El compromiso camino de la madurez

 y unidad personal

Marzo 2013


   Los compromisos que asumimos nos van definiendo como personas, nos dan identidad, nos dicen quiénes somos y hacia vamos, nos indican la posibilidades que tenemos de ser felices. Cuando el fin que perseguimos es verdadero y usamos medios buenos, nos aseguramos el embellecimiento del corazón y el gozo de la alegría.

 

   El compromiso puede tener muchas variables que inciden en su calidad e intensidad: el tiempo y las dimensiones  que abarca en la vida diaria, la profundidad con que implicamos la interioridad, las personas con las que nos involucramos, la duración en la biografía personal, la madurez que nos aporta, las renuncias que nos exige, el ámbito en el que nos desempeñamos, la madurez afectiva que tiene la persona, la formación que requiere, etc.  Todo esto lo iremos desarrollando en forma paulatina, para ayudarnos a reflexionar, en vistas a poder realizarnos plenamente como personas.

 

   El compromiso es una forma concreta de vivir plenamente la libertad. Cuando no podemos comprometernos quedamos inconclusos, inmaduros, se nos atrofia la capacidad interior de gozar, por no descubrir lo valioso de la vida. Vivimos en una eterna insatisfacción pues sólo estamos tras lo efímero y sensible que es transitorio y cambiante.

 

   El compromiso siempre nos orienta a la comunión entre las personas. Cuando permanecemos en un simple servicio profesional, no implicamos las dimensiones más profundas, nos quedamos en lo externo, sin un interés hacia los otros, que tienen rostro y nos pueden mirar. El compromiso pide una fortaleza interior, que nos ayuda a tender lazos hacia los demás para buscar su bien más absoluto, en su dignidad como hijos de Dios. Nos vamos a detener en algunos aspectos que nos hablan de la calidad del compromiso:

 

1.  La duración temporal. Se debe prolongar a lo largo de toda la vida. Si ponemos un límite en el tiempo entre las personas corremos el riesgo de degradar o caer en el mero utilitarismo, defraudándonos y, a quien ha puesto la confianza en nosotros. La fidelidad a los principios de las relaciones interpersonales, ayuda a vivirlos más intensamente a medida que pasa el tiempo. Siempre se encuentra un sentido nuevo a lo que se hace, que no es posible percibirlo al comienzo,  por falta de experiencia. El hábito del compromiso nos ayuda a descubrir dimensiones más profundas de nosotros mismos y de los otros, que nos permiten hacer opciones nuevas en la misma dirección y sentido.

 

2.  El compromiso auténtico no se gasta, se enriquece hasta llegar a intuir las posibilidades ilimitadas que nos ofrece, pues las personas a las que se orienta tienen un  valor infinito, independientemente de lo que tienen o hacen. La respuesta continua nos propone una serie de obligaciones que nos ponen en camino para fortalecer la voluntad y ordenar el corazón. Lo contrario sería dejarse llevar por el hedonismo que nos impone (porque son una dictadura) hacer sólo aquello que agrada a los sentidos, ignorando el valor excelso y transcendente de la persona.

 

3.  La fidelidad es la creatividad del compromiso. Nos habla de la necesidad de que abarque a toda actuación, hasta en los más mínimos detalles. Las debilidades siempre se pueden superar cuando existe la voluntad de involucrarse. El compromiso no se basa en la eficacia, aunque nos exija resultados, pero sobre todo, supone una actitud de entrega efectiva de lo que somos, poco o mucho. En los pequeños detalles, que con frecuencia quedan en el anonimato, nos conocemos como personas. En la conciencia delicada, encontramos formas nuevas de servir y alegrar a los demás, buscando su bien.

 

4.  Nos comprometemos cuando tenemos unificado el corazón.  La unidad interior nos proporciona luz, que supone claridad y capacidad de entregar el futuro. La unidad reúne todo lo que somos, dándonos la capacidad de orientarnos en un solo caminar hacia la meta. La división interior, la falta de aceptación personal y la carencia de afectos, nos incapacita para la entrega. La  sinceridad con nosotros mismos, es un camino de unificación y sanación, que nos posibilita el encuentro con el otro.

