Cómo nos preparamos para escuchar y responder con prontitud

Educando en Valores - 24 abril, 2018

Con frecuencia lo que pensamos o sentimos, no es tan propio o nuestro como parece; posiblemente Dios ya ha depositado o puesto el deseo en el corazón y simplemente está esperando la deliberación, para que de una vez por todas, nos determinamos a responder a su llamado.

Dios, antes de llamarnos, prepara el corazón para que podamos escuchar su voz y así seamos receptivos a su querer. Habitualmente es un proceso paulatino de conversión, pero que también lo puede realizar en un instante, respetando nuestra libertad. Se ve facilitado porque, desde antes de la creación, hay una parte íntima de nuestro ser que busca el encuentro con Él. Con el nacimiento, muerte y resurrección de Cristo hemos sido plenamente sanados: “El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente” (2 Cor 5, 17). Somos imagen de su bondad, se da una sintonía entre la aspiración del  corazón y la Verdad, que es Cristo.

Jesús tiene interés en vivir el encuentro para que seamos felices: El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer” (Jn 15, 5). La experiencia de amistad con Cristo genera un vínculo que buscamos que se extienda a los otros, pues los bienes espirituales aumentan en la medida que generosamente los damos a los demás: “El que siembra con generosidad, cosechará abundantemente. Que cada uno dé conforme a lo que ha resuelto en su corazón… Dios ama al que da con alegría” (2 Co 9, 6-7). La fecundidad de todo lo que hacemos depende de la amistad que tenemos con Él. Pero llevándolo a un plano más humano, la fecundad de la familia o la comunidad dependerá cómo se vive la unidad y la caridad en las personas que convivimos.

Pero, en una sociedad que se mueve por lo concreto y lo sensible, algunas veces se nos hace difícil reconocer las maravillas que Dios obra en nuestra existencia más íntima o interior. Necesitamos estar animados por la fe y vivir el encuentro frecuente con Cristo, para descubrir su riqueza; en Él quedamos configurados. Cristo es la respuesta a la búsqueda del sentido de cada persona; por tanto es preciso mirarlo a Él, que siempre tiene los ojos fijos en nuestro corazón.

Además, Cristo  nos ha elegido, para que seamos instrumentos de la llamada que hace llegar a los jóvenes hacia los bienes transcendentes y espirituales, para que sean felices. Somos nosotros los que mostramos el valor incomparable que es Jesús y podemos afirmar con San Pablo: “Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre” (Heb 13, 8), pues es Él quien sostiene nuestro compromiso y nos mantiene unidos en la fraternidad o en la fidelidad de la familia.

Con frecuencia los jóvenes nos preguntan: “¿Por qué tengo que escuchar la voz de Dios y seguir su voluntad?” Donde se habla y se desea una libertad casi absoluta nuestros argumentos son poco convincentes, pues nos comunicamos desde perspectivas distintas. Así nos puede llegar la desesperanza y la desolación espiritual. Es entonces cuando necesitamos fijar principios que nos ayuden a seguir escuchando, llamando y generando esperanza. Nos vamos a detener en algunos medios que nos ayudar a escuchar:

1. La oración es perseverante: “Pidan y se les dará” (Mt 7, 7).

La oración de intercesión siempre nos ayuda a buscar la mirada de Jesús, para que nos vea y se compadezca. El elevar el corazón hacia Dios ya nos abre a la perspectiva de que hay “Alguien” que nos escucha, y que aunque sea torpemente, esperamos una respuesta. La oración en los momentos de aridez siempre nos ayuda a salir de la sensación de que no tenemos remedio, nos abre al futuro, nos permite proyectarnos con las posibilidades que nos ofrece Dios todopoderoso. “Oren sin cesar” (1 Tes 5,17). Expresar a Dios lo que necesitamos es tener un diagnóstico claro de lo que padecemos y es posible que encontremos también las causas que nos han llevado a la sequedad del corazón. La oración, sin importar el estado de ánimo en que nos encontremos, siempre es el tiempo mejor invertido, pues nos dispone a acoger el don de Dios, nos ayuda a reconocer nuestro “yo” personal, nos pone en comunión con los otros y nos llena de la alegría del Espíritu, que nos hace testigos creíbles del Reino.

