Dar testimonio con autenticidad y sentido profético

Agosto 2015


   

Cuando hablamos del testimonio queremos llegar hasta las últimas consecuencias e implicaciones para la vida. No se trata de mostrar una forma de realizar una actividad o la habilidad para resolver una situación. Los verdaderos testigos están dispuestos a dar la vida, a ser mártires de la verdad, en definitiva a identificarse con Cristo, que llega a dar la vida en la Cruz.

Los testigos hacen presente la vida de Cristo con sentido trascendente, en vistas a ayudar a los demás a encontrar el sentido de su vida según Dios. No se trata de que seamos  superhombres o que nos movamos en el plano voluntarista, para ser más que los demás.

Los verdaderos testigos tienen que ser profetas, pues anuncian con su vida la plenitud a lo que está llamada cada persona en una perspectiva eterna. Es así como los testigos estamos  más preocupados por mirar hacia adelante y de referir todo a Dios, asumiendo el estilo de vida de Jesús, en el medio en el que nos encontremos.

El grupo de personas que tenemos por vocación esta misión más específica, somos los religiosos, que somos elegidos y consagrados por Dios, para reproducir lo que es la vida en el cielo, asumiendo las limitaciones que nos impone la realidad material y del tiempo. Pero es Cristo el que nos regala el Espíritu, para ayudarnos, dada nuestra condición de fragilidad. A pesar de todo esto, presentamos los elementos que caracterizan la vida en plenitud y que no todos pueden interpretar adecuadamente, ya que lo tenemos que hacer guiados por el Espíritu:

 

1.     La vocación a la vida consagrada, hace que tengamos una pertenencia total a Dios.

Esto es un proceso, donde nos dejamos conducir por el Espíritu, para que infunda en nosotros los carisma necesarios, que nos ayuden a expresar la preeminencia de la vida espiritual, que es amistad con Dios.

Es Cristo quien nos elige y nos llama para ser sus testigos. Nosotros sólo escuchamos su voz y respondemos con generosidad, para desplegar todas las potencialidades y capacidades personales. Renunciamos a nuestro proyecto para asumir el de Dios; esta es la clave de la felicidad. Pues nadie nos quiere como Él; ni siquiera nosotros mismos.

Por la consagración ya sólo nos debemos a Dios; nos ha apartado para sí. Nos hace diferentes, para anunciar los valores del Reino, que son espirituales, pero que se encarnan en nuestra vida por la fuerza del Espíritu y la ofrenda personal.

Las personas de la sociedad normalmente no entienden y confunden este estilo de vida. Pero tiene sentido pleno y es necesario. Gracias al testimonio de la vida consagrada los matrimonios se proponen: vivir en fidelidad, a imagen de Dios que siempre es fiel a la Alianza; dan un sentido transcendente a la vida en la procreación acogiendo a los hijos como don de Dios, que a su vez deben encaminar hacia el bien; encuentran en su trabajo la forma de colaborar con  el Creador; el desposorio de los religiosos con Cristo, les ayuda a vivir la conyugalidad del matrimonio en la aceptación y admiración mutua.

El testimonio de los religiosos ayuda a los sacerdotes: impulsándolos a celebrar los sacramentos con devoción, pues ven en ellos personas que ya sólo tienen hambre del Pan de Vida y deseo de celebrar su misericordia.

La presencia del testimonio de la vida consagrada que viven los valores del reino, ayuda al mundo a ordenarse según la dimensión de la ciudad eterna, relativizando todo lo que se acaba en el tiempo.

 

2.     La riqueza es Cristo, que llena el corazón de Vida Nueva.

El compromiso de dar testimonio supone un proceso interior; no se puede quedar como un barniz o algo superficial. Supone dejarnos llenar de la vida de Cristo, para que ocupe nuestro ser. Pero para ello necesitamos vaciarnos de lo material, hacernos disponibles, para esperarlo todo de Él.

Vivir con espíritu de desprendimiento, nos permite cantar lo excelente de la amistad con Cristo e ir al encuentro de los otros, para descubrir lo  más valioso de cada uno como personas.

La pobreza de espíritu nos da libertad de ocuparnos de lo importante y nos posibilita desarrollar la capacidad de expresarnos con sencillez, de vivir con humildad, de percibir la belleza interior, de gozar de la verdad y de valorar a todos por su dignidad.

