“La comunicación con Dios nos lleva al encuentro con los otros”

Educando en Valores - 8 octubre, 2018

Existimos en comunión con Dios, con los otros y con nosotros mismos. En forma constante podemos tomar conciencia de quiénes somos y la necesidad de entrar en comunicación con los demás. La reflexión es un camino hacia adentro, que nos permite diferenciarnos de las cosas, ver que somos distintos y descubrir que hay una llama del Espíritu divino en nuestro corazón. En este sentido, no caben los conceptos del hombre máquina o de poner la eficiencia en la producción como criterios de vida. A lo largo de la historia se ha ido buceando en la realidad para descubrir que el ser humano es persona.

La definición de persona, “sustancia individual de naturaleza racional” (Boecio S. VI), reúne algunas características fundamentales: la singularidad, la racionalidad, la permanencia, la libertad… pero ignora un aspecto esencial: la relacionalidad o apertura. El desarrollo de la capacidad de encuentro con uno mismo, con los otros y con Dios es una parte constitutiva del ser humano.

Desde el momento que creemos que “Dios es amor (1 Jn 4,8); que por amor ha creado el mundo y ha hecho al hombre a su imagen” y que “el Padre ha enviado a su Hijo muy amado entre los hombres para que todos sean salvados”, tenemos la certeza de que nuestra vocación es la comunión. Somos fruto de la salida amorosa de Dios y podemos ser felices en la medida que nos damos a los otros, con la palabra y en la entrega gratuita.

Somos “corporalidad y espiritualidad” vividas en unidad.  El anhelo profundo de ser se realiza cuando acogemos el don  divino: “El Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida” (Gn 2, 7). El soplo y el aliento son signos de la apertura de Dios, que nos hace “a su imagen y semejanza” (Gn 1, 26). El  aliento divino llena de vida y fortaleza. Este soplo divino continua y tiene su correspondencia en la persona en el deseo de plenitud, que se orientaba a pensar en la garganta: el órgano que sirve para tomar el alimento y respirar (en aquel tiempo no había una clara diferenciación entre los órganos).  Es una necesidad básica, que se traduce en el anhelo vital de amar con todo el corazón, de entregar todo nuestro ser.

Frente al soplo divino, que nos ha dado un corazón de carne (Ez, 11,19), podemos responder a su Palabra y a su designio de salvación.  El corazón, representa los sentimientos y los pensamientos más recónditos. El corazón puede fundirse con otro corazón: “Los dos llegan a ser una sola carne” (Gn 2, 24). La unión más íntima entre dos personas se da en el ámbito del mundo afectivo, donde uno busca el bien del otro y viceversa.

La llamada de Jesús es de “Tú a tú”, de “Corazón a corazón”. Es un don al que podemos responder, por eso nos invita a ir con Él: “Vengan y vean” (Jn 1, 39). La experiencia de su amistad nos lleva a sentir y vivir como Él, en Él y para Él.  Estamos llamados a escuchar la voz del Espíritu que nos comunica la vida en su totalidad, pero con frecuencia, fruto de la debilidad, ignoramos este don divino o estamos muy preocupados por cosas que son relativas y pasajeras. En este sentido es preciso que nos detengamos a reflexionar cómo sentimos la llamada de Dios:

 

  1. Las necesidades vitales que percibimos en el corazón son llamadas al encuentro con lo divino.

Dios, que ha puesto en nuestro corazón el deseo de vivir unidos a Él, también  se ocupa de darnos la gracia necesaria para que seamos felices, de acuerdo a la dignidad de hijos. Por eso Jesús nos insiste: “Busquen primero el Reino y  su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 8, 33). Por la realidad sensible y corpórea sentimos la tiranía del pecado, pero por el Espíritu estamos llamados a la resurrección, ya que su vida anima todo nuestro ser. Existe una correspondencia profunda entre la vida del espíritu del hombre y la vida del Espíritu de Dios.

La llamada de Dios se manifiesta en los deseos más genuinos de autenticidad que percibimos en nuestro corazón. Necesitamos entrenarnos y crecer en humildad, para descubrir los deseos que proceden del corazón y reconocer que, en muchas ocasiones, son fruto de la intervención divina que nos está moviendo y llamando. En la medida en que nosotros reconocemos los anhelos más profundos, los que proceden del Espíritu, también podremos acompañar a los que están buscando el sentido a su vida.

