Hablar con claridad, ayuda a escuchar

Educando en Valores - 13 agosto, 2018

En el ambiente educativo de la familia y la escuela se hace necesario hablar con claridad, para que no queden dudas hacia qué apuntamos. Estamos muy acostumbrados a que lo medios nos hablen en un lenguaje figurado y con doble sentido. Enseguida percibimos que estamos “fuera de onda” y que se están dirigiendo a otro grupo de gente, por tanto nos excluimos del tema y retiramos nuestra atención.

A medida que avanzan los años vamos perdiendo un poco la audición y exigimos a los otros que nos hablen claro, que vocalicen; cuando vamos a un lugar donde no funciona bien el sistema de amplificación del sonido nos sentimos incómodos y nos perdemos el mensaje que nos quieren trasmitir.

Jesús cuando se comunica con la gente habla en parábolas y con autoridad, ratifica con su vida lo que dice, para que comprendan y perciban el fundamento de los que nos comunica. Aquellos que no tienen un corazón bien dispuesto no pueden entender: “Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán” (Mt 13, 14). Los más cercanos después le piden explicación de alguna de las parábolas;  «Explícanos la parábola…» (Mt 13, 36).

Con frecuencia Jesús no emite sonidos, solamente se comunica con signos elocuentes. “Se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura” (Jn 13, 4-5). Calla cuando no tiene sentido dar respuestas a quién no quiere escuchar, pero reafirma la verdad aunque le cueste la vida. “Él permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente: «¿Eres el Mesías, el Hijo del Dios bendito?».  Jesús respondió: «Sí, yo lo soy»” (Mc 61-62). No se camufla en “medias verdades” o evasivas.

En nuestra misión de educadores, como padres o docentes, y en la vida fraterna, necesitamos determinarnos a hablar con claridad, con el testimonio de nuestra vida y con la sinceridad de las palabras. Los otros necesitan escucharnos, pues somos sus referentes, para que puedan adquirir certezas e ir formado los principios y convicciones de su vida. No precisamos prometer nada especial, como hacen algunos grupos. Cuando hablamos se requiere que afirmemos con los hechos, con autenticidad, lo que profesamos; no tenemos que convencer a nadie, sólo vivir en fidelidad la vocación que hemos recibido.

La vocación de educar es fecunda por la comunión con Cristo; Él nos enseña a hablar “Él Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho” ( Jn 14, 26). Es el Espíritu el que hace comprender a cada persona lo que necesita, de acuerdo a su realidad;  Él es quien nos hace vivir el lema: “Jesús llama: ven y verás”. Pero somos nosotros los que estamos al lado de los jóvenes y nos convertimos instrumentos del llamado, por eso necesitamos cuidar algunos aspectos de la comunicación:

  1. Los niños y los jóvenes necesitan escuchar con claridad nuestro testimonio.

A los hijos les gusta escuchar cómo sus padres se conocieron, se enamoraron y finalmente se comprometieron. Cuando perciben la relación de comunión que existe entre los padres, de alguna manera, van definiendo un ideal para sus vidas. La pregunta frecuente que los niños nos hacen les ayuda a pensar o definir quiénes son y qué quieren ser en la vida. Esto no nos puede caer de sorpresa. La vivencia del compromiso, la experiencia solidaria y el servicio a los otros, son como una fuente de agua viva que brota, que surge, de nuestro corazón y que nos lleva a comunicar lo que sentimos con emoción y entusiasmo, encendidos en el fuego del amor divino. No es tan importante el orden de las palabras o la claridad de los conceptos; lo determinante es que  expresemos que estamos enamorados, que vivimos la fidelidad con alegría, que nos sentimos amados y estamos dispuestos a darlo todo. Los jóvenes saben interpretar nuestro lenguaje gestual  cuando procede del Espíritu.

  1. La comunicación de lo que sentimos, profundiza nuestra vocación.

Las convicciones profundas que vamos buscando y que Dios nos va regalando en la respuesta diaria, desde la perspectiva de la fe, hoy estamos llamados a plasmarlas en el relato biográfico de nuestra vocación. Esto nos conduce a sabernos amados a lo largo de toda la historia personal y abrirnos a la celebración. En la medida que nos expresamos, vamos descubriendo la riqueza que tenemos. Los hijos o los alumnos necesitan conocer nuestra experiencia de vida, descubrir que somos humanos; pero que tenemos aspiraciones infinitas, fundadas en la gracia y la amistad con Cristo, que nos hace plenamente felices.

