones de la persona. Cuando entregamos a Dios todo nuestro ser Él nos sostiene en la relación fraterna y hace realidad su deseo: “y todos ustedes son hermanos” (Mt 21, 8). Por esto nos detenemos a reflexionar en algunas virtudes y su implicación con la fraternidad:

1.  El desprendimiento de las cosas materiales nos abre a la confianza absoluta en el Padre.

Cuando renunciamos a todo lo material o el dominio de las personas, conquistamos la libertad de acoger a los hermanos y descubrimos sus valores espirituales. Esta dimensión es un signo claro de que anhelamos lo verdadero, lo noble, lo bueno y lo bello, aquello que nos puede hacer auténticamente felices.

Al morir no nos llevamos nada, pero por la fe gozamos ya anticipadamente del gozo eterno. Nuestro tesoro es la amistad y la pertenencia a Cristo. Lo poco o lo mucho que consideramos como propio ya nos domina y divide: “Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia»” (Lc 12, 13). Con frecuencia en las mejores familias, la ambición por lo material, termina por dividir a todos y haciendo que se rompan las relaciones interpersonales que llevó años construir.

Al examinarnos nos damos cuenta que la pretensión de dominio sobre los otros a nivel intelectual, afectivo y en el uso exclusivo de accesorios, nos roba la unidad interior y nos aparta del prójimo. La avaricia nos separa como hermanos, rompe la fraternidad. Las “riquezas” nos quitan la paz que revitaliza el corazón. Cada uno podemos hacer una lista de aquello que nos esclaviza y domina Sólo el encuentro interpersonal con el hermano nos abre al don infinito de la paternidad de Dios.

En la medida que renunciamos a la posesión de cosas materiales por Dios nos encaminamos al dominio sobre nosotros mismos, alcanzamos la libertad, generamos amistad y Cristo puede establecer su morada en nuestro corazón. Los bienes materiales son un medio para las espirituales y definitivos; nunca los podemos convertir en un fin en sí mimos.

2.  El crecimiento afectivo nos conduce a la fecundidad de la amistad.

El dominio sobre nosotros mismos nos lleva a la aceptación personal, pues es la forma de experimentarla presencia de Dios. Encauzar el corazón es una gracia que Dios nos regala cada día, que crece en la medida que nos abrimos  para recibir a los hermanos sin pretensiones de cambiarlos.

El corazón unificado por el bautismo nos permite mirar con fe a Dios y a los hermanos, para vivir la fraternidad sin distinción de personas. Aunque nos veamos débiles siempre contamos con la fuerza de Cristo: “porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co 12, 10).

La castidad, la virtud que ordena nuestra sexualidad, nos enseña a ser fecundos en todas las circunstancias: en las tareas sencillas bien hechas, en la contrariedad cuando parece que se ha perdido el sentido… Necesitamos dejarnos ayudar por el Espíritu y tomar posesión de nuestros sentidos interiores y exteriores para que nos convirtamos en alabanza a Dios y caminemos en la amistad con los otros.

San Pablo nos anima: “En todo momento “hermanos, yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual que deben ofrecer” (Rom 12, 1), unidos a Cristo. Pero esta entrega a Dios se expresa en el servicio con caridad a los que están a nuestro lado: “Consideren como propias las necesidades de los santos y practiquen generosamente la hospitalidad” (Rom 12, 13).

3.  Por la docilidad adherimos totalmente al querer de Dios.

Por la fe y la docilidad nos identificamos plenamente con Cristo, que “se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó” (Flp 2, 8-9). Entregamos a Dios las cosas, el tiempo, el cuerpo y el corazón. Por la obediencia le ofrecemos nuestros criterios, la forma de pensar, los gustos… para asumir lo que nos propone, pidiendo sentir como Él y acogiendo lo que el Espíritu nos quiere regalar.

Cada cosa que experimentamos la sentimos con los otros, renunciando a la vanagloria, a la autosuficiencia o al individualismo, aunque signifique dolor: “Cristo aprendió, por medio de sus propios sufrimientos, qué significa obedecer… llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen (Hb 5, 8-9). Compartimos la cotidianidad y a Cristo que nos ha dado libertad de elegir siempre el bien.

4.  La amistad, la fraternidad y la vida de familia suponen orden y asumir normas de convivencia.

Las relaciones humanas donde se busca el crecimiento de los personas a través de la ayuda mutua, supone que todos sus miembros, cada uno según sus posibilidades, asuman unas normas que lleven a aportar lo mejor de sí mismos al bien de todos. No se puede entender un grupo (una comunidad o una familia) donde cada uno busca el bien en forma egoísta (pues terminan encadenados y en alguna forma de muerte). No es un ejército de  soldados, que se impone por la fuerza. Pero siempre el busca el crecimiento, complementando lo que el otro no alcanza por sí mismo.

La fraternidad, tienen en cuenta todas las diferencias, con las limitaciones y posibilidades de cada uno; no se busca la igualdad, pues todos somos distintos. Las relaciones de caridad hacen que se llegue a lo específico de la personas para que alcancen su alegría y paz.

Se evitan las comparaciones o los juicios; pero todos asumimos la responsabilidad de la entrega absoluta. Esto supone que en forma continua tenemos en cuenta a los otros en las decisiones; buscando no anular o dejar relegado a nadie.

En la familia o en la comunidad, acordamos una forma de ser y de actuar que facilite la convivencia. Asumimos horarios comunes, sabiendo usar de la adecuada autonomía. Se busca un orden en el uso de las cosas cotidianas para poder compartirlas, previendo que después las puedan necesitan otras personas a las que amamos.

5.  Cuidamos el corazón para acoger en todo momento a los otros.

En la fraternidad estamos siempre dispuestos a acoger al hermano y para ello abrimos el corazón a través de: la escucha atenta, la transmisión de afectos, valorando a los otros, perdonando con sinceridad, alentando las buenas intenciones, cuidando los gestos, dejando que los demás descansen en nuestra confianza, respetando sus  sentimientos, permitiendo que los otros prueben sus iniciativas, corrigiendo en forma personal y fraterna.

Para que nuestro corazón pueda acoger a los otros necesitamos sanarlo y cuidarlo; esto supone ordenar recuerdos, hacer el esfuerzo para rechazar algunos pensamientos, superar prejuicios, buscar siempre el bien, perdonar, callar para escuchar, hablar para tender puentes de encuentro,  practicar la humildad, descubrir los dones que Dios nos ha dado, sabernos valiosos por nosotros mismos, centrarnos en el camino que podemos hacer en el futuro, agradecer los pequeños detalles de bondad de cada momento.

Cuidar el corazón es una tarea continua. No se puede reducir a la decisión de un momento determinado y dar todo por terminado o arreglado. Somos seres dinámicos, en forma permanente seguimos procesando las historias del pasado y es preciso renovar la decisión cada vez que nos asaltan algunos sentimientos o pensamientos. Es así, como nos vamos afianzando y conquistando la personalidad.

El revisar nuestras actitudes interiores sin obsesiones y haciendo prevalecer el agradecimiento, nos previene contra el resentimiento y la envidia, que matan a la fraternidad.

La fraternidad es fruto de la libertad madura de la persona y del don del Padre, que nos hace a todos hermanos. En este sentido Jesús nos da el mandamiento del amor: “ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13, 34).

 

Hno. Javier Lázaro