 

  1. La experiencia de encuentro con Dios nos capacita para responder a las necesidades del prójimo.

Las necesidades de los otros son un llamado apremiante a la sensibilidad y generosidad de nuestro corazón. Desde los cálculos matemáticos, en las cosas del Espíritu, nunca salen las cuentas. Sólo la presencia de Jesús nos da la certeza de que el don recibido puede llegar a todos y entonces acrecentarse en nosotros mismos. Es lamentable que con frecuencia enterremos los dones recibidos recibidos, por miedo o comodidad (cf. Mt 25, 18). Estamos llamados a reconocer los dones para ponerlos al servicio de los otros. Hemos sido convocados por mediación de otras personas. Ahora somos nosotros quienes necesitamos transmitir los valores del Reino: “¿Quién es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno?” (Lc 12, 42).

Desde este planteo podemos distinguir la importancia del prójimo en dos perspectivas: como el que despierta en nosotros el deseo de la entrega y como quien espera de nosotros que le mostremos el camino hacia la amistad de Cristo. Los niños y jóvenes son una bendición, mantienen viva la vocación que hemos recibido y esperan de nosotros el testimonio vivo para aprender a caminar en la vida.

 

  1. Las dificultades cotidianas son la oportunidad para unirnos más a los otros y elegirnos como hermanos.

Nos llegan noticias que parecen increíbles, pero nada puede opacar la fuerza del Reino. La llamada de Jesús es firme y  siempre se mantiene fiel: “Ven, le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él” (Mt 14, 29). Hace falta que mantengamos la mirada en Cristo, pues cuando nos detenemos en las dificultades nos empezamos a hundir. “Él es mi Dios y salvador” (Is 12, 2). “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna” (Jn 6, 68). En la medida que seguimos a Cristo acogemos su resplandor y otros muchos pueden seguir su  Luz.

Cada vida tiene unas dificultades diferentes de la de los demás; pero que son oportunidades de crecimiento; la comunión con Dios nos permite superarlas.

 

  1. Escuchar la Palabra de Dios con generosidad, nos hace cercanos a los otros,

En le medida que nos disponemos con generosidad para escuchar la Palabra de Dios, podemos encontrarnos en autenticidad con quienes están a nuestro lado. Esto siempre supone disponer el corazón, para acoger lo que el Espíritu nos comunica; pero el mensaje no queda ahí; se prolonga en la práctica del amor fraterno.

La Palabra, nos enciende los corazones y nos impulsa a ser don para los otros; con las palabras vividas, fecundadas y las obras de caridad.

Renunciar a escuchar a Dios, nos condena a la esterilidad de las relaciones con los otros. Aunque hablemos y digamos muchas palabras, no llevan la impronta del Espíritu; simplemente caeremos en la demagogia y la charlatanería; aunque tengamos facilidad para hablar, en realidad no comunicamos nada, no nos damos, no nos realizamos.

El corazón es fecundado por el encuentro con Jesús; esto hace que todo lo que hagamos tenga el sello de lo divino; tiene la capacidad de transformación, e infundir en los otros el deseo de superación por la unificación del corazón, la mente y la voluntad.

 

  1. La búsqueda de comunión con Dios es encuentro de reconciliación con los otros.

“Si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda” ( Mt 5, 23-24).

La relación con el Padre es encuentro con los hermanos. En la  medida que buscamos profundizar la vida espiritual, la amistad con Dios, también precisamos descubrir en el más cercano al prójimo. Podemos recibir la Palabra, en la medida que acogemos al otro desde la verdad, la bondad y el amor. Las diferentes nos son causa de distancia; son el indicador de que nos necesitamos. Los otros nos ayudan a conocernos y reconocer la riqueza que cada uno posee.

Caminamos hacia Dios en la medida que vamos juntos a los que son diferentes. En la medida que excluimos a los demás, no los escuchamos, no reconocemos el don que han recibido. En todo momento estamos llamados a descubrir en los otros el rostro de Cristo.

Hno. Javier Lázaro sc