El compromiso se realiza
en el don de sí mismo


El compromiso se vive en la entrega personal de uno mismo. Es por esto que tratamos de crecer y realizarnos, para que la ofrenda sea más agradable a quien queremos servir. No buscamos una mera conquista de metas para ser más que los demás. Todo lo que somos está en función del encuentro con el otro, que nos espera.

1.     El compromiso supone el don de sí,  sin esperar nada.  El termómetro de cómo es nuestra entrega lo tenemos en las expectativas que tenemos en conseguir o conquistar algo.  El que se compromete es porque se quiere dar por entero y por tanto ya no quiere nada para sí. Buscamos frutos pero para el bien de los otros y así como por vasos  comunicantes, siempre todo lo bueno que hacemos repercute sobre nosotros mismos. El bien refluye, vuelve, cuando nos damos desinteresadamente.

Al hacer algo, en el caso de que busquemos un beneficio personal como fin principal, nos estamos moviendo en otra dimensión diferente de la del compromiso. Seguro que en algún momento tenemos que evaluar  cuánto vamos a ganar o cómo vamos a administrar nuestro tiempo, pues vivimos en una sociedad organizada que nos exige recursos para poder movernos y subsistir.  Pero esto no está reñido con la dimensión interior del compromiso. Necesitamos conjugar las dos perspectivas, sin olvidar que nuestro corazón necesita comprometerse plenamente para poder realizarnos como personas y ser felices.

Es posible que podamos descubrir nuestra vocación de servicio y a la vez realicemos una tarea o una profesión redituable. Pero en este caso siempre debe quedar supeditado el interés material, a las personas a las que servimos. 

2.      Necesitamos ser felices para que el compromiso sea auténtico. Para poder encender la esperanza en los otros y ayudarlos a lanzarse a la conquista de un ideal, necesitan ver que en nuestra entrega ya hemos logrado la meta que proponemos o estamos en camino confiadamente.   Esto lo pueden percibir,  porque ven que ya sólo nos interesamos por lo esencial y hemos aprendido a desprendernos de lo accesorio.  Este despojarse de lo superfluo, es un aspecto importante, para poder medir la capacidad que tenemos de darnos, sin guardar nada para nosotros. Pues lo que nos reservamos, finalmente nos empobrece la entrega y nos hace difícil la alegría.

Pero a su vez, la felicidad nos habla de que somos personas realizadas y abiertas al bien de los otros. El gozo que sentimos nos habla de una sobreabundancia, que podemos dar a los demás. La alegría que vivimos es un indicador de que podemos dar a todo un sentido; aún en las dificultades, si vivimos un talante alegre, ya nos predisponemos positivamente para esperar y encontrar la solución.

3.     Sólo nos podemos comprometer con las personas, que son las únicas que pueden acoger el don que hacemos de nosotros mismos. Con las cosas nos relaciones en forma superficial o externa, pues no hay una interacción por falta de respuesta acorde a nuestro corazón. Lo mismo nos pasa con los animales, tampoco pueden dar la respuesta adecuada a la necesidad  que tenemos todos de comprometernos. Aunque cuidar bien un jardín o estar atentos al cuidado de algún animal, nos puede predisponer   y formar la voluntad para establecer lazos duraderos don las personas.

Son los otros, quienes pueden interpretar los sentimientos de nuestro corazón y a su vez corresponder con la música del afecto, que hace sentir a nuestro corazón que está en sintonía, que está bien. Esto es lo que posibilita la capacidad del encuentro y nos ayuda a salir de la soledad. En el encuentro comprometido, el corazón activa las zonas más íntimas, para ordenarlas y desarrollarlas. Es el otro quien despierta lo más personal, para que crezca y podamos desarrollar todas las dimensiones humanas. A su vez, somos nosotros los que ayudamos a salir del letargo interior a quienes no se han planteado el crecimiento ilimitado de su afectividad, para ser plenamente personas realizadas.

4.     El compromiso nos habla de una confianza básica en nosotros mismos. Existen personas que creen en sí mismas y se aceptan tal como son. Los que no se conocen viven en la sombras y por tanto no pueden descubrir la luz que hay afuera. Cuando existe un miedo y desconfianza en las posibilidades personales, es muy difícil  que podamos comprometernos con los demás, pues buscaremos afanosamente asegurarnos el porvenir personal.