 

5.  El compromiso se sustenta en la mirada que Dios tiene con el hombre. Por el amor que ha derramado en nuestros corazones, nosotros también podemos amar. Por nosotros mismos somos incapaces de dar lo que somos, pues siempre tendemos a afirmarnos. El compromiso supone salir de sí mismos, sin renunciar a la dignidad personal, para permitirnos entrar en la esfera personal del otro, aunque renunciando a cualquier tipo de  posesión o manipulación. El compromiso nos hace estar al servicio de los otros para enaltecerlos y en ese camino también nos realizamos.

 

6.  Quien se compromete se protege del relativismo. Quien no puede comprometerse está expuesto al vacío existencial y vaga tras las sensaciones momentáneas que nunca sacian la sed de infinito del corazón humano. Si tenemos el deseo de darnos a los demás encontraremos quien acoja nuestro don, hasta llegar a una correspondencia que nos vincula de tal forma que podemos extraer de nosotros mismos todo lo que somos. Esto no produce un desgaste o un cansancio, simplemente se da una estimulación natural que hace que seamos cada día más fecundos, sin importar la edad o los achaques que tengamos.

 

7.  El compromiso unifica a la persona y genera comunidad. Nos  orienta en todas sus dimensiones hacia un mismo sentido, generando unidad interior que nos conduce a la experiencia de la paz. En la medida que nos damos y que acogemos a los otros se produce un nuevo ámbito espiritual de comunión que hace que sin dependencias, ya no entendamos nuestra vida sin los otros, percibiendo en cada uno posibilidades de entrega y enriquecimiento mutuo. Las personas con las nos vinculamos con autenticidad son una bendición, que hacen brotar en nosotros los mejores sentimientos.

 

8.  El compromiso profundiza la comunión con las personas, genera en el otro la sensación  real de seguridad que le lleva a la confianza y la confidencialidad. Es así como nace la familia y la comunidad. Esta unidad nos permite estar en las otras personas, vivir en su centro personal. Pero a su vez nosotros también hacemos que ocupen nuestro corazón. Esta realidad exige vigilancia de los afectos, pues fácilmente caemos en la anulación o nos creemos con derecho a decidir por los demás. La comunión es la expresión de máxima libertad, donde permitimos la realización del bien en forma absoluta. Esto supone una comunicación sin barreras o prejuicios que encasillan a las personas.

 

9.  El compromiso supera lo contractual. No nos podemos quedar en el cálculo del costo beneficio. Esta manera de pensar  ya limita las posibilidades de realización, pues está muy pendiente de lo que tiene que recibir y siempre tiende a reservar lo mejor de sí, dejándolo infecundo. Si tenemos una mirada rastrera, todo nos costará mucho más y terminaremos por no hacer nada. En el compromiso necesitamos ilusionarnos, imaginar todo lo que podemos dar,  descubrir todo lo valioso que tenemos y el bien que realizaremos. Si sólo vemos nuestros derechos nos empobrecemos y viviremos en la tristeza, pues siempre sufrimos la sensación de que nos deben algo. Quienes dan sin medida, siempre pueden dar más, pues descubren que su corazón encierra un tesoro infinito.

 

10. La amistad se consolida en el compromiso mutuo.  Necesitamos una respuesta, una confirmación de que lo que hacemos está bien. Pero la aprobación primera la tenemos que buscar en la conciencia. No esperemos que la apreciación del otro sea tan precisa, pues sólo ve nuestro proceder desde una perspectiva, que es diferente de la nuestra. Cuando el otro no puede responder como lo esperamos, tengamos paciencia. Permitamos siempre volver a empezar. Así la entrega se purifica y damos confianza a quien espera una nueva oportunidad, aunque todo tenga que ir precedido del perdón.

 

                                                       Hno. Javier Lázaro

 


 

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