El compromiso es la respuesta a Dios,
que nos ama siempre


Como personas nos sabemos habitados, en lo más íntimo de nuestro ser, por Dios que nos ama. Es una presencia viva que se comunica constantemente con nuestro corazón. Con frecuencia dejamos de sentirlo, porque no estamos atentos, ocupados en otras cosas  a las que damos más importancia y por tanto nos perdemos la posibilidad de gustar su amistad que nos llena de paz.

Esta presencia produce movimientos propios en nuestro corazón, a los que debemos prestar atención, para poder responder de una forma activa. Esto  lo podemos percibir a través de diversos pensamientos, estados interiores o sentimientos, que son consecuencia de estar habitados por el Espíritu de Dios, que habla en nosotros. No son fruto de la inteligencia o efectos colaterales de otra cosa. La realidad es que Dios nos habla al corazón.  Algunos lo llaman “moción”, que es todo movimiento en nuestro corazón. 

Dada la diversidad de movimientos o “pensamientos” (mociones) que podemos registrar, surge la necesidad del discernimiento.  Las mociones hablan de una vida interior que necesitamos desarrollar paulatinamente con la ayuda de la gracia.

El principio básico de la moción es que: Dios se quiere comunicar en forma permanente con cada uno de nosotros, en lo profundo de nuestro ser.  Jesús en el evangelio ya nos lo anticipa: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero los he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre” (Jn 15,15). Y por otra parte, fruto del amor que nos tiene, es un mendigo de nuestra amistad: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap 3,20).

Dios necesita comunicarse con cada uno de nosotros. Lo que nos tiene que decir, sólo lo podemos escuchar nosotros. Si no tenemos capacidad de escucha, Dios no podrá pronunciar la Palabra, que nos permite seguir la creación, a través de nuestro compromiso personal.

Dado que también nos podemos confundir creando falsas imágenes, necesitamos discernir cada situación y dejarnos acompañar por alguien que ya viva la experiencia. El discernimiento ayuda a entender la clave de las mociones que experimentamos en nuestro interior.  El movimiento interior cuenta con dos polos: uno que nos puede atraer, que llamamos consolación y otro que deja en la desorientación, que se denomina desolación y  nos empuja a la separación. En principio siempre hay que analizarlos, para ver hacia dónde nos llevan.  La consolación nos expande y nos abre hacia más vida, aumenta la fe, la esperanza y la caridad, nos llena de alegría. Mientras que la desolación nos retrae y paraliza. Aunque no siempre se puede clasificar como negativa.

Es en esta experiencia interior de amistad con Dios, donde se produce paulatinamente un proceso de cambio, que tengo que hacer consciente y que como fruto inmediato produce la unificación del corazón. Es aquí donde se ordenan la razón y la afectividad en la misma dirección y sentido, llenando nuestro deseo de darnos y entregarnos a los demás en forma integrada. Es en este proceso donde se puede dar el compromiso con los otros y perseverar en la fidelidad. Sin esta ayuda de Dios, en el logro de la unidad interior es imposible asumir compromisos duraderos.

Es la experiencia de sabernos amados por un amor infinito lo que provoca que el  corazón se expanda hacia el bien más absoluto, en la entrega desinteresada y altruista. Esta vivencia no se agota o gasta, podemos volver tantas veces cuantas queramos,  para que nos llene más y más (con tal de que no sea una búsqueda de autocomplacencia).

Todos tenemos motivos para sentirnos amados. Desde el primer momento de la mañana podemos orientarnos a recibir el don que Dios quiere regalarnos. Son opciones libres que tenemos que hacer constantemente, haciendo especial hincapié en la contrariedad, que es una forma de identificación con Cristo, que quiere ser nuestro confidente y se hace también presente en las dificultades.

Hoy hablamos de que no hay compromiso, pero en realidad es el efecto de una falta de experiencia, de madurez para acoger el amor que Dios nos quiere regalar. Ponemos nuestra mirada en otras cosas que se acaban, que nos dejan vacíos y nos incapacitan para el don de nosotros mismos. Es así, que mientras no orientemos la mirada hacia nuestro corazón, donde podemos encontrarnos con Dios, tampoco podemos proyectarnos hacia adelante.

El encuentro con Dios que nos ama y nos posibilita ser felices, supone hacer opciones libres para:

  • Dejar las cosas superficiales, los atractivos fáciles, que nos hacen ignorar u olvidar lo profundo, que es donde está la verdadera alegría.

  • Vivir con una mirada limpia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Esto nos obliga a la higiene mental que ordene la imaginación y podamos pensarnos felices.

  • Dedicar el tiempo necesario a revisar los movimientos del corazón.  El examen va agudizando la mirada y nos hace más sensibles para responder a los deseos de Dios.

  • Superar la sordera interior y la mudez, para escuchar lo que Dios nos dice y poder comunicar a los más próximos, su riqueza, que nos llena de alegría y paz.

