Conocerse, para aceptarse y comprometerse
con lo que Dios nos pide”

Julio 2013


El examen forma parte de la oración misma. Nos ayuda a descubrir a Dios, presente en nuestro corazón y que nos comunica su amor. Es el momento en el que reconocemos la alegría que Dios nos regala. Quien sólo se examina cada día para encontrar los errores cometidos, no cree  en Dios, que es amor y nos quiere felices.

El examen es la toma de conciencia del encuentro entre Dios y uno mismo. Si no lo hacemos, podemos caer en la ejecución de una serie de actos sucesivos, inconexos, sin provecho ninguno, vacíos y la vida va perdiendo el sentido. La vigilancia, contribuye a la unidad interior y a tomar conciencia de que todo es don de Dios.

El examen permite la interiorización y por tanto la personalización del encuentro con Cristo. Se puede dar el caso que, podemos cumplir con nuestras obligaciones, seguir puntualmente un horario, responder a las expectativas de los otros; pero no nos hemos encontrado con nosotros mismos, ni con los hermanos, ni con el Señor. El entrar dentro de nosotros mismos y el reconocimiento del corazón, ayuda  a vivir en profundidad y a dar un sentido espiritual a todo lo que hacemos.

Toda actividad debe tener el tiempo de examen, para reconocer el don de Dios,  que en definitiva fecunda la vida. En la sociedad actual, lo vemos en muchos matrimonios, entre el hombre y la mujer, están juntos, pero no se dan, ni reciben nada el uno del otro. Cada uno vive “a su aire”, para sí mimos. Nosotros podemos hacer muchas cosas, pero si no tomamos conciencia de la presencia de la gracia de Dios, todo se hace estéril. No se puede dar una transformación interior, y nos encaminamos a la pérdida de sentido, a un desgaste personal. Dios nos quiere regalar las mociones de consolación (movimientos de Dios en el corazón), pero necesitamos acogerlas, para ir a la profundidad y no quedarnos en el sentimentalismo o en el activismo.

El examen es el complemento en el final de cada acción, de la determinación de la intención que se debe hacer al principio de la jornada, para sabernos enviados a trabajar en la misión que el Señor nos encomienda. Supone recordar, para volver a pasar por el corazón, revivir el paso del Señor por nuestra vida.  El compromiso que asumimos sólo lo podemos sostener cuando tenemos la certeza de que Dios nos da la gracia a cada paso que damos.

 “Den gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos ustedes, en Cristo Jesús. No extingan la acción del Espíritu; no desprecien las profecías; examínenlo todo y quédense con lo bueno. Cuídense del mal en todas sus formas” (1 Ts 5,18-22).

Al examinarnos, a qué estamos atentos:

·        El examen debe alcanzar todas las áreas de la actividad interna y externa de nuestro ser.  Está presente en lo que nos afecta, en la imaginación y en el conocimiento. Hacemos conscientes las actitudes que hemos tenido con cada una de las personas con las que nos encontramos desde el día anterior. Vemos si hemos sido portadores de esperanza para quienes nos rodean ...

·        Es necesario que pasemos de los afectos superficiales (lo que parece), a los profundos (a lo que es realmente es). Pues habitualmente tenemos el arte de camuflar, disimular, ocultar o llamar con otro nombre… pero mientras estemos dando estas vueltas no gozamos de la paz, ni vivemos la alegría. Nuestra alegría será completa cuando nos veamos y nos aceptemos, confiados en su misericordia. Necesitamos aprender a reírnos de nosotros  mismos, seguros de que Dios nos ama.

·        No hagamos de nuestros defectos un dios, al que estemos tributándole culto constantemente, con nuestra resignación, creyendo que no tenemos posibilidades de cambio y obligando a quienes nos rodean a soportarnos, por vivir una espontaneidad, que llega a la falta constante de delicadeza y caridad. “¡Cómo yo soy así!”

·        Veamos los aspectos positivos, que debemos agradecer y que apoyados desde ahí se puede producir el cambio en lo negativo. Es necesario potenciar el bien que ya existe en nosotros. No podemos vivir en la desesperanza o el pesimismo. La tristeza es un pecado, que nos debilita, que no nos permite acoger la gracia, para realizar el cambio. Todo lo podemos superar cuando miramos al Padre. El hijo menor de la “parábola”, puede volver por recordar la bondad y la misericordia del Padre, no por sus méritos personales.

·        El examen no es una práctica para caer en el narcisismo. Como el licor que  nos satisface internamente el yo personal. Sólo nos podemos reconocer en el examen cuando vivimos de la fe en Dios que nos ama infinitamente.  

