Los lazos de amistad y escucha, favorecen el equilibrio afectivo

Educando en Valores - 4 noviembre, 2018

Hemos recibido el don de la existencia porque Dios nos llama a la vida para estar con Él y para vivir con los otros. Su Palabra nos ha convocado a una relación de amistad que nos impulsa a darnos continuamente. En su llamada está el motor de nuestra entrega: “«Sígueme». Él se levantó y lo siguió” (Mt 9, 9). Nos enseña a vivir en su amistad para que experimentemos la riqueza que ha puesto en nuestro corazón. Por esto en forma continua despierta el deseo de encuentros cada vez más profundos. Dios nos llama, nos impulsa en nuestro caminar a vivir la fraternidad y a gozar de la relación filial con Él.

Al escuchar la voz divina sentimos que nos convoca a vivir junto a los otros, en nuestra familia, en el trabajo, en la calle y en la sociedad en general. Quiere que estemos con Él, que se hace presente en los demás: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 20). Estamos llamados a corresponder a su llamada a través del servicio desinteresado; de la celebración, porque sólo es posible en comunidad; de la unidad, formando un sólo cuerpo; de la búsqueda de la relación fraterna con cada uno; de la empatía, porque nos empeñamos en acoger a todos, poniéndonos en el lugar de cada uno, sin juzgar a nadie.

Lo que los otros escuchan de nuestros labios prepara el clima de relación o nos lleva a la disputa fratricida. Todo parte del tono de voz, de las expresiones que usamos, del lenguaje gestual, de la mirada que dirigimos, de la actitud al escuchar, de la intención que ponemos al decir las cosas… Cuidar la comunicación es cuidar el corazón y acoger a los otros como familia, en amistad. La relación con el otro es parte del alimento que necesitamos.

En este tiempo nos proponemos escuchar primero la voz de Dios que nos llama y que nos ha elegido como padres o educadores, para llevar su Palabra,  a los hijos o a los alumnos.  Él nos ha convertido en sus portavoces, es parte de la misión profética que nos encomienda: dar vida a los otros educando. Esto supone erradicar cualquier tipo de dualidad: siempre nos debemos al Señor, que nos ha elegido como canales de su Palabra. La vocación de dar vida, propia de los educadores, nos hace pertenecer a Él en exclusividad, esto tiene algunas consecuencias prácticas a la hora de hablar y escuchar:

 

  1. Mantenemos el corazón libre y establecemos relaciones marcadas por el sello de la verdad.

La autenticidad nos habla de un desarrollo creciente de la creatividad para responder a nuestra vocación, con fidelidad, delicadeza y cariño. De lo que expresamos con verdad, son testigos los demás: la Palabra es anuncio y Buena Noticia, que acogen y los impulsa hacia una entrega más comprometida.

Es triste escuchar, dentro y fuera, a quienes se muestran en forma continua contrariados por todo y, manifestando desconexión con su identidad de educadores (padres o docentes), irrumpen con expresiones que no hablan de personas integradas afectivamente y menos aún de enamorados de la misión de educar a los niños y jóvenes.

Por la vocación recibida, Cristo nos ha transformado interiormente y sólo le pertenecemos a Él. De ahora en adelante todo lo que hacemos, lo que decimos y vivimos necesita que lleve el sello de Cristo: “Ustedes son de Cristo” (1 Co 3, 23). La vocación de padres o educadores imprime “carácter” a todo en nuestra vida; tiene su sello y se perpetúa en la eternidad. Él ha “patentado” nuestro corazón, tiene todos los derechos, nos necesita con un corazón libre para comunicar el amor infinito que nos tiene. Cualquier otra cosa que trasmitamos es ruido, que impide escuchar a los que buscan la felicidad.

Estamos llamados a ser instrumentos dóciles en la manos del Padre que nos convoca a generar vida, para ser signos de su presencia ante los niños y jóvenes. Jesús, que nos da el Espíritu, igual que cambia el vino y el agua en su Sangre y el trigo molido en su Cuerpo, también nos cambia a nosotros, convirtiéndonos, a partir de nuestra realidad, en germen de vida nueva para las personas que se nos han confiado.

 

  1. La confianza nos lleva al desprendimiento de nosotros mismos y a la docilidad al Espíritu.

Podemos responder a la llamada a la paternidad-maternidad o a la docencia, desde la aceptación de nosotros mismos, reconociendo que es Cristo quien actúa en nosotros. La confianza en su gracia nos hace sentir diferentes, nos llena de Vida, nos hace gritar que somos amados, que tenemos un tesoro infinito que podemos compartir con todos: “No podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 20). Sólo desde Cristo nos damos plenamente, para llenarnos más y más de su amor y sin miedo a asumir las limitaciones personales.