Por naturaleza somos personas para el encuentro, estamos llamados a comunicarnos, a salir de nosotros mismos. Tenemos algo que los otros necesitan. Nuestro don hacia los demás, nos hace crecer interiormente. En la medida que nos damos, nos llenamos más, surge la riqueza del corazón.

  1. La elaboración del relato biográfico nos ayuda a expresarnos y definirnos.

Hay una tendencia a dejar lo de antes, porque ya es pasado, viejo; pues percibimos que el futuro viene en forma vertiginosa. Además de tomarnos el tiempo para ordenar los sentimientos, las experiencias y vivencias del pasado, necesitamos sinceridad.  Aunque lo que ya vivimos parezca irrelevante bajo la mirada actual, es muy importante para entendernos a nosotros mismos y ayudar a quien está pasando por la misma edad o etapa madurativa. Tal vez podemos recurrir a recuerdos de espacios, personas, actividades e ideales que teníamos, para reconstruir qué pensábamos entonces y cómo hoy lo estamos viviendo.

Seguramente en este proceso de crecimiento, se hacen presentes las motivaciones que tenemos y que nos sostienen como personas. Explicitar las convicciones es un camino de apropiación y definición personal. Nuestra historia es única y no podemos dejar que se pierda; es la que nos sostiene y conserva los afectos, que hoy nos determinan a amar de una forma nueva.

  1. Al comunicar quiénes somos, anunciamos a Cristo.

Nuestra única riqueza es Cristo. “Todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Flp 3,8).  Aunque nos creemos muy protagonistas en el hacer y pensar, nuestra vida sólo habla de Dios, pues él nos sostiene en todo momento.  Las buenas ideas que nos surgen, los deseo de ayudar a otros, los pensamientos altruistas… todo lo bueno, de alguna forma, tiene su origen en Dios; se sirve de las facultades personales para hacérnoslo sentir su presencia.

La irreflexión y la soberbia de pretender ser más que los demás, nos conducen a pensar que todos los sentimientos y pensamientos son propios. La gratuidad de Dios es infinita, se está derramando en el corazón; muchas de nuestras ideas y los afectos más nobles, son de Él.

Nos toca dejar transparentar la presencia de Dios. Nuestra preocupación es hacer realidad las bienaventuranzas, que nos propone Jesús y que nos muestran su rostro. Esta propuesta, los jóvenes, aunque no puedan explicarla con palabras, la acogen y la quieren hacer suya. Necesitan vernos como personas enamoradas, realizadas, para que sientan la confianza de que es posible ser felices.

  1. Cuando escuchamos también nos comunicamos

Somos personas de acción y contemplación. Las acciones que realizamos, nos configuran. Hoy los jóvenes necesitan que los escuchemos, para que puedan relatarnos lo que sienten; es así como nos permiten descubrir el rostro de Cristo en su corazón. Es también nuestra oportunidad de transmitirles, con nuestra mirada, que son amados y pueden tener respuesta a sus inquietudes más profundas. Somos el espejo espiritual, donde descubren que Dios está en sus vidas y que los quiere felices. Con la respuesta de los jóvenes, nosotros renacemos a la fidelidad, pues siempre nos presentan inquietudes que exigen discernimiento, mayor confianza y autenticidad.

Al escuchar nos comprometemos; acogemos al otro y sus necesidades, nos convertimos en sus confidentes y de alguna forma su esperanza. Hace falta que sintamos el don que los otros perciben y busquemos ponerlo al servicio de los niños, jóvenes y personas adultas que necesitan nuestra ayuda.

  1. Las virtudes y los valores suponen coherencia.

La educación se realiza sólo en la autenticidad. Se da vida o se destruye. No hay un estado neutro. La tibieza, la mediocridad y la sobreactuación, son formas de engañarnos a nosotros mismos y de mentir a los otros. Una persona es por entero padre/madre y educador o no lo es. No se puede realizar como una simple profesión. La vocación compromete todo nuestro ser y para siempre.

Como educadores somos artesanos, realizamos la tarea con el corazón. Las aspiraciones más íntimas, las comunicamos a los otros desde la forma de vivir de cada día. Las virtudes personales las manifestamos en la constancia en el bien y la alegría que trasmitimos.

El mensaje que comunicamos tiene que ir siempre en la misma dirección y sentido. Aunque algunas veces nos veamos débiles, nuestra intención y esfuerzo  tienen que manifestar la misma tendencia. Quienes nos observan necesitan nuestra coherencia. Las palabras, las actitudes y los hechos, están llamados a provocar en los otros un deseo de seguir nuestro ejemplo.

Hno. Javier Lázaro