·        Que no sea una práctica para caer en el moralismo, aunque requiere examinar, exige sopesar y poner en el fiel de la balanza, tener algún punto de referencia. Por eso necesitamos conocer nuestra dignidad de hijos, la  vocación a la que somos llamados, tener  metas y fines claros. En nuestro caso buscamos la entrega para que Jesús viva en nosotros y extender el Reino.

Para qué nos examinamos:

·        En el examen buscamos ordenarnos, acoger los dones de  Dios, para adherir a su voluntad y ser felices. Queremos superar las debilidades y defectos, aunque es así como Dios nos ha elegido. Por tanto contribuye  a la unidad interior (con las luces y sombras), es un proceso de crecimiento.

·        Para resguardar, cuidar el corazón, que sólo le pertenece a Él. Es la oportunidad  de ponderar lo que ocurre en nuestro interior y ver su incidencia en la actividad. Todo sale del corazón.  Se trata de hacernos conscientes, para estar más alerta en aquello que nos hace mal y que siempre podemos cambiar, aunque estemos toda la vida en el camino. Cuando todo lo ponemos bajo la mirada de Dios, lo transforma y lo hace bueno.

·        Para poder discernir. Podremos decidir si tenemos un conocimiento propio, fruto seguramente del examen y la gracia que Dios nos da en ese momento.

·        Para reconocer la presencia de Dios en nuestra vida y vivir agradecidamente. Es el momento de reconocer las mociones, los movimientos interiores provenientes de Dios, que nos impulsan hacia el compromiso. Dios se quiere manifestar en todos los corazones, pero necesitamos educar el oído interior, que nos permita escuchar y responder a su llamada.

·        Adquirir una conciencia delicada, que nos conduzca al encuentro íntimo y sostenga nuestro compromiso con los demás. Si dejamos que Dios pase por nuestra vida nos transforma interiormente, nos infunde su imagen y nos lleva a imitar su vida.

·        Para preparar el encuentro en el acompañamiento espiritual. Siempre surgen aspectos del misterio de Dios en nosotros que no podemos interpretar. Necesitamos a alguien que nos ayude, que haga de espejo, para que veamos la imagen que Dios quiere formar en nosotros y lo que somos realmente. Necesitamos saber poner en palabras lo que nos pasa para asumir la realidad y comprometernos para mejorarla.

·        Para desear y celebrar más vivamente el amor de Dios. Que nos veamos pecadores es un regalo de Dios, pues a la vez, nos abre el torrente de su misericordia. En una habitación a oscuras no podemos ver la suciedad que hay. Pero si abrimos las ventanas y dejamos que entre la luz, todo cambia…En la medida que dejamos que Dios ilumine nuestra conciencia, podemos desear la belleza que nos compromete y nos hace felices.

·        En el examen más que ver la caída en los defectos, se trata de ver las causas del problema por las que caemos y hacia dónde nos llevan. Es preciso que no nos quedemos en los efectos. Necesitamos encontrar la relación entre los efectos y las causas, para poder poner el remedio. Con frecuencia el contexto en el que nos movemos nos ofrece la información útil, para ser precavidos y renovar las aspiraciones altruistas.

 

Cómo nos examinamos:

  •      Nos podemos centrar sobre un defecto en particular y se lleva el control diario de cómo nos vamos superando. Dice el libro de “La imitación de Cristo”, que si nos librásemos de un defecto por año, llegaríamos al final de nuestros días perfectos… 0jo con querer ser perfectos… todo es un proceso y Dios quiere que aprendamos a confiar.

  •      Ha de prevalecer la idea de que hay un vicio contra el que se pretende luchar y se ha convertido en un problema. Y debemos prestarle una atención especial. Todo se puede solucionar confiando en la misericordia de Dios. Tampoco es cuestión de inventarse problemas, para luego hacer como que trabajamos sobre nosotros mismos, pero en realidad profundizamos la pereza espiritual.

  •      No son técnicas de auto observación y autoevaluación de la psicología clínica. Este esfuerzo es laudable, pero a condición de que no se pierda de vista que el examen es fundamentalmente un ejercicio espiritual, donde se hace presente la gracia. Todo es posible para el que pone su confianza en el Señor.

  •     Debe ser un ejercicio relajante y reverente. Al decir reverente hacemos referencia al contenido y a la orientación de vida que proporciona, pues nos sabemos salidos de las manos de Dios y caminamos para sentarnos al banquete celestial. La referencia no somos nosotros  mismos, ni el querer ser más que los demás. No entramos en la competencia o la confrontación. La debilidad es un camino que Dios también quiere para que nos conozcamos y crezcamos en humildad; es el terreno propicio para vivir la fraternidad. El referente absoluto, donde podemos mirarnos siempre es Jesús.

  •     Abarca todos los aspectos de uno mismo, de nuestra relación con Dios y con los otros. Recorremos lo que hacemos desde el comienzo del día y teniendo en cuenta las personas con las que nos encontramos. Lo podemos hacer siguiendo los mandamientos, los pecados capitales, etc.

