“El Compromiso se vive vinculándose y obligándose con el otro
 

Septiembre 2013


Nos realizamos en le medida que nos sumergimos en la realidad con la que nos hemos comprometido. Si nos evadimos o miramos para otra parte, nos perdemos el gozo que fluye de la entrega abnegada. Frente a las dificultades o al desaliento existencial, nos puede venir la tentación de pensar que no vale la pena y buscar otras alternativas que no nos exijan tanto esfuerzo. Pero esta forma de pensar o sentir, sólo es un engaño que debemos desenmascarar, para volver a elegir lo que nos insta a lo máximo, de acuerdo a nuestras posibilidades.

El cansancio, la desmotivación y la diversificación de metas, son estados que nos inclinan a creer que estamos rebalsados y que no podemos seguir adelante en el proyecto común. Esto es así, porque contamos sólo con las posibilidades personales. La falta de comunión con el otro (Dios u otra persona), nos lleva a sentir la soledad y a dejar de acoger los dones que él nos quiere comunicar.

El compromiso definitivo es posible cuando contando con la fuerza que el otro nos transmite y que a su vez recibe de nosotros, llevándonos a la plenitud. El amor de entrega siempre tiene una nueva motivación, que nos pide superación, y a la que podemos responder, animados por la fuerza de quien nos ama, pues descubre en nuestro corazón más capacidad para amar.

Es por esto que la relación de compromiso, se debe recrear en forma incesante, para hacerla nueva y renovada. Pero necesitamos un trabajo asiduo en el conocimiento y aceptación personal, donde tengamos en cuenta al otro, para orientar adecuadamente la entrega. Por eso el compromiso es un caminar siempre en la esperanza confiada, teniendo en cuenta que:

1.     Necesitamos volver al origen de las motivaciones que nos llevaron al compromiso. Es preciso revivir las primeras experiencias, las que nos ilusionaron, para madurarlas y actualizarlas. Hoy seguramente tenemos nuevas razones que refuerzan la primera decisión, sabemos cuáles son los puntos débiles que debemos fortalecer. A cada paso se precisa profundizar los cimientos que nos sustentan y eliminar aquello que no nos deja ver lo esencial. Como las plantas, necesitamos crecer en profundidad y hacia arriba, para dar siempre nuevos frutos. Las raíces del compromiso, lejos de achicarse, se alargan buscando siempre nuevas fuentes de nutrientes. No se pueden quedar en la superficie reseca y árida, de lo de siempre. Con la savia todo se hace nuevo, aunque sean tiempos de otoño; pues sólo con la confianza de florecer, con nuevo ímpetu, dejamos lo caduco.

2.     La determinación en la entrega personal obliga al otro a poner lo mejor de sí para caminar juntos. En la medida que nos damos, estamos “obligando” al otro a que saque lo más sublime de sí mismo. Si le ayudamos a vivir la experiencia de saberse amado, le estamos comunicando las posibilidades que tiene de darse y de amar.

El compromiso no se puede mover en el plano del trueque. Sólo se sostiene en la gratuidad, donde nos damos sin cesar, provocando la generosidad ilimitada en la persona que acoge nuestro don.

Nos entregamos sin esperar nada, porque sabemos las posibilidades infinitas que tienen la persona que nos acoge y ese es nuestro gozo; esto independientemente de su capacidad de corresponder materialmente.

La persona que recibe un don, es de por sí una fuente ilimitada de ayuda para el que lo da. Prepara un nuevo espacio para recibir algo más y genera así una corriente inagotable en quien paulatinamente va descubriendo todas las cualidades y posibilidades que tiene para darse. De este modo puede actualizar continuamente sus talentos, porque hay alguien que sigue siempre esperando a la persona. 

3.     El compromiso requiere acoger todo lo bueno que nos puedan dar. Corolario del punto anterior, es necesario que alguien reciba a quien quiere darse. Cuando no encontramos acogida de nuestra entrega, sentimos que no tiene sentido y perdimos la capacidad de seguir dando. La madre alimenta al hijo que amamanta, porque el niño succiona y va sorbiendo la leche que recibe. Así, la madre entrega de una forma activa el alimento y el niño aunque parece que lo acoge en forma pasiva, lo va transformando en creciendo. En definitiva es el niño quien va marcando los ritmos de la madre, que en forma progresiva tendrá que buscar otras formas de entregarse a su hijo, según cada una de las etapas de la vida. Este ejemplo lo podemos llevar a cualquier otro tipo de relación de compromiso definitivo. Nunca se acaba la capacidad de amar cuando hay alguien que tiene necesidad de sentirse amado. Necesitaremos creatividad para responder adecuadamente a las demandas de las personas que en algún momento nos ha elegido para que nos realicemos. 

