El agradecimiento despierta el gozo y la alegría

Noviembre 2015


   

En la medida que percibimos los dones, cualidades, bienes, etc., podemos agradecer a quien nos ha prodigado lo que nos hace sentir plenos. Siempre tenemos personas y cosas para agradecer.  Educar el corazón para agradecer es disponerlo para acoger más gracias. Quien no agradece se cierra a recibir algo nuevo y a crecer.

El agradecimiento nos despierta a la vida y sana los resentimientos que puedan estar abiertos. Reconocer al otro, sentir que lo que tenemos es superior a nuestras fuerzas, apreciar que lo que pensamos es más grande que nuestra inteligencia y creer que los sentimientos son más intensos que lo que podemos cultivar en nuestro corazón, son formas de sentir que hay alguien que nos cuida y nos mima.

En la medida que agradecemos nos disponemos para la entrega y despertamos en nuestro interior el deseo de ser un don para los otros. Es entonces cuando nos abrimos, sin una intención puntual, al gozo y la alegría verdadera. Por esto vamos a detenernos en algunos aspectos en los que podemos profundizar el agradecimiento:

1.     El conocimiento de la verdad produce alegría interior. Con frecuencia nos quedamos en los análisis descarnados de la realidad, que pueden ser muy ciertos, pero que con facilidad olvidan reconocer lo bueno y positivo que existe en el mismo entorno. “Es justo y necesario” ver lo bueno y bello, que hay en cada situación, porque es parte de la verdad y nos abre a la esperanza. Esto tiene que ser una práctica habitual; hacerlo un ejercicio corriente en nuestra conducta; es una actitud disciplinar en la forma de pensar y una inclinación constante de nuestra voluntad. No podemos quedar gobernados por la primera sensación de desagrado que llega a nosotros. Las emociones son una parte importante de nuestra afectividad, pero no pueden gobernarnos de un modo despótico.

El conocimiento de la verdad debe empezar sobre uno mismo, aceptando las tendencias y cualidades personales. Es entonces cuando podemos estar atentos sobre nosotros mismos.

Hacer del agradecimiento un hábito, nos obliga a buscar siempre lo bueno, a conocer en profundidad a los demás establecimiento relaciones interpersonales de amistad.

2.     La entrega en el servicio nos hace descubrir valores; que de otra forma desconocemos porque no los vivimos. La comodidad, el apoltronamiento y la dejadez, producen desánimo y atrofia del espíritu. Sólo cuando somos capaces de disponernos a vivir en función de los demás, podemos desarrollar las capacidades personales; en la medida que vivimos sólo para nosotros mismos nos auto engañamos y estamos en una realidad virtual.

Poder servir es una forma de agradecer y desarrollar otras capacidades, para sabernos más y más enriquecidos. La apertura hacia los otros nos ayuda a ver sus potencialidades y su bondad; es una forma de alegrarnos con su belleza interior y la que se despierta en nuestro corazón.

El servicio nos puede producir cansancio, pero a su vez vivimos la correspondencia agradecida del don que son los otros en nuestra vida. “Quien ama no cansa ni se cansa” (nos dice San Juan de la Cruz); el servicio es desplegar las potencialidades en forma agradecida, sin reclamos, ni llevando cuentas en del “debe” ni el “haber”, dándose sin media y sin esperar nada. Agradecer es vivir con la apertura que nos lleva a la generosidad total.

 3.      El agradecimiento se trasunta en nuestros ojos; una mirada que siempre es de acogida a los demás. Las personas agradecidas, no sabemos cómo, pero tenemos lugar en nuestro corazón para todos. Más que fijarnos en las limitaciones, nos centramos en las posibilidades que tienen todas las personas. Nuestra mirada es compasiva, pues tenemos para dar todo lo que hemos recibido.

Los ojos de quienes agradecemos destellan paz y alegría, pues de alguna forma acompañamos lo que vivimos en el corazón. Educar nuestra mirada, es aprender a mirar para descubrir a la persona completa, no en forma parcial; descubrimos el bien que es la persona en su integridad, incluido su destino eterno; por tanto no nos sentimos dominados por lo estridente o la parcialidad de lo que pueden percibir nuestros sentidos.

La mirada agradecida siempre es un regalo para los demás, pues se sienten confirmados y atraídos a un camino en plenitud. Podemos ofrecer esta llamada a los otros, porque vivimos en la alegría de sabernos enriquecidos en todos los dones y los vivimos con agradecimiento. “Nadie puede dar lo que no tiene”.

La mirada adecuada es la de fe, que supera nuestras fuerzas y supone la acogida de Dios en nuestras vidas. Al llenarnos de su vida, nos vaciamos de nosotros mismos y podemos ser don inagotable para los otros. La mirada interior ilumina la de nuestros ojos y nos hace ver todo como una gracia.