La confianza en Dios nos hace portadores de un don infinito, que no se gasta y nos anima a entregarnos en forma continua. Afrontamos la misión con confianza aunque nos veamos débiles, pues nuestra fuerza es Cristo mismo.

En cada situación compleja con los niños y jóvenes, por la fe imaginamos un camino que los lleve a ser felices. Partiendo de la experiencia personal de pequeñez y de sabernos amados, llenamos de esperanza el corazón de los más vulnerables y pequeños. Es con nuestro estilo de vida, con la mirada llena de paz y el hacer las cosas gratuitamente, donde pueden escuchar la llamada a la plenitud, para lanzarse al desafío de hacer el bien en los pequeños detalles de cada momento y ser felices.

 

  1. Nos complementamos en la diversidad de las funciones.

Educamos nuestra mirada fraterna para descubrir los dones que cada uno ha recibido y que ofrecemos, para enriquecernos en la complementariedad dentro de la diversidad. La pedagogía de la confianza empieza por creer en nosotros mismos (aunque agradecidamente, pues todo lo hemos recibido) y en descubrir los valores de las personas que nos rodean. Estamos llamados a alentar cualquier talento que percibimos en los demás, es nuestra responsabilidad ayudar a florecer a cada uno con sus particularidades. “Es el mismo y único Espíritu el que actúa, distribuyendo sus dones a cada uno en particular como él quiere” (1 Co 12, 11). Estamos llamados a complementarnos en la familia, el papá y la mamá; en la comunidad educativa entre padres y docentes. Todos tenemos una riqueza que puede ayudar a los demás y que crece en la medida que la compartimos.

Encerrados en el “yo” personal nos perdemos la riqueza que es el “tú” de cada persona. Somos libres en la medida en que permitimos que el otro crezca y sin miedo a la relación fraterna que nos exige darnos completamente, aún en aquello que desconocemos de nosotros mismos y que forma parte del don recibido.

 

  1. La comunicación supone escuchar al otro con admiración y respeto.

Aquello que nos expresan en la confidencialidad, forma parte de su estado interior y manifiesta un deseo, que necesitan que acojamos. Cuando alguien habla de sí mismo, en un clima de apertura, aunque nos conozcamos desde hace tiempo, hace falta que nos dispongamos y preparemos como Moisés; Dios le pide que se descalzase, pues está en un lugar sagrado.  El otro no necesita nuestros juicios o consejos. Sólo que escuchemos con atención; que hagamos de “espejo” donde se pueda ver, al explicarnos lo que siente.

Los oídos del corazón, en este caso, son más importantes que la lengua. Somos muy propensos a hablar; pero para que haya diálogo es precisa escucha; se necesita generar el espacio entre la palabra y la respuesta; es preciso acoger lo que nos dicen con respeto, con cariño; sin cambiar de tema, por miedo al compromiso; supone abrazar al otro en su realidad personal, con frecuencia vulnerable y herida.

Escuchar supone tiempo y una actitud positiva hacia los otros. Pensemos que quien nos habla tiene puestas sus expectativas sobre nosotros. Nadie se puede sentir defraudado, porque yo estoy mirando a otra parte, consultado el celular, pensando en lo que haré después o pretendiendo tener todas las respuestas. Escuchar es una manera de sonreír a los demás, pues manifestamos el don que es su persona en nuestra vida.

 

  1. Que todos puedan hablar, pues tienen a alguien que escucha.

Las personas somos seres dinámicos. En nuestro interior hay una movilización fruto de lo que percibimos con los sentidos, lo que pensamos, lo que sentimos, imaginamos, etc. Podemos pasar de un momento de paz a otro de inquietud y angustia; de una situación de optimismo y proyectos, a otra de miedo y tristeza. En forma alternativa suceden cosas que no podemos controlar de una forma mecánica. Es preciso tomarse el tiempo de reflexionar y escucharnos, para tomar conciencia de lo que estamos pasando.

Pero con frecuencia, además, necesitamos a alguien a quien podamos relatar lo que nos está sucediendo. Todo lo que ponemos en palabras lo estamos superando, en el caso de que sea un problema; y lo estamos celebrando en el caso de que sea una conquista personal. En la medida que nos encerramos sobre nosotros mismos, las dificultades van en aumento y lo que considerábamos un éxito se vuelve una carga. Es preciso hacer el esfuerzo de hablar, para clarificar y crecer. Nuestros niños y jóvenes necesitan que los escuchemos, aunque nos lo pueden decir de mil formas: en el juego, en la caricia, en la mirada, en el llanto, en la palabra, en el dibujo, etc., sólo necesitan que estemos atentos.

Hno. Javier Lázaro sc