¿ Cómo despertar la confianza ?


Todos sentimos cierto vacío dentro de nosotros, percibimos ciertas carencias o ausencias. Tratamos de colmarlo: con mil ocupaciones, con la acumulación de cosas materiales, llenando nuestros silencios con mil palabras, etc. Necesitamos sacar una tensión interior que nos hace estar en guardia en todo y con todos. Buscamos vivir un clima de confianza. La confianza se nos presenta como un bien que: nos ayuda a vivir con nosotros mismos, nos predispone a una relación de colaboración con los demás, nos permite usar las cosas con el sosiego de tomarlas o dejarlas en el momento que pensamos que es oportuno ( ya no nos esclavizan), etc.

La pregunta que nos podemos hacer es ¿Cómo podemos despertar la confianza? Los pasos son simples y sólo se requieren ciertas predisposiciones que hay que cuidar y dedicarles cierto tiempo: 

1. Tengo que percibir a las personas que me rodean como un bien. Esto supone un acto de fe en el otro, aceptándoles con sus cualidades y debilidades. Es importante poner la "lupa" sobre todos los aspectos positivos y las posibilidades que tienen las personas. Se trata de aceptarlas en nuestro corazón. No significa que pensemos igual. 

2. Crecer en humildad para reconocer que tenemos necesidad de la ayuda de los demás. Difícilmente me voy a acercar a los otros cuando soy autosufiente. Tenemos necesidad del bien que nos pueden aportar los demás, que se pueden concretar en cosas materiales, en bienes espirituales, en puntos de vista diferentes, en correcciones fraternas, etc. 

3. Cultivar la docilidad para poder seguir los consejos que me puedan llegar de las personas que nos quieren. Obedecer, aunque algunas veces no vea claro el punto de vista o la decisión que se toma. El discípulo tiene que ser dócil con el maestro. Con frecuencia entendemos las cosas cuando ya han transcurrido. Pero necesitamos ese preciso momento para hacer lo que nos mandan sin cuestionarnos demasiado, confiamos en la personas que nos aman y buscan nuestro bien. 

4. Tiene que darse una desproporción de generosidad para que el otro perciba que lo único que buscamos es su bien. En el caso de padres o docentes lo hacemos con cierta connaturalidad y al captar nuestros hijos que no hay un interés de explotación sobre ellos, es entonces cuando se pueden fiar de nosotros. También hay que hacer notar que nos resulta demasiado fácil percibir su candidez e inocencia, pero exige una voluntad fuerte cuando vemos ciertas rebeldías o cuestionamientos de parte de nuestro hijos o alumnos

5. Es preciso que haya cierta continuidad y perseverancia de nuestra conducta. Los cambios de actitudes de nuestra parte crean inseguridades e incertidumbre. Para que crean en nosotros necesitamos primero creer en nosotros mismos, seguir un proyecto de vida coherente y a largo plazo; tienen que ser previsibles nuestras actuaciones. La perseverancia se consigue con convicciones profundas, fruto de la reflexión, de las lecturas que hacemos, de las personas con las que nos relacionamos… de todo lo que percibimos y asumimos como valores para nuestra vida. 

6. Un profundo sentido de agradecimiento a la vida. La persona confiada aprende a agradecer los pequeños detalles de cada instante. Su vida es un canto de alegría por sentirse acompañada y mimada. La persona agradecida ayuda a confiar ya que se siente cuidada y segura. Los que tiene la queja o la crítica a flor de piel no saben agradecer y no se puede confiar en ellos pues son pesimistas por antonomasia. Los agradecidos, viven las dificultades y los problemas como posibilidades de crecimiento o conocimiento personal; no son derrotas de ninguna batalla; en la vida las dificultades son normales y son ocasiones de superación. 

7. Capacidad de perdonar. Todos tenemos derecho a una segunda oportunidad. Tal vez el perdón sea la puerta más ancha para que las personas confíen en nosotros e incluso nos admiren. Al perdonar devolvemos al otro todas las posibilidades para recomenzar el camino del crecimiento. Una madre siempre está dispuesta a perdonar, siempre está generando vida. Los padres o educadores somos profesionales del crecimiento. En el fondo siempre nos movemos por una profunda fe en que quieren superarse las personas a quienes alcanza nuestro compasión. El perdón no está reñido con la prudencia ante las limitaciones que ya conocemos de las personas que nos rodean. 

8. Saber dar participación a los más débiles o alejados. Nuestra eficacia para hacer las cosas, hace que muchas veces dejemos a las personas a mitad de camino o las perdamos. En cierto modo ignoramos a las personas en sus posibilidades. Tenemos avances ejemplares en el plano profesional, en el laboral, en el económico e incluso en el social; pero con frecuencia nos hemos olvidado que estamos insertos en una comunidad de pertenencia (o la propia familia); hemos desconocido a las personas que nos rodean; es entonces cuando nos sentimos angustiados, solos y desorientados; tenemos que aprender a desandar el camino para encontrar a las personas queridas y significativas para nuestra vida. Dar confianza significa hacerles partícipes de los proyectos, escuchar sus puntos de vista, hacer que cooperen en la medida de sus posibilidades.

9. Ser conscientes de las propias cualidades. La verdadera sabiduría de la vida nos pide saber con qué medios contamos para desempeñarnos en cada momento. Para poder confiar en nosotros mismos tenemos que conocer cuáles son nuestras posibilidades y aceptarlas como dones al servicio de los demás. El conocimiento personal nos ayuda a ser prudentes. Pero la intuición de nuestras limitaciones también nos impone la obligación de seguir trabajando sobre nosotros mismos para adquirir las virtudes, los conocimientos y las actitudes que hace que seamos personas seguras. Todos estamos en edad de seguir aprendiendo y creciendo. El ejemplo de nuestra formación continua es un motivo para que nuestros hijos o alumnos confíen en nosotros y ellos mismos busquen las superación en el estudio, en la conducta, en la comunicación, en el orden, etc. 

10. La confianza se da en forma paulatina. Las relaciones interpersonales no las podemos forzar, se crece en forma lenta, pues requieren conocimiento mutuo y respeto a los tiempos de los otros. La confianza no la podemos improvisar, demanda un entrenamiento en el día a día. La comunicación con los hijos se inicia antes de nacer. La relación con los alumnos arranca con la propia vocación de entrega a los demás. Cada etapa tiene sus características, pero cada momento prepara el siguiente. En la afectividad no se puede dar nada por supuesto, necesita vivirse día a día, y algunos veces nos exige mucha paciencia.


                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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