El agradecimiento surge en cuando nos dejamos mirar por Jesús, que siempre lo hace con amor. Dejarnos mirar supone abrir el corazón completamente, en lo que nos da gozo y aquello que nos cuesta aceptar de nosotros mismos. Frente a la mirada divina nos sentimos plenamente libres, pues nos sabemos amados. Es esta experiencia la que nos ayuda a vivir agradecidos, pues nos sabemos amados por encima de nuestros méritos. Todo es gratuidad que no podemos enmarcar en ninguna medida humana. Es preciso cultivar todos los días la mirada de Dios en nuestra vida, para aprender a mirar a los demás agradecidamente.

4.     El agradecimiento es una forma de celebrar el tiempo, como camino de plenitud. Los griegos y otras culturas perciben el tiempo como algo inmanente, que siempre se repite en forma cíclica. Para nosotros, los cristianos, el tiempo es lineal, en el sentido de que lo vivimos como un horizonte continuado hacia mayor plenitud. Dios nos ama desde siempre, desde antes de la creación del mundo y nos quiere para siempre, por toda la eternidad; aunque tengamos que pasar por etapas que parecen un retroceso (de anonadamiento), en el interior son de mayor entrega y comunión con Dios, que es principio y fin de todo lo creado.

Cada etapa de la vida es motivo de agradecimiento para poder disfrutar lo que hemos realizado o vivido. Con frecuencia no nos damos el tiempo para contemplar la obra de Dios, ni siquiera donde hemos colaborado con cierto protagonismo. Hacemos algo e inmediatamente pensamos en realizar otra cosa; todo lo vivimos como una competencia contra nosotros mismos y por tanto siempre nos falta tiempo para gozarnos del bien y lo bello que vamos logrando. Darnos el tiempo para agradecer, nos permite descansar y sentir que tenemos una vida lograda y llena de sentido.

Agradecer nos ayuda a tomarnos el tiempo de vivir para la contemplación, para evitar fines utilitarios y sentir la libertad de ser nosotros mismos, dejándonos sorprender por el bien sin presiones ni comparaciones. Agradecer, más que una norma de buena educación es una necesidad humana, para reconocernos partícipes del bien que hacemos y que precisamos vivir.

5.     Agradecer el testimonio nos impulsa a seguir el camino. En nuestra historia personal tenemos personas de referencia o que de alguna manera nos han marcado con su estilo de vida. Pero es posible que hayamos seguido miméticamente a alguien y nunca se lo hayamos agradecido (estamos pensando siempre en alguien que nos impulsa positivamente).

Aunque no lo hayamos hecho todavía, por lo menos internamente, es preciso que agradezcamos a esas personas que nos han marcado en la vida. Agradecer el trabajo lento pero permanente que han ido haciendo para adquirir su personalidad y que nos impulsan a identificarnos con su forma de actuar.  Seguramente que detrás de eso que vemos hay muchas horas de silencio y de esfuerzo personal, que nadie ha valorado y la persona misma puede no ser consciente del tesoro que ha ido adquiriendo.

Es preciso acercarnos a las personas que nos dan testimonio (si no se sienten incomodas), para enumerar qué cosas nos ayudan de su conducta; es una forma de valorarlas y además de adherir gozosamente a sus virtudes. Supone valor de nuestra parte, asumir esta actitud, nos libera de la envidia y nos abre a la generosidad de dar vida a los otros.

Nosotros seguro que también damos testimonio y esto ya es un privilegio, pues nos habla de que nuestra vida, por lo menos en algunos aspectos, está realizada. Agradecemos el que podamos hacer presente las experiencias vividas y sirvan de referencia para otros. Es una docencia silenciosa, pero que ayuda a quienes nos rodean a seguir adelante, superando sus propias dificultades.

Que otros nos valoren, también es para agradecerlo; sin buscar nunca que nos halaguen, regateando nuestra propia gloria; pues entonces se produce el efecto contrario y nos convertimos en narcisistas. Siempre que podamos obrar bien nos tenemos que sentir agradecidos, aunque no lo perciba nadie; más aún cuando hacemos el bien y ayuda a otros a crecer en libertad, determinándose y comprometiéndose en beneficio de otros. Esta forma de enseñanza es la vocación que todos tenemos y que hay que agradecer, pues nos hace ver que todo sirve, por pequeño que parezca.

El agradecimiento y la capacidad de alegrarse, no es una aptitud de algunos; sólo depende de nuestras actitudes, de las disposiciones interiores, de cómo queremos ver la vida. Siempre hay motivos de agradecimiento, pero hace falta que veamos a las personas que nos rodean, la obra de Dios en la creación y la apertura de su Corazón, para comunicarnos su intimidad. El agradecimiento genera lazos que nos liberan afectivamente y nos impulsa a amar; en definitiva nos da la libertad.

 

Hno. Javier Lázaro sc


 

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