  • Cultivar la humildad,  para reconocer que todo lo bueno es un  regalo de Dios a nuestra vida. Cuando nos abajamos, Dios nos ensalza con su mirada.

  • Crear un clima de silencio, disponiendo el corazón, para la escucha, que nos lleva a la oración.

  • Cuidar lo que hablamos. Evitar las conversaciones vanas. La palabra nos va configurando en la autenticidad.  La Palabra es creadora.

  • Llevar a cabo acciones que nos dispongan al dominio de sí y al servicio de la caridad.

Estas tres últimas acotaciones, forman parte de un mismo proceso: la pausa, la palabra y la acción.

Los frutos que podremos sacar de esta actitud, de atenta escucha del corazón, son entre otros:

  • Adquirimos una sensibilidad, que se hace habitual y expresa la inclinación hacia las cosas de Dios, que nos da la vocación hacia la plenitud.

  • Se da un constante estado de sorpresa y alegría, al poder percibir lo que hay de verdadero, de bueno y bello, en las cosas que nos rodean.  No buscamos apropiarnos de nada. Sólo nuestra mirada lo hace más palpable y de alguna forma lo enriquece, pues es una respuesta al Creador, que todo lo ha dispuesto para nuestro bien.

  • Viviremos la experiencia del amor de Dios, que integra todas  las dimensiones humanas. Para poder amar necesitamos sabernos amados por un amor total y gratuito. No es suficiente el querer humano, que siempre es finito y limitado. Además, algunos no lo pueden reconocer como positivo, dadas las heridas que ha podido dejar en su historia personal.

  • Nos da las motivaciones y razones para el compromiso. Nos podemos entregar cuando tenemos la experiencia de un Dios que está presente y es el garante de aquello a lo que nosotros no podemos llegar.

Si sentimos la presencia de Dios en el corazón, no dejemos pasar el momento y busquemos ser agradecidos. La euforia nos ciega, con la soberbia que nos hace creer que somos nosotros los que logramos todo y no Dios que nos lo regala. Necesitamos reconocer que es el Espíritu el que tiene la iniciativa y nos regala la paz con su presencia.

Cuando no sentimos la presencia de Dios de una forma sensible (entramos en desolación), pero seguimos  firmes confiando por la fe. Es así como crecemos espiritualmente y aprendemos a superar los momentos que parecen de aridez.  Esto nos permite entrar a las zonas olvidadas de nuestro ser, liberamos nuestro inconsciente para poder integrarlo. Este tiempo también es valioso y lo tenemos que vivir con esperanza, pues nos da un conocimiento, que de otro modo no tendríamos y que de alguna manera ya nos muestra la presencia de Dios, que nos sigue dando la fuerza para mantener el compromiso.

Cuando estamos desolados, necesitamos resistir con el recuerdo de la gracia que recibimos en otros momentos. Vivimos de la certeza de que Dios siempre está presente y nos sostiene. Es por esto que, no debemos cambiar en los momentos de crisis. Si es necesario, hacer y prolongar el tiempo de oración, que con frecuencia tendemos a acortar u olvidar totalmente.

En el tiempo de aparente crisis, hay una tendencia a cerrarse sobre sí. Esto es una forma de engañarnos. Pues se nos hacen presentes tres escollos que nos hacen naufragar la integración que buscamos: el miedo, el aislamiento (guardar el secreto- cuando en realidad necesitamos desenmascarar el problema) y el no sumir las debilidades personales. Para tratar estos temas se necesita un confidente, que nos ayude a confrontar y nos ilumine la realidad que padecemos.

Todos recibimos la comunicación de que Dios nos ama y nos permite amar. En el corazón no se da una situación neutra. Dios siempre se nos entrega y se nos revela. Cuando no percibimos nada, nos hemos hecho sordos y mudos. No escuchamos, pero tampoco decimos nada positivo a quien nos quiere.  Es así que esta situación que vivimos con Dios, la llevamos también a las relaciones humanas, incluso las más íntimas y cercanas. El que recibamos mociones y las aprovechemos, dependerá de las condiciones que nos describe la parábola del sembrador  (Lc 8, 4-15). Cómo disponemos el terreno afectivo del corazón. En la medida que deseamos darnos, tendremos la posibilidad de percibir la moción que nos unifique y comprometa.

No reconocemos la voz de Dios porque estamos en la superficie, afanados en las cosas vanas; nos contentamos con el placer que encontramos en lo transitorio, y que nos impide desear lo profundo y duradero. Esto se manifiesta cuando  nos dejamos llevar por la vanagloria, la envidia- celos, el desorden afectivo-sexual.

Para retomar el camino del encuentro del corazón con el Corazón, hay que empezar a desear su amistad y acomodar las cosas personales para que el Espíritu se pueda comunicar. Esto supone un compromiso, que nos lleva a la transformación. En cada momento me tengo que dejar cambiar. Para Dios todo es posible.

Hno. Javier Lázaro

 


 

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