Con amor eterno te he amado(Jer 31,3).

Día de la familia 2010


Queridas familias:

La persona necesita comunicarse y expresar su entrega al otro. No podemos subsistir en una forma “autónoma”. Estamos llamados a la apertura y la “relacionalidad”.

En el hecho de darnos, ponemos en funcionamiento las capacidades más íntimas y tenemos la posibilidad de desarrollarnos para llegar a la plenitud, que es la alegría más profunda. En caso contrario se produce un atrofia personal y un sin sentido de la vida.

La donación personal, necesaria para la realización de nuestra libertad, precisa de otro ser diferente, que pueda acogerla y establecer un vínculo perfecto para toda la vida. Esta capacidad de darse y recibir, sólo se puede producir entre un hombre y una mujer, que por sus diferencias constitutivas, en todos los órdenes (físico, psicológico, social, espiritual), se hacen complementarios para el encuentro.

Sólo se puede dar una excepción, cuando Dios llama a alguien para sí, para un amor personal y exclusivo, que se traduce en la cotidianidad, en caridad hacia los demás. En este caso la persona consagrada (el religioso) vive el enamoramiento de Dios, dejándose moldear el corazón, para poder vivir anticipadamente el gozo eterno, al que todos somos llamados.

Esta necesidad de entrega (expresada en el matrimonio o vida religiosa) tiene que estar enmarcada en un compromiso total y absoluto para toda la vida. De esta forma: experimentamos el conocimiento personal, la aceptación mutua, la seguridad, podemos trabajar en un proyecto común, damos a las personas que nos rodean la garantía de su desarrollo psico-afectivo, podemos vivir la paz y la alegría del corazón.

Es Dios el que quiere darnos la gracia para sostener la unidad del matrimonio. Pero respetando en todo momento la libertad de cada uno. Sólo cuando Cristo está en el centro de nuestro corazón y se convierte en el Absoluto de nuestra vida, podemos hacer compromisos estables y vivir la fidelidad que lleva al encuentro y al amor.

El cultivo de la amistad profunda con Jesús, se convierte en camino de identificación con él, ayudándonos a asumir las dificultades propias de nuestras diferencias, como camino de realización y superación.

Pero, cuando llega el aparente fracaso, debido a múltiples causas, Dios tampoco nos abandona a nuestra suerte. Nos busca sin descanso, pues es nuestro Padre y siempre es fiel a su amor, aunque precise nuestro gesto humilde de dejarnos encontrar, para que sane nuestros corazones.

El matrimonio es la expresión humana, del amor infinito que Cristo tiene por su Iglesia, que hunde sus raíces en el amor de la Trinidad y que se actualiza en cada Eucaristía. Nos habla de una capacidad de entrega que llega hasta dar la vida por el otro.

“Matrimonio”, por su misma etimología, está significando la capacidad de generar vida, Por esto, el hombre y la mujer se convierten en cocreadores con Dios.

 

Hno Javier Lázaro


 

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