También se puede partir de lo que recitamos en el “Yo confieso”: que hemos pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.

  •      En cuanto a los pensamientos:

o      Por las consecuencias en las que con frecuencia derivan los malos pensamientos, llegamos a torturarnos. Todo lo que nos aparta del bien, ya no nos hace felices. En estos casos nos hacen dudar de la providencia de Dios, nos conducen a la envidia, nos hacen juzgar y rechazar a los demás

o       Es parte del ejercicio de nuestra libertad, elegir los pensamientos que ponemos en nuestra mente. Por hacerse presentes a nuestra mente no nos hacen mal. El punto  decisivo está cuando consideramos que nos llevan al mal y tenemos que tomar la opción: aceptarlos o rechazarlos. Mientras no consintamos en lo negativo estamos ganando la batalla. En caso de debilidad es bueno buscar ayuda.

o      Dios es mayor que nuestra conciencia, por tanto no podemos caer en consideraciones que nos hacen creer que no somos perdonados, pues así llegamos  a los escrúpulos, que es una mirada distorsionada, donde en todo se ve pecado. Por tanto, se necesita estar vigilantes. Se puede ir enquistando un mal pensamiento en forma paulatina… y cuando nos queremos dar cuenta forma parte de nuestra forma de ser y atrofia la libertad personal.

o      Hay pensamientos fijos que nos pueden producir un bloqueo en la oración o en la comunicación con los otros. En ese caso necesitamos tener la sencillez de hacer la oración del corazón, con palabras simples e implicando los sentimientos, para que paulatinamente se abra el deseo del encuentro con Dios y con los hermanos.

o      Se pueden volver obsesivos. Sólo se rompe el nudo que nos ata y esclaviza con la humildad y la caridad. Es preciso describir  y declarar la dificultad, superando el miedo y la vergüenza. Siempre nos podemos liberar de este tipo de pensamientos, confiando y descubriendo que somos nosotros quienes nos perseguimos.

o      Necesitamos dar gracias por los buenos pensamientos que nos llenan de fe, de esperanza, de caridad, de alegría y de deseos de superación o aceptación de los demás.

  •      Respecto de la palabra:

o      La palabra es creadora, es portadora de autenticidad. Dios da al hombre la capacidad de nombrar los seres creados: Gn 2,19-20. En el prólogo de Juan, nos dice que por la Palabra todo fue hecho: Jn 1,3. Pero también puede matar. Sobre todo cuando nos ensañamos con los más débiles…

o      Es sanadora, cuando nos ayuda a abrir el corazón y nos lleva al coloquio y a las relaciones de auténtica amistad.

o      La palabra de alguna manera nos configura. Por esto, es preciso hacer el esfuerzo para dejar de expresar aquello que no condice con la dignidad de hijos de Dios.

o      La palabra nos lleva a tener reverencia por la alteridad y sus espacios interiores. No nos permitamos encasillar y marcar al hermano. En la medida que podemos contemplar a Dios, podremos respetar al otro.

o      En la palabra se da el puente entre lo mental y la acción. Si buscamos los pensamientos positivos, los que nos empujan hacia el bien, será más fácil encaminarnos hacia la caridad, que ayuda a todos.

o      La murmuración es la acción de roer, que destruye todo; así podemos pasar a ser roedores de la comunidad, del grupo, de la persona. Pero nuestra palabra se puede convertir en nexo de unidad y de perdón.

o      La oración no es un tiempo neutral, sino un lugar de encuentro y espacio para esos “pensamientos que vienen de fuera”. Preguntar sobre la oración será indagar si hemos encontrado la voluntad de Dios y hemos tenido el espacio de encuentro con Él.

o      Pedagógicamente es bueno señalar todo lo positivo y callar cuando lo que vamos a decir no es ejemplar.  Hablar mal de los otros es buscar un protagonismo que nos envanece y nos ciega. Esto no significa que no debamos desahogarnos para ordenar los afectos o ayudar analizar o aclarar situaciones complejas, pero con la persona indicada, con la certeza que estará protegida nuestra intimidad.

  •      En la acción:

o      Lo que hacemos, si es bueno, nos realiza. Es aquí donde plasmamos lo que somos. La pereza nos ata y detiene el crecimiento personal. El trabajo que realizamos nos ayuda a expresar lo que sentimos. La indiferencia nos distancia de los otros.  La acción nos dispone para la solidaridad y el compromiso

o      Así podemos revisar todas las acciones. Ver qué sentido damos a cada cosa que hacemos. En nosotros no puede caber la posibilidad de realizar intencionalmente algo malo en contra de alguien.

