“Alégrense conmigo, porque encontré la oveja
que se me había perdido

(Lc 15,6)

Junio 2016 – Sobre el Sagrado Corazón


En este mes de junio estamos invitados de una manera particular a vivir en profundidad la amistad con Cristo. El año litúrgico, del ciclo C, nos propone que nos centremos en la parábola de la oveja perdida y encontrada.

En la parábola no se nos habla de la oveja, sólo se nos dice que se perdió y que tenía otras noventa y nueve. Se centra en describirnos las actitudes y sentimientos del “Buen Pastor”, que termina haciéndonos una invitación explicita a la alegría: "Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido" (Lc 15,6).

La alegría es un fruto que encontramos cuando buscamos la verdad y el bien, cuando acogemos la misericordia o somos misericordiosos. Supone un proceso de descentramiento del propio egoísmo o narcisismo. Por eso el “Buen Pastor” tiene que salir de la seguridad que supone tener noventa y nueve, para ir a buscar una.

La misericordia no tiene en cuenta la relación de “costo/beneficio”, pues cada oveja, cada uno de nosotros, tenemos un valor infinito: estamos en el proyecto de Dios desde antes de la creación del mundo, en el presente y por toda la eternidad.

El “Buen Pastor” no tiene delimitadas las funciones, está hecho a todo, no piensa en si le corresponde o está en el reglamento. Hace de explorador, de rastreador, de médico, de enfermero, de camilla, de ambulancia, de animador y anfitrión de la fiesta...

La oveja perdida somos cada uno de nosotros. Jesús, el Buen Pastor, no sabe de horarios, sale a buscarnos en el momento en que percibe en su Corazón que nuestro corazón está herido e incapacitado para amar. Es preciso dejarnos encontrar.

La parábola del “Buen Pastor” nos invita a vivenciar y a ponernos en los sentimientos de cada uno de los personajes, en los diferentes momentos. La parábola tiene puntos en común con las parábolas del “Buen Samaritano” y del “Hijo Prodigo”, pero aquí se agregan otros elementos que necesitamos hacer presentes y que nos centran en la vida comunitaria.

  1. Las cien ovejas: representan a la comunidad.

Cristo es nuestro “Buen Pastor”, nos conoce a cada uno por nuestro nombre y conocemos su voz, estamos familiarizados con su Palabra. El hecho de estar todos juntos nos da seguridad. Quien nos une en Comunidad es Cristo: “Donde dos o más están reunidos en mi Nombre, allí en medio estoy yo”. Somos el signo de su presencia, la “comunidad” es sacramento profético para nuestros contemporáneos.

Cristo es quien nos guía, va delante y nos orienta con el resonar de su cayado sobre la dureza del sendero, que Él, que va delante, lo va convirtiendo en camino. Aunque algunas veces no lo podamos ver, sentimos su presencia por los sentimientos que pone en nuestros corazones, es la fe la que nos guía. Guardar su Palabra es lo que hace que estemos siempre en sintonía con Él. Olvidarnos de lo que nos comunica hace que dejemos de percibir su Vida en nosotros… tal vez esta sea una razón por la que se pierde una oveja. Aunque también se puede haber distanciado por la incomprensión, la falta de atención de las otros, las críticas… hoy diríamos el “bulling”, etc.

  1. “Se pierde una” (Lc 15,4a).

Jesús cuida a todos pero respeta la libertad de cada uno. No es suficiente con que Él nos dé lo necesario para ser felices, además cada uno necesitamos acoger el don, rumiar su Palabra, identificarnos con su proyecto, buscar su voluntad, agradecer su amistad, seguir ininterrumpidamente escuchando su voz, acercarnos a su Corazón…

En la medida que nos alejamos vamos dejando de escuchar nuestro nombre, llegamos a pensar que Él no está y tampoco los hermanos… con suma facilidad nos confunden otros ruidos que nos desorientan y hacen que nos perdamos.

Nos dispersamos cuando no encontramos el sentido de lo que hacemos. Es posible que trabajemos mucho, pero corremos el riesgo de perder la perspectiva del Reino y entonces nos convertimos en asalariados de otros, que nunca pueden darnos aquello a lo que aspiramos… pasamos a vivir la insatisfacción, el desánimo, etc.