El desprendimiento de las cosas materiales nos ayuda servir al único Señor, al que estamos llamados a bendecir y sentir su amistad por toda la eternidad; nos orienta para darnos sin medida, pues sentimos que Dios nos está enriqueciendo en forma permanente. Cuanto más nos damos a los otros, el Espíritu nos colma con la sobreabundancia de su gracia, haciendo fecunda nuestra vida.

Este estilo de vida se convierte en una denuncia: al mundo que se mueve con avaricia, a la acumulando de riquezas, de la explotando a los más débiles, a los que toman la  perspectiva economicista como único criterio de actuación y a toda injusticia.

 

3.     Realizamos la libertad plenamente, buscando en todo la voluntad de Dios.

En la vida dócil y obediente al Espíritu alcanzamos las metas más altas en el desarrollo de nuestra capacidad de elegir, pues nos propone el bien más excelso y en comunión con la verdad más absoluta. En la sociedad actual se ha “descarrilado” la libertad, llevándonos a elegir lo fácil y lo placentero, que no siempre es lo mejor y por tanto nos incapacita para ser felices. Hemos cambiado la verdad, para dejarnos llevar por la dictadura de las sensaciones; cambiamos lo bueno, por lo agradable, aunque nos degrade. En cierto modo hemos anulado nuestra voluntad, para entrar en la atrofia hacia el bien, que nos conduce a la tristeza existencial.

Los testigos estamos abiertos a percibir al Espíritu, dejándonos conducir por el bien y la verdad, que provienen de Dios. Desarrollamos la capacidad de la escucha y la docilidad, para poner más en evidencia lo que son caprichos personales. Esto nos impulsa a fortalecer la voluntad como facultad humana.  

La obediencia razonada y guiada por la fe, enaltece nuestra libertad, ya que nos encaminamos a entrar en comunión con Dios. La obediencia no es sometimiento, pues quien elige estar al servicio del Señor, participa de su dignidad.

Es la voluntad de Dios lo que obedecemos interior y exteriormente, comprometiendo todo lo que somos. Acogemos sus decisiones con la convicción de que todo es para nuestro bien. Además nos identificamos con Cristo que fue obediente al Padre. La obediencia nos hace crecer en humildad, creando las condiciones que florezcan todas las virtudes. Es en la obediencia donde aprendemos a dejarnos querer y orientamos la voluntad “a querer querer”.

 

4.     Vivimos la sexualidad plenamente, acogiendo el amor de Cristo en nuestros corazones y llevándolo a los otros.

Tenemos la experiencia de sabernos amados por un amor total e infinito, esto hace que nuestro corazón se abra a un gozo  pleno y que se exprese en una amistad íntima con Dios y de servicio a los demás. Es una relación de desposorio y entrega que hace que todo nuestro ser quede comprometido para siempre.

 Cristo se convierte en el centro de nuestras motivaciones y afectos. Desarrollamos la dimensión afectiva a lo largo de toda nuestra vida, configurándonos con Cristo y realizando plenamente nuestro ser de varones.

En un mundo erotizado somos un signo elocuente de la unión entre sexualidad y espiritualidad, donde valoramos los definitivo y eterno. La persona humana no se puede limitar a las sensaciones externas sensibles. Estamos hechos a imagen de Dios y ha puesto su Espíritu en nosotros, emanación de su amor, para que podamos entrar en comunión con Él y nos demos en forma desinteresada.

Este estilo de vida nos hace fecundos en los otros, siendo instrumentos de Dios, para que pueda infundir el deseo de su amistad y de la vida eterna. Además nos previene contra cualquier intento de instrumentalizar a la persona (reducirla a cosa). La virginidad por el Reino de los cielos nos ayuda a relacionarnos con los otros de una forma fraterna y sincera.

Esto es un regalo de Dios a nuestro corazón, que nos compromete a vivir en autenticidad y estar en una constante acción de gracias. Somos elegidos para hacer presentes los valores del Reino. Nuestra castidad es una invitación a los matrimonios a vivir la fidelidad, es un llamado a los jóvenes para que estén abiertos a un amor altruista y alegre.

 

5.     Necesitamos vivir en comunidad, como hermanos, cuidando los unos de los otros.

Es el Señor el que nos reúne y genera los lazos de fraternidad para poder vivir en comunidad. No se anula el pensamiento personal, pero siempre hay un esfuerzo por buscar y tener un mismo sentir, que nos ayuda a aceptar al otro tal como es.

