El compromiso hace realidad
la respuesta a la vocación personal

Noviembre 2014


   

El compromiso parte de la idea de que hay que responder a alguien en forma permanente, porque creemos en su valía y su capacidad de acoger el don que podemos hacer de nuestro ser. Dios y las personas somos los únicos que nos podemos comprometer, porque tenemos la capacidad de dar y acoger, aunque en muchas oportunidades no lo podamos explicar, pues forma parte del misterio que cada uno somos. Quien es nihilista, el que no cree en nada, tampoco se puede comprometer y su vida está en el vacío existencial.

Cierta verborragia sobre la vida y planteos a los que no podemos responder coherentemente, con frecuencia sólo se entienden desde la incapacidad de poner la voluntad en la entrega y la inmadurez afectiva para salir de nosotros mismos. Quienes son capaces de amar, pueden explicar su vida desde el testimonio coherente y el silencio elocuente que manifiestan por sentirse felices; tienen las convicciones que pueden poner en palabras en cualquier momento y que concuerdan con la cotidianidad de lo que hacen. Por esto:

1.    El compromiso necesita de la inteligencia, pero que no es suficiente para llegar a la entrega. Las explicaciones teóricas, con frecuencia nos entretienen y agudizan la pereza, para vivir en la nostalgia de lo que podríamos hacer, pero que en realidad no nos conducen a nada. La razón nos puede ayudar a encontrar las motivaciones y lanzarnos hacia la verdad que nos ilumina y nos lleva a la realización del bien.  Sólo es necesario el tiempo justo para discernir y encontrar lo que Dios quiere para nuestras vidas, después es hora de la acción, de la concreción de lo que vemos como bueno. La dialéctica se puede convertir en nuestro mayor enemigo contra el compromiso, cuando buscamos la autojustificación para no hacer nada y que se manifiesta en la postergación indefinida.  

2.    Reafirmamos el compromiso si lo vivimos.  Aquello que amamos lo disfrutamos de la forma más firme y bella.  La caridad nos permite poseer a Dios, vivir con Él. Sin la voluntad de hacer el bien, la razón queda oscurecida e incompleta, pues no puede vivir la verdad. El compromiso hace realidad lo que  percibimos en el corazón como ilusión. El compromiso nos introduce en el escenario de la acción y nos hace salir de las ensoñaciones virtuales en las que podemos quedar anclados o esclavizados. La posibilidad y la realización del bien acrecienta nuestra libertad.

3.    La contemplación es la actividad más profunda que podemos realizar como personas. Es la tarea por la que nos dedicamos a dejarnos transformar por el misterio que es Dios en nuestra historia, que siempre es de amor. Contemplar aunque parezca a primera vista algo pasivo, es intensamente activo, en las potencias interiores del hombre y que nos llevan a tratar de plasmar en lo concreto lo que hemos experimentado en el interior. La contemplación siempre nos conduce a la acción según Dios, que es caridad.  Así, el compromiso hay que centrarlo también en el encuentro con nosotros mismos, para tener la posibilidad de contemplar la acción de Dios y sabernos impulsados a reproducir su amor en nuestros hermanos.

4.    Dejar a Dios la primacía, para que ponga en nosotros este impulso co-creador; sólo así aprendemos a supeditar nuestros gustos personales para hacer realidad lo que Él nos propone. Esto supone dejar en un segundo plano algunas tareas, que con frecuencia nos deleitan pasajeramente, pero nos  desvían, pues no nos llevan a la alegría perdurable, por más ensimismados que estemos horas y horas. Esto lo podemos observar con claridad en el tiempo que nos insumen los medios tecnológicos, sin un fin claro;  así perdemos del tiempo y parte de nuestra vida de una forma lenta, pero sostenida. Es hora de que revisemos algunas de nuestras prácticas; que aunque las hacemos desde hace mucho tiempo, no todas nos ayudan.

5.    El compromiso se vive en la medida que percibimos la posibilidad de hacer el bien, en cosas simples e inmediatas y lo llevamos a cabo. No podemos dejar pasar las situaciones concretas que nos permiten crecer, aunque parezca insignificante la obra a realizar. El compromiso es con uno mismo, para orientar todo hacia el bien que está a nuestro alcance, sin esperar una gran obra o el acontecimiento importante. Todo lo simple nos prepara  para la consecución paulatina de lo sublime.  Con frecuencia dejamos pasar algunas oportunidades  y terminamos por no hacer nada. En los pequeños detalles aprendemos a conocernos; las grandes realizaciones, son una cadena, que está hecha de la unión de los eslabones de las cosas simples.  Fijémonos cuántas metas podemos alcanzar haciendo a cada momento lo que está a nuestro alcance.