Se pierde alguien y la comunidad, la familia deja de ser la misma. Con frecuencia podemos estar físicamente en el grupo, pero nuestro corazón está lejos. El hecho de alejarnos de Cristo (el Pastor) hace que también nos alejemos de los hermanos y pasemos a vivir regidos por los parámetros de la sociedad de consumo, que sólo nos hace ver el momento presente, y así desdibujamos la dimensión profética que forma parte de nuestra identidad (por el bautismo sabemos que nuestra patria definitiva es el Banquete Celestial).

  1. “¿No deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla?” (Lc 15,4b).

El Pastor se siente dolorido a causa de la oveja perdida, en su Corazón se aviva el fuego de la compasión: piensa y vive en sí el dolor de la oveja herida. Jesús quiere establecer una relación de empatía con la persona que se descarría, aunque esté distante. No busca las razones del alejamiento, no se culpabiliza o cae en depresión, no juzga, ni condena, no hace consideraciones morales o económicas… sólo va a buscar a quien se ha perdido.

En nuestra cabeza podemos pensar que es una “desaprensión” dejar a las noventa y nueve en el campo. Pero la relación de Jesús es personal y espiritual, no está determinada por la distancia o el tiempo. Él va a buscar a quien no está en comunión consigo mismo ni con los otros ni con Dios. La comunidad o la familia, cuando falta alguien, ya está incompleta; el hecho de que Jesús vaya a buscar a la oveja perdida es también volver buscar o sanar la comunidad incompleta o dividida.

 Somos personas cuando desplegamos y realizamos la capacidad de encuentro (que es tan importante como la dimensión racional).Todos necesitamos al otro.

La relación auténtica con los otros nos ayuda a entrar en comunión con nosotros mismos y con Dios. La fraternidad en comunidad es sacramento de la presencia de Cristo y nos permite ver a Jesús en el hermano. A su vez la unidad nos hace partícipes de la vida de la Trinidad. La comunidad tiene la fuerza y la seguridad que nos da Jesús, cuando vemos su presencia en los otros.

  1. “Cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría” (Lc 15,5).

No conocemos cuánto tiempo tarda el Pastor en encontrar a la oveja perdida y qué senderos o montañas tiene que recorrer, pero estamos seguros de que el amor no descansa hasta hallar y auxiliar a quien está en necesitad. Es un estilo de vida elegido sin caer en el activismo o la hiperactividad. El que ama siempre busca mayor bien, plenitud y entrega.

Vivamos el encuentro de la “oveja” y el “Pastor”: no hay palabras ni reproches, sólo gestos, susurros, miradas, abrazos… hasta ponernos en sus hombros para que tengamos otra perspectiva y recobremos el sentido, y así nos sintamos seguros, percibamos la emoción que va de la cabeza al corazón. El cuello une la cabeza y el tronco; pero sobre todo es el lugar de paso de la corriente sanguínea y nerviosa, se da una interconexión entre lo físico y lo emocional.

El llevarnos sobre sus hombros es misericordia (cargar con las miserias de los otros) y así Jesús nos hace vivir la alegría. Nuestros ojos se confunden con los suyos, nos regala su mirada y reaviva el amor del corazón, con el ansia de encontrarnos con los demás.

En el encuentro personal sólo puede reinar la alegría. Las emociones de unos son las de los otros. El hermano percibe e interpreta el lenguaje universal de la cercanía y el perdón. La alegría es difusiva, precisa expandirse para crecer, por eso siempre se encamina al encuentro con los otros.

  1. “Al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: "Alégrense conmigo” (Lc 15,6).

La casa, nuestra comunidad o familia, es el lugar del reencuentro verdadero, de la reconciliación. Al ir a buscar la oveja perdida, el Buen Pastor deja las noventa y nueve en medio del campo, expuestas a los peligros, consecuencia de la división y los resentimientos. Ahora, al encontrar a la oveja perdida, (vuelven a ser cien) se cicatrizan las heridas y se aceptan mutuamente, forman comunidad, pasan del campo a la casa. La familia ha recobrado su identidad. El que alguien se pierda es un problema de todos y el encontrar al perdido es una alegría, que todo lo llena.

Al acoger al hermano todos nos encontramos en la casa, en un clima familiar, capaz de acoger a los otros y a Dios, que nos viene a enriquecer con sus dones.

La oveja perdida nos habla de la dispersión, encontrarla inspira la fuerza de la unidad. Nosotros también podemos hacer participar a los otros de la alegría de la comunidad. Es la forma de que sean testigos y ratifiquen nuestra entrega a Dios y la entrega al servicio de los demás.

Hno. Javier Lázaro sc

 

 


 

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