Contemplar para escuchar a Dios y el corazón

Educando en Valores - 30 junio, 2018

La tarea de escuchar no la podemos reducir a la pura espontaneidad. Cuando se trata de educar o ayudar a crecer, necesitamos disponernos interiormente y exteriormente para acoger lo que nos quieren comunicar.

Se precisa que los cinco sentidos exteriores estén preparados y orientados hacia el “Tú”. Por ser personas tenemos la capacidad de interioridad, de lo íntimo y por tanto, de aquello que poseemos en exclusividad; se trata de hacer una síntesis de afectos, de deseos, de pensamientos y del querer.

La afectividad, da un valor agregado a todo lo que queremos decir o lo que buscamos escuchar. La convivencia en la familia o en la comunidad se ve favorecida cuando ponemos los sentimientos adecuados al momento que estamos viviendo con las personas de nuestro alrededor. Para ello necesitamos estar atentos al entorno y a nuestro corazón.

Estamos llamados a cultivar algunas hábitos interiores que con la repetición adecuada se pueden convertir en virtudes, que nos permiten vivir felices en forma continuada. Las virtudes nos ayudan a hacer el bien y vivir la alegría. Algunas actitudes necesarias para escuchar son:

 

  1. Aprender a contemplar. Esto supone una mirada activa, dejando que la realidad nos hable. Por eso aquietamos nuestros razonamientos, nos dejamos afectar por la belleza que nos rodea, somos sensibles a las alegrías o dolores, establecemos relación empática, sin buscar cambiar lo que percibimos… Todo es importante a la hora de sumergirnos en la realidad. En un segundo momento examinamos cómo nos ha cambiado lo que hemos recibido. Registramos los sentimientos que se han despertado en el corazón; cómo ha cambiado nuestra forma de ver la realidad; qué cosmovisión logramos del mundo que nos rodea.
  1. Contemplar para dejarnos sorprender. Quienes queremos contemplar, precisamos la apertura para acoger lo que nos puede llegar al corazón. Supone superar la indiferencia y el escepticismo. Sin renunciar a los propios pensamientos y sentimientos, nos abrimos a lo superior y a lo que nos puede renovar. La contemplación es una parte de nuestro razonamiento. Los filósofos griegos, Platón y Aristóteles, consideran la contemplación como la actividad más profunda del ser humano. Por el ejercicio de la razón, la facultad exclusiva de la persona, quedamos ennoblecidos y nos ponemos por encima de todas las cosas. Razonar y reflexionar sobre la realidad interior y exterior nos hace más dignos.
  1. Ordenar los afectos y contemplar. El corazón siempre aspira a la verdad, a lo bueno y a la belleza. Pero esta tendencia se puede distorsionar por el desorden emocional y los sentimientos negativos. Necesitamos elegir el bien y poner los medios para abrirnos a lo infinito. La actitud contemplativa tampoco es compatible con el ruido, la interacción constante con las redes sociales, las prisas o la “falta de tiempo”, el subjetivismo de los deseos… La contemplación necesita la libertad para orientarse hacia lo excelso, lo grande, el gozo verdadero y duradero. Para escuchar en la contemplación estamos dispuestos a valorar los más leves susurros, que nos abren la puerta a la palabra, de la comunicación.
  1. Conocemos el corazón en la contemplación. En el apaciguamiento asiduo nos familiarizamos con nosotros mismos. Con frecuencia no nos conocemos y quedamos sorprendidos de ciertas reacciones ante situaciones inesperadas. Sólo en el encuentro íntimo, en el centro del corazón, podemos saber qué nos motiva, qué sentimos, hacia qué estamos inclinados, qué nos detiene o qué heridas necesitamos sanar. Entrar a nuestro centro íntimo con un espíritu libre, con el deseo de escuchar lo que el corazón nos tenga que decir, nos da el conocimiento personal, que nos ayuda a crecer, a través de la aceptación de nosotros mismos, con las virtudes  y limitaciones que percibamos.
  1. Escuchamos a Dios en la contemplación. En la medida que escuchamos nuestra realidad, podemos encontrarnos con Dios, que responde a las necesidades más profundas y nos ofrece el gozo indecible o indescriptible. Pero la contemplación es el espacio y el tiempo que nos facilita la familiaridad con Dios. Él siempre nos espera, pues sigue creando y dándose, para que tengamos vida. “Cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6,6). La habitación puede ser un espacio de nuestra casa, pero sobre todo es el propio corazón. Con frecuencia no accedemos al corazón, donde Dios nos espera por el miedo a encontrarnos con nuestra realidad; pero en definitiva es que no creemos en Alguien que es superior a la conciencia y a nuestros juicios, que nos puede sanar.
