Como Cristo amó a su Iglesia”
(Ef 5,25)

Octubre 2012


Todos estamos llamados al encuentro con nosotros mismos y con los demás.  Jesús entra en nuestra vida, entregándose, dándose totalmente en la Cruz. Cristo hace de esta oblación una ofrenda total al Padre y a su esposa la Iglesia, de la que formamos parte. Su entrega es total, porque no se reserva nada para sí y es para siempre. Por eso puede decir gozoso “Padre todo está consumado”. De este desposorio-entrega de Jesús, participamos todos los cristianos a través de vocaciones diferentes, como pueden ser la vida consagrada y la vida matrimonial.  Cada uno estamos llamados a reproducir la vida de Jesús, que es “el Camino,  la Verdad y la Vida”.

Cristo se sigue entregando, en la eucaristía nos da su Cuerpo, se hace uno con nosotros. “Yo en Él y Él en mí”. Se establece un vínculo que perdura para siempre. En la vida personal estamos llamados a ser imágenes de esta Alianza entre Dios y su Pueblo. Cada vez que comemos el Cuerpo de Cristo reafirmamos el propósito de vivir la indisolubilidad  del matrimonio entre el hombre y la mujer o de la entrega absoluta en la consagración.

La entrega total, es signo y expresión de una sexualidad integrada. A través de la virginidad, como respuesta al llamado personal de Dios, sublimando los deseos del corazón, con un orden que nos permite acoger el don de Cristo en nuestras vidas y darnos sin medida en el servicio a los demás. De esta forma se dispone el corazón para experimentar los gozos de una amistad íntima con Jesús y cultivar una mirada limpia que permite profundizar los lazos humanos desde la perspectiva espiritual.

La castidad,  es signo de una sexualidad realizada,  ayuda a vivir la fidelidad en el matrimonio,  en vistas a la unidad y a vivir felices. Por eso se hace necesario: cultivar la unificación del corazón; saber madurar para jerarquizar los intereses; el desarrollo interior para la adquisición de verdaderas motivaciones; conocernos para aceptarnos y querernos; cuidar los sentimientos; desarrollar la mirada interior; vivir el pudor como una regalo que protege la intimidad; ver la modestia como forma de resguardar y acentuar la dignidad personal; descubrir la continencia como camino de respeto y diálogo; aprender a expresarse en un lenguaje sencillo, cariñoso y diáfano.

Entonces veamos ¿qué deseos, pensamientos y sentimientos tenemos que revisar o reformular para poder vivir la fidelidad en el matrimonio y ser felices? Esto se tiene que plasmar en una educación del corazón de nuestros hijos, que se hace actual a través del testimonio alegre de los padres. No dudemos en ir contra la corriente, cuando la sociedad nos propone aquello  que nos deja vacíos y sólo valora lo descartable como criterio de modernidad.

 

Hno. Javier Lázaro

 

                                                                            

 

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