La confianza en uno mismo, no significa autosuficiencia o engreimiento. Es un indicador de una integración de las dimensiones personales, donde también se perciben limitaciones, pero con la alegría de sabernos amados y agradecidos con Dios que está en nuestra historia personal y nos ha elegido así.

Quien confía, no tiene miedo de dar todo lo que tiene, pues  vive en la certeza de que es la única forma de ser fecundo. La confianza nos hace descubrir en las limitaciones personales, la posibilidad de crecimiento y aceptación de los otros.

Quienes no confían se cierran sobre sí mismos, no se comprometen y se les hace imposible cualquier intercambio enriquecedor, así queda atrofiada la dimensión social y fraterna.

5.     El encuentro comprometido se realiza en el respeto y la valoración de la intimidad del otro. El compromiso siempre respeta la libertad del otro. Nuestro deseo de ayudar o darnos a los demás, tiene el límite exterior y es que  nos acojan o reciban.  Interiormente no hay límite para comprometernos, pues siempre podemos vivir con mayor ardor nuestra entrega, sin dejarnos desanimar por nada. Pero cuando vamos hacia los otros  no debemos imponernos arbitrariamente; pues puede ser una necesidad personal el hacer cosas por los demás. Pero es posible que los otros todavía no quieren acoger o recibir nada,  para  no tener la necesidad de corresponder y complicarse la existencia. La libertad es sagrada. Nosotros tenemos que estar dispuestos a buscar el bien siempre y a empezar a servir cada vez que lo necesiten, pero respetando su cultura, su proyecto de vida, su forma de ser, sus sentimientos y su historia.

Otra cosa muy distinta es cuando nos  piden ayuda y acompañamiento y proponemos algunos cambios, que en realidad ellos mismos están buscando. Esto  a su vez dependerá del grupo social al que está orientada nuestra tarea. Si son niños, buscaremos su bien más absoluto, independientemente de que lo pidan, pues todavía no tienen el juicio para discernir y solicitarlo. Así los padres y los educadores, ayudan a los niños y jóvenes hasta que ellos puede decidir por sí mismo y después los seguimos acompañado, pero siempre con su aprobación o pedido.

En todos los casos se respeta la intimidad de las personas con las que nos comprometemos. Evitamos todo aquello que atente a su dignidad de persona y el espacio  donde resuena la voz de Dios, el corazón.

6.     El tiempo es un indicador del compromiso que vivo para con los otros. A nivel externo no se puede medir el compromiso. Pero el tiempo que dedicamos a alguien nos da una idea de las obligaciones que asumimos con determinadas personas, siempre y cuando no se haya producido una fijación afectiva, que en realidad deforma el compromiso.  

Las formas de dedicar nuestro tiempo a los demás pueden ser muy variada, pero siempre nos hablan de una implicación personal en forma directa e indirecta. Cuando estamos presentes en la vida de los demás es porque los valoramos. Con nuestros pensamientos, sentimientos u otros detalles nos acercamos a quien queremos, aunque estemos lejos físicamente.

Pero la acción directa, elegida y su prolongación en el tiempo  nos hablan de un compromiso firme. El aprender a supeditar nuestro tiempo a las necesidades de los demás con alegría, nos habla de una entrega y generosidad, donde se implica el corazón.

7.     Pero el compromiso, en su dimensión del tiempo, lo podemos medir  con respecto a nosotros. El compromiso es imprescindible en la formación personal, para el cuidado de nuestra salud física, psíquica y espiritual. El cuidado y la atención a nuestro corazón, expresa la capacidad de asumir compromisos con los demás. El tiempo para el cultivo de lo personal, nos habla de un cuidado, que nos dispone para el compromiso con los otros.

Quienes no se dedican tiempo a sí mismos, tienen muy pocas posibilidades de darse. Y cuando aparentan comprometerse con los otros, en realidad están reclamando compensaciones, que por falta de conocimiento personal,  no pueden reconocer. Es así que pueden realizan las obras más faraónicas, pero lo están haciendo en función de sí mismos.