6.    La escala de la valoración del compromiso se centra en las virtudes que vamos logrando e integrando. El valor del compromiso está en las actitudes permanentes que vamos incorporando a nuestra personalidad, o virtudes que conquistamos,  que nos ayudan a hacer al otro más fácil la vida y nos permite conquistar la propia voluntad, que paradójicamente supone ponerla al servicio de los demás.  El compromiso no está en función de los logros alcanzados cuantitativamente. Conocemos profesionales muy eficientes en su campo de trabajo, pero que objetivamente no logran un compromiso con los demás y que por tanto viven en la tristeza y la insatisfacción permanente. Hay tareas que no tienen un valor remunerado, que nadie las percibe, pero en realidad son las que  nos permiten expresar la entrega y vivir felices.

7.    El compromiso tiene una dimensión eterna, nos hace ser de una determinada forma para siempre. No se agota en una actividad o con un tiempo fijado de antemano.  Todos los compromisos,  de alguna manera, hablan de una relación con Dios, que es quien sostiene la respuesta de cada día. Se podrán distinguir diferentes expresiones, o formas de apostolado, pero la elección que hace Dios de nosotros nos permite responder para siempre a su llamada. La vocación nos recrea indefinidamente, pues en definitiva Dios es quien nos da la fuerza para responder siempre. La fidelidad a cualquier vocación integra todas las dimensiones personales y a medida que pasan los años sentimos más seguridad por la memoria de que siempre somos sostenidos por su gracia y podemos confiar en su providencia. Dios siempre es fiel al llamado que nos hace y cumple sus promesas.

8.     Forma parte del compromiso educar el corazón, para escuchar la voz de Dios. Si nos sentimos llamados, podemos responder comprometidamente, aunque parezca que supera nuestras fuerzas, pues sabemos que el camino es Dios mismo. Por tanto no tenemos que hacernos demasiadas preguntas, pues es Dios quien tiene la iniciativa y el que nos da el querer para responder. En el llamado Dios ya nos da su gracia para poder discernir y comprometernos con fidelidad. Mientras tengamos presente que es Dios el que nos llama contamos con las infinitas posibilidades de decir siempre que sí, aunque nos veamos asediados por las dudas o alguna circunstancia concreta.  

9.    La confianza es la que sostiene el compromiso y la capacidad de entrega sin medida, con un espíritu magnánimo. Quien confía cuenta con un crédito que surge de sus cualidades personales y de los dones recibidos de Dios. Descubrir y creer en los carismas recibidos nos capacita para comprometernos. Es la confianza básica, la que nos permite creer en nosotros y saber que tenemos unas potencialidades para darnos a los demás.  La confianza surge también del conocimiento y aceptación personal. Cuando vamos por algún lugar desconocido tenemos miedo y dudamos; el problema es más serio si nos desconocemos a nosotros mismos. Precisamos dejarnos acompañar por alguien cercano, para poder decirnos y ver el reflejo de nuestra imagen en el espejo de su escucha.

10. Comprometernos supone ayudar a crecer a los otros. Requiere la generosidad para descubrir el bien que también pueden alcanzar los demás. Sabernos muy capaces  o dotados de cualidades no es suficiente. Necesitamos colaborar para contribuir a desarrollar el bien que hay en los demás. Creer en los otros y en sus posibilidades es una forma de comprometernos. Más que hacer juicios de quienes nos rodean, necesitamos ir a su encuentro.  Hace falta poner la inteligencia, las percepciones y las intuiciones  (que algunas nos enorgullecemos de poseer) al servicio de la voluntad, para que podamos hacer realidad la ayuda a las personas.  Precisamos  salir de nosotros mismo para ver lo que  otros pueden lograr con nuestra colaboración. Es la voluntad la que nos permite querer aquello que podemos ver como verdadero y bueno, para amar con autenticidad.

El compromiso, es la misión que tenemos en favor de los demás y nos asegura la fecundidad en la vida y la alegría. Sólo las personas a las que nos entregamos pueden generar el gozo de nuestro corazón, aunque no lo puedan expresar con palabras. En el compromiso siempre nos mantenemos vitales, sin cansarnos, pues la misma entrega es fuente de fuerza y aligeramiento de los propios egoísmos.

En el compromiso realizamos nuestra libertad, que se conquista en forma paulatina y sostenida. Siempre estamos llegando y empezando; pues nos hace vivir la alegría de la conquista y nos obliga a encontrar las motivaciones para seguir impulsarnos.

Cristo en su entrega permanente al Padre por nuestra salvación es la fuente más genuina de nuestro compromiso. Mirar a Cristo es dejarnos transformar interiormente para participar de su Vida y dejarle vivir en nosotros.

Hno. Javier Lázaro

 


 

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