  1. En la contemplación se acoge el don de Dios. En la medida que con humildad creemos en la presencia de Dios, escuchamos, nos abrimos a su don infinito. Sólo entonces logramos sanar las heridas personales, superar cualquier situación que nos pueda parecer insalvable. Logramos la identidad cuando acogemos el bien que Dios nos regala y que deseamos vivir. La contemplación es el útero espiritual donde somos conscientes del amor que recibimos y que podemos experimentar, para ser nosotros mismos. Es cierto que Dios siempre nos ama y nos sostiene, pero con frecuencia no lo reconocemos y nos quedamos en un estado de debilidad; es preciso reconocer y alabar a Dios por sus dones, para empezar a creer en nosotros mismos y en Él.
  1. Celebrar en la contemplación, para creer. Hemos empezado diciendo que necesitamos ordenar los sentidos para percibir el bien que nos rodea. No podemos ser indiferentes frente al sol, la inmensidad del firmamento, la proliferación de colores según las estaciones del año; la belleza es un camino de encuentro con Dios y nosotros mismos. En cuento al oído, necesitamos prestar atención a quien está a nuestro lado, pero también al trino de los pájaros, la brisa de viento, el sonar del agua… El olfato también participa de la contemplación; estar atentos al aroma de las flores, al incienso de la alabanza… El gusto, nos ayuda a apreciar los sabores que incorporamos en la comida y que nos permite seguir viviendo. El tacto, nos lleva a sentir la caricia amiga, el leve roce de las plantas…
  1. Los sentidos interiores también nos enseñan a contemplar. Cuando cuidamos lo que percibimos del exterior, alimentamos positivamente los sentidos interiores. Por eso es importante escuchar en nuestra propia actividad, como una forma de armonizar la contemplación y la acción. La fantasía se alimenta de aquello que percibimos y que nos lleva a recrear lo que hemos experimentado. La memoria nos lleva a hacer presente la bondad divina en nuestras vidas. El sentido común es el camino para hacer una síntesis de la realidad, ayudados por la razón. Todo en su conjunto nos orienta a escuchar lo que Dios nos quiere comunicar.
  1. La contemplación se da en la cotidianidad. No es algo extraordinario, se tiene que dar en todo momento, en cada circunstancia podemos leer lo bueno de lo que nos rodea. En medio del trabajo cotidiano tenemos personas que nos manifiestan valores a los que estamos llamados a adherir y conquistar en la vida personal. Las dificultades, son también posibilidades de crecimiento, son un llamado a la superación. Pero todo dependerá de cómo nos posicionemos frente a los hechos. Es preciso tener una actitud contemplativa para descubrir lo positivo. No son los otros los que nos impiden crecer. La libertad es una forma muy particular de elegir nuestra forma de ver, escuchar y orientarnos hacia el bien que nos hace felices.
  1. La contemplación nos conduce a la admiración del otro y nos permite aceptarlo. Somos muy propensos a juzgar con rapidez los hechos y las palabras de los demás. Cada persona es un misterio inabarcable, que necesita toda nuestra consideración, para poder encontrarnos y entrar en una relación de fraternidad. Detrás de los errores, seguramente hay una historia que explica el comportamiento. Acoger al otro tal como es, nos ayuda en las relaciones interpersonales. Escuchar con empatía, supone ponernos en su lugar. Llegar hasta aquí significa que estamos en el camino de la madurez y del crecimiento. No nos realizamos en soledad, necesitamos a los demás para complementarnos.

La contemplación en definitiva es una forma de escucha de calidad y activa, que nos permite descubrir y vivir la grandeza de Dios, la verdad de nosotros mismos, llamados a la plenitud según Cristo. La preparación y el tiempo para escuchar en la contemplación es un camino para ser conscientes de nosotros mismos. Es una tarea de todos los días, pero que tiene un fin concreto, ser personas felices.

En la sociedad en que vivimos es un desafío la contemplación, pues parece que a todos nos exige una respuesta inmediata; fruto del efecto acción-reacción, propio de los perspectiva mecanicista, algunas veces necesarias y eficientes, pero que de continuar en forma permanente nos despersonaliza.

La contemplación es una forma de vivir intensamente cada instante de acuerdo a nuestra calidad de personas, capaces de razonar y de relacionarnos con los demás. No es retirarnos a un vacío o un yo solitario. La contemplación es una forma profunda de encuentro con Dios.

Siempre es el momento oportuno para empezar a escuchar a la propia realidad, desde el corazón y la certeza de que somos amados por Dios.  Es una tarea en la que no estamos solos, Él nos manda su Espíritu que nos dirige el corazón y nos hace participar de la vida divina, en el encuentro íntimo.

Hno. Javier Lázaro sc