8.     Para poder darnos necesitamos reconocer lo que hemos recibido. Todo lo que tenemos es dado gratuitamente. Hemos acogido el don de  la vida y todo lo demás. Si nos sabemos bendecidos de esa forma, podremos darnos a los otros. Nuestra vida se realiza siendo don para los demás. En otro momento otros han sido regalo para nosotros. Dios en forma permanente se está volcando para llenarnos de sus dones.

Cuando sentimos que estamos en déficit afectivo, es porque no nos sentimos amados y tampoco podremos amar. El compromiso con los otros se puede asumir si sentimos que estamos recibiendo un caudal continuo de gracias.  Es así, pero precisamos vivenciarlo cada uno. No es un concepto racional, se tiene que experimentar con la paz más profunda del corazón.

Necesitamos volver a los primeros años de nuestra vida para sentir que somos amados desde siempre, con un amor único, personal. Nuestra vida no es comparable con la de nadie, pues Dios nos ha pensado para ser felices y de una forma diferente a la de los demás, aunque en relación con los otros. Lo que podemos dar, sólo lo tenemos nosotros. Nadie lo puede hacer igual.

En forma permanente necesitamos vivir en un clima de agradecimiento  y así de alguna forma vamos soltando la alegría interior de sentirnos amados y nos disponemos para el encuentro con los otros, que podremos verlos como un regalo en nuestra vida, pues nos permiten expresar el don de nosotros mismos.

Quien vive despotricando contra los otros tampoco se puede comprometer con ellos. Aunque sea eficiente en su trabajo, lo realiza para sí, no para ayudar a los demás. La vocación más profunda es la alabanza y el agradecimiento por todo lo que somos y lo que nos rodea y sobre todo nos estamos refiriendo a las personas.

9.     Para darnos tenemos que integrar los deseos del corazón. Los afectos, si no están ordenados, pueden convertirse en el mayor impedimento para darnos. Pues hay una puja entre lo que quiero para mí y lo que necesitan los demás, cuando en realidad no se deberían excluir.

Reconocer los afectos o sentimientos que nos cierran sobre nosotros mismos, nos alertan sobre el peligro del narcisismo. Cuando el bien que vemos es bueno para nosotros, lo intentamos llevar y hacer realidad en el prójimo, entonces podemos decir que hemos revertido la dificultad, lo que era un problema, se ha convertido en solución.

El posponer nuestros deseos en función de los demás, nos libera del capricho del momento y del subjetivismo. El ver al otro nos permite ampliar la mirada para poder comprender en profundidad de dónde proceden  nuestros deseos y saber purificarlos.

10.  Sólo nos integramos y consolidamos cuando podemos expresar y dar comprometidamente lo que  hemos logrado.  El hecho de darnos es lo que nos garantiza que hemos integrado las dimensiones personales.  Si guardamos lo conseguido como algo personal, ya lo estamos perdiendo. En la medida que lo ponemos al servicio de los demás lo podemos acrecentar y hacer más propio. Todo lo que tenemos como conquista personal necesitamos descubrirlo como  don, aunque seamos nosotros los que hayamos dedicado el esfuerzo y el tiempo. Pero en definitiva la voluntad, la capacidad intelectual y el tiempo es algo que se nos da para que lo administremos. Por tanto, si es recibido es para hacerlo ofrenda a los demás y de alguna forma perpetuarlo en los otros; se multiplica.

Es así que pasamos de la circularidad, salimos de la soledad y la tristeza. Recibimos porque otros se han comprometido con nosotros y nos damos porque nos comprometemos para que otros sigan siendo ellos.

Cuando nos cansemos de dar comprometidamente, necesitamos preguntarnos si antes no hemos dejado de ver lo que hemos recibido y por tanto hemos dejado de ser agradecidos.

Hay una necesidad de vivir el encuentro personal con nosotros mismos, para poder darnos comprometidamente sin cansarnos. La aceptación personal, la sanación de las heridas y de la historia, es un camino que es posible y necesario recorrer, para poder percibir la plenitud de sentido de nuestra vida. Cada gesto que realizamos es expresión de lo que vivimos en nuestro interior. Por eso necesitamos vivir con espíritu de magnanimidad, de agradecimiento y generosidad. Todo nos dispone para reconocernos amados y con la posibilidad de ser felices en la entrega desinteresada.

 

Hno. Javier Lázaro

 

                                                                            

 

prin1.gif (3108 bytes)