La vida de comunidad en los consagrados es constitutiva de nuestra forma de ser. Es expresión anticipada de lo que viviremos en el cielo. Se hace realidad en el perdón y en la valoración de los hermanos.

No se puede reducir a algo funcional, tiene que ser el lugar donde se viva la caridad con todos para hacer presente a Cristo en el mundo.

La comunidad es un desafío de cada día, pero Cristo nos alimenta con su Cuerpo en la participación de la Eucaristía; nos hace comulgar con sus sentimientos y nos dispone a ser servidores los unos de los otros.

El hecho de vivir unidos nos permite conocernos, estar atentos para compartir lo que sentimos, escuchar las preocupaciones de los otros, salir de la soledad, buscar los puntos comunes en el llamado de Cristo y llevar a cabo la misión encomendada.

Nos comprometemos a rezar juntos en nombre de toda la Iglesia y por la humanidad; sentimos que nos hacemos solidarios de los  más pobres elevando la oración por ellos a Dios. La oración en común completa la plegaria personal y nos permite experimentar que somos el cuerpo de Cristo, donde unos miembros acompañan y se complementan con los otros.

La vida de comunidad se hace posible viviendo la caridad en todos los aspectos, olvidando las ofensas, en la corrección fraterna y en la sinceridad mutua. Es una participación anticipada de la vida de la Trinidad, que llega a su plenitud en la patria celestial.

 

6.     Nos alimentamos de la espiritualidad, de la amistad con Jesús, que nos tiene  ensimismados en la contemplación de su vida.

Jesús habita nuestro corazón, pero necesitamos estar con Él. Es una necesidad cuidar los espacios de intimidad. Dedicar el tiempo con un espíritu de acogida y disponibilidad es fundamental, para dejarle que nos comunique lo que nos tiene que decir. Nos familiarizamos con su voz de Buen  Pastor, sentimos en la fe que Él es quien nos guía.

Ensanchamos la vida interior, para desarrollar la espiritualidad, que es amistad con Cristo. Nos alejamos del ruido o de aquello que distrae nuestros pensamientos. Pero aprovechamos para hacer presentes a todas las personas.

Es en la oración donde los consagrados logramos nuestra identidad, nos dejamos configurar con Él. Pero a la vez es un llamado a los otros, para que tengan presente que la vocación definitiva de todos es la alabanza y gloria eterna.

Los religiosos nos hacemos verdaderos especialistas en comunión, por la actitud de adoración que asumimos en la vida; sentimos que todo es don y prestamos nuestros ojos, los oídos, el corazón y todo nuestro ser, para que se lo ofrezca al Padre para siempre. Esto hace que los sentidos corporales se transformen en espirituales y sean instrumentos o canales por donde el Espíritu nos hace gustar la Palabra y nos regala su gracia.

 

7.     Asumimos la misión de educar a los niños y jóvenes que son los predilectos del Señor.

Cada consagrado, según  al instituto al que pertenece tiene una misión encomendada. Nosotros estamos enviados a atender y acompañar a los niños y jóvenes. Es una tarea y también una gracia, pues de los niños es el Reino de los Cielos; en cierto modo son ellos los que nos acercan  a Jesús. Su mirada limpia nos permite intuir la grandeza del don de Dios.

Nos enseñan las actitudes necesarias para acercarnos a los otros: la sencillez, la humildad, el deseo de crecer, la candidez…

Colaboramos con las familias, sin sustituirlas, en su función educadora. Comprometemos todas nuestras energías para mostrar el camino que nos lleva a Dios.  Es así como nuestra vida es fecunda en las otras personas que acompañamos o ayudamos a prolongar la acción de Dios.

Por sabernos pecadores y sanados por la gracia de Dios, creemos en todas las personas, descubrimos sus potencialidades.

La misión  que Dios nos encomienda, no nos permite apropiarnos nada; por eso educamos en la libertad y responsabilidad personales, para que sean verdaderos hijos de Dios y lleguen a la felicidad eterna. 

La invitación Jesús la sigue haciendo a cada uno para hacer presentes los valores del Reino, es esta la misión profética. Se necesitan corazones generosos que deseen ser felices en autenticidad y que vivan la solidaridad, mostrando el camino a los niños y jóvenes.

Educar nuestro oído interior para escuchar su voz es una necesidad, con la confianza de que el mundo puede cambiar, pues todos los hombres tienen sed de Dios.

 

Hno. Javier Lázaro sc

  


 

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