2. Fijarnos hacia dónde vamos: “Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón” (Mt 6, 21).

Escuchar a Dios nos puede inquietar. Son muchas las personas en la Biblia que a la hora de recibir la comunicación divina quedan confundidas y por eso se les pide que “no teman”: Moisés, Samuel, Zacarías, María, Pablo, etc. Al volver sobre la historia de nuestra vida siempre nos encontramos con la fidelidad de Dios y el cumplimiento de sus promesas. Todos los días con María decimos “acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre” (Lc 1, 54-55).

El tiempo que dedicamos a la meditación y la reflexión, es de celebración y fiesta, que expresamos con la comunidad en la liturgia. La reflexión personal guiada por el Espíritu nos ayuda a reconocer el tesoro que llevamos en nuestro corazón, como es la amistad con Cristo, que podemos perder por la falta de atención: “Llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Cor 4, 7). Es necesario, en forma continua, valorar la vocación, hacer consciente la alegría a la que estamos invitados, sabernos hermanos en la comunidad y confiar  en que Dios nos sostiene.

3. Podemos ser fieles siempre, aunque nos sintamos débiles: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4, 13).

La tentación en los momentos de debilidad o de lucha nos lleva a la evasión y la huida para no afrontar la dificultad. Cuando estamos limitamos en algún aspecto con facilidad pensamos que no podemos hacer nada. Por eso es necesario que delimitemos bien el problema, para que dispongamos el resto de capacidades en orden a la entrega y al servicio. Incluso nos ayudará a superar la dificultad la mortificación elegida convenientemente (en la comida, el uso de los medios de comunicación, acercarnos a quien nos cuesta, ayudar a alguien, ser ordenados en las cosas y en los afectos…). En la medida en que nos superamos en algo, con un humilde esfuerzo, nos abrimos a la esperanza: “nuestro Padre, que ve en lo secreto, nos recompensará” (Mt 6, 18) dándonos su gracia.

La iniciativa del llamado es de Jesús, pero nosotros también tenemos una parte de responsabilidad, pues necesitamos escuchar y responder a lo que nos pide. La alegría es una expresión de que estamos respondiendo al llamado de Dios.

4. Siempre vamos a encontrar nuevas alternativas: “Se oyó el rumor de una brisa suave” (1 Re 19, 12).

Para escuchar a Dios o a los que nos rodean, necesitamos prepararnos. Prestar atención a los detalles; el lenguaje gestual en muchas oportunidades nos dice más que las palabras. Leer los acontecimientos es una forma de escuchar y de ubicarnos en la realidad. No es suficiente el análisis crítico, es preciso mirar con fe y mantenernos abiertos a las sorpresas del Espíritu, que se manifiesta en los hechos cotidianos y a través de las personas con las que convivimos.  Sólo es necesario apaciguarnos, dejar la dispersión, buscar el equilibrio interior y estar abiertos para poder escuchar. El exceso de información no es garantía de saber o escuchar; puede ser un síntoma de aturdimiento.  El metalenguaje del encuentro nos comunica mucho más que las comunicaciones virtuales. Ir al encuentro del otro nos abre a su novedad constante, aunque nos estemos viendo en forma continua. Escuchar suponer abrirse para acoger creativamente lo que el otro me insinúa o me pide.  Esto se logra en un clima de amistad y aceptando al otro tal como es. El perfeccionismo nos aleja de la posibilidad de nuevas alternativas.

5. La sanación de los recuerdos, nos ayuda a confiar: «Perdonar hasta setenta veces siete” (Cf. Mt 18, 22).

Los prejuicios y el rencor hacen imposible la escucha. En la actitud de escuchar se hace presente la necesidad de acoger al otro tal como es. No podemos guardar para siempre las debilidades del otro para ir a la confrontación; las personas cambian y en general están buscando superarse. En otros casos son así y el problema es nuestro, pues no aceptamos su realidad; vivimos de falsos ideales que nos alejan de la coherencia y las verdaderas posibilidades que tenemos.  Seguramente estamos viendo la paja en el ojo del otro y no vemos la viga del nuestro. Cf Lc 6, 41.

Cuando creemos en los otros, aunque antes nos hayan fallado, nos abrimos a las posibilidades que nos ofrecen y les damos la oportunidad de un crecimiento ilimitado.  La actitud de escucha hacia el otro es un termómetro, que nos indica cómo acogemos a su persona y vamos a poder trabajar juntos. Escuchar supone un proceso de sanación y liberación interior.

 

Hno. Javier Lázaro sc

Abril 2018