  •      En la omisión:

o      Vemos los falsos ideales que existen en nosotros, que se quedan en simples pensamientos. Pecamos de indeterminación, cayendo en  los eternos razonamientos, sin concretar nada y no haciendo el bien que está a nuestro alcance.

o      Vivimos con las ideas en la superficie, pero no llegan a afectar el corazón.

o      Aspiramos a lo grande, dejamos pasar en nuestra vida una infinidad de oportunidades que son reales y accesibles a nuestra capacidad.

Hemos ido de lo más íntimo a lo más externo.

Por qué dejamos con tanta facilidad el Examen:

·        Porque nos obliga al encuentro con nosotros mismos, para aceptarnos tal como somos, para perder el protagonismo y darnos cuenta que necesitamos dejarnos ayudar por la gracia Dios.

·        Nos entristece vernos con fallas. Nos falta fe, para orientamos hacia la misericordia de Dios. La duda sobre el poder sanador de la misericordia es lo que ofende a Dios. Lo vemos en la parábola del Padre misericordioso, el hijo mayor se molesta porque el Padre perdona todo. Sentimos pena de que de nuevo el Padre nos tenga que acoger en su corazón. Tenemos que crecer en humildad y reconocer que necesitamos vivir del amor gratuito de Dios.

·        La falta de tiempo no es una buena excusa. Nos habla más de una falta de interés. Cuando sintamos la necesidad de Dios como del aire que respiramos, entonces lo encontraremos en todo. Sólo entonces estamos preparados para no sorprendernos de las limitaciones, pues nuestra mirada está fija en el Señor.

·        Porque vivimos para nosotros mismos y cuando algo no sale, viene el desaliento, no sabemos ver en todo la providencia de Dios.  

El examen es un tiempo de gracia, de oración que Jesús nos quiere regalar. Es dejarnos mirar por Él, que nos sana y nos da Vida.

Cuál es el procedimiento concreto para hacer el examen del día: 

Es conveniente hacerlo todos los días, al finalizar la jornada. En un clima de silencio y recogimiento interior. Dejar todas las preocupaciones fuera de nosotros.

Es un momento de oración. No estamos solos. Es un encuentro amoroso entre Dios y yo.

Necesitamos hacer un esfuerzo para saber detener el pensamiento y tomar conciencia de nosotros mismos. Debe dominar el clima del agradecimiento y alegría.

            Si nos inclinamos hacia la culpa es porque no hemos dado cabida a Dios. Él siempre nos mira con amor y además su proyecto sobre nosotros es que seamos felices.

 

Tiene cinco pasos:

 

  1. Pedir luz a Dios:
    1. Hacerse transparente a los ojos de Dios y de nosotros mismos
    2. Dejarse llenar por la luz de Dios. No esconderle nada, para que lo asumamos.
    3. Mirarnos como Dios nos mira. “Para percibir la mirada de Jesús, yo le debo mirar con fe” Es la única forma de que nuestros ojos se enfrenten cariñosamente y en complicidad.
  2. Dar gracias:
    1. Revisar todas las actitudes positivas que se han generado en nuestro corazón, con las que hemos podido hacer el bien… Ver cómo se ha hecho presente Jesús en nosotros: sentimientos, pensamientos, consolaciones, etc.
    2. Recodar las personas con las que nos hemos encontrado y a las que hemos mirado con cariño…
    3. Agradecer la creación: el sol, el aire, la vida…
  3. Ver nuestras faltas:
    1. Con sinceridad…
    2. Aceptando los errores…
    3. Ver las limitaciones personales con autenticidad y esperanza.
  4. Pedir perdón:

a.       Porque sabemos que Dios es misericordia y nos perdona.

b.      Llenos de humildad. Sin justificaciones…

c.       Porque queremos fortalecer la amistad que Jesús nos regala.

  1. Proponerse el cambio:
    1. De algo sencillo y poniendo los medios adecuados.
    2. Sabiendo que el cambio es posible cuando confiamos en la gracia de Dios.
    3. Recordando que todo exige un proceso y paciencia con nosotros mismos.

 

Idealmente conviene dedicarle unos quince minutos diarios. Aunque se puede empezar de a poco.

Algunas veces es bueno tener un cuaderno y anotar, haciendo una síntesis del estado general del corazón en relación a Dios. Se puede usar lo escrito a la hora de hacer el acompañamiento espiritual. Viendo las constantes que se repiten en los distintos días. 

No se puede convertir en algo obsesivo. Es un momento de gozo en presencia de Dios que nos ama.

Siempre buscamos entregarnos a Dios. Identificarnos con él. Sería negativo buscar un perfeccionismo para que los demás me vean o pensar que es un simple recurso psicológico.  Se trata de dejar obrar a Dios en nosotros.

 

                                                       Hno. Javier Lázaro

 


 

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