4.     El compromiso impone la necesidad de estar atentos a lo que los otros pueden dar y acoger. Interesarnos por los demás es una necesidad imperiosa para sostener el compromiso. Las demandas cambian en forma permanente y la capacidad de darnos siempre es diferente. Aprender a leer en los ojos lo que está pasando en quien nos necesita, prepara nuestro corazón para la generosidad. Disponernos sinceramente y con alegría a percibir lo que nos quieren pedir, hace que ayudemos a que se sientan valiosos y crezcamos en el deseo de ayudar. Así se hacen necesarias: la escucha atenta, el silencio acogedor, las valoraciones positivas, las miradas cómplices, las palabras oportunas, los gestos cariñosos, las preguntas simples, la corrección fraterna, el perdón sincero, el detalle a tiempo, la sonrisa alentadora, la disculpa rápida, etc. El descentrarnos de nosotros mismos, nos hace fecundos, ya que nos permite dar vida a los otros. Es una forma de que nuestra vida se prolongue y se ensanche en los demás.

5.     Toda relación interpersonal de amistad supone un conocimiento profundo de uno mismo y del otro. Se dan a conocer, para aceptarse tal como son, con las virtudes y debilidades. Pues sólo cuando tenemos un conocimiento suficiente de nosotros mismos y nos aceptamos, podemos comprometernos con los demás. Se necesita madurez psicológica y espiritual. Un amor sin conocimiento personal se califica de un falso ideal, de un espejismo; pues pronto se agota y es simplemente un sentimiento del momento. La madurez nos lleva a no tener miedo a mostrarnos tal como somos, a aceptarnos y a confiarnos a quien quiere comprometerse en un proyecto común.

Conocer las posibilidades de cada uno, ayuda a partir de la realidad, a poner las bases que se necesitan, a buscar ayuda para superar las posibles falencias. La apertura y la comunicación de las debilidades a quien sabemos que nos ama, nos ayuda a aceptarlas y superarlas. Cuando distorsionamos nuestra identidad, camuflando lo que somos, en realidad no nos queremos y por tanto tampoco nos pueden ayudar.

Del mismo modo el poner al servicio del otro nuestras cualidades, hace que se afiancen las virtudes y nos abrimos a seguir creciendo.

6.     El compromiso se realiza en la sumatoria constante de los pequeños detalles de cada momento, que llevan a la confirmación del otro. No necesitamos proyectar grandes acontecimientos, ni organizar suntuosos eventos de celebración. El compromiso no se puede celebrar en ningún aniversario, si antes no se vive cada paso que se da. Esto supone buscar incansablemente el bien, aprender a compartir y buscar la opinión del otro para discernir lo que convenga y no simplemente lo que nos agrada en forma individual. Requiere la capacidad de comunicarse los sentimientos y las ideas personales.

No podemos perder la oportunidad de darnos en lo simple, sin vueltas, ni rodeos, en lo concreto. Es una práctica que nos libera del capricho; nos hace humildes, haciendo depender nuestra vida de un bien objetivo, que nos ayuda a lograr el bien para el otro.

El hecho de no contar con los demás para seguir caminando, nos habla de autoritarismo y de cierto grado de orgullo que nos impide compartir y crecer en el compromiso. Las comunicaciones cotidianas nos dan un indicador del nivel de comunión y de aceptación mutua.

7.     El compromiso siempre es respuesta personal ante la llamada de Dios. Por tanto es algo que nos libera y aporta nueva fuerza. El compromiso no lo podemos ver como una carga o un trabajo. Es una vocación, una respuesta de lo más íntimo del corazón, que nos realiza y nos empuja.

La llamada al compromiso, aunque sea con una persona, es en definitiva con Dios, que se hace presente para fortalecer el vínculo y nos da su ayuda. Esta referencia al ser Absoluto nos da la perspectiva de la perseverancia firme, frente a los cambios que siempre se darán en las personas que se comprometen.

En nuestra cultura que vive de lo descartable y efímero, se ha impuesto la idea de que nada es absoluto, se ha extendido el pensamiento nihilista, que como nos dice Juan Pablo II: “En la interpretación nihilista la existencia es sólo una oportunidad para sensaciones y experiencias en las que tiene la primacía lo efímero. El nihilismo está en el origen de la difundida mentalidad según la cual no se debe asumir ningún compromiso definitivo, ya que todo es fugaz y provisional” (Fides et Ratio n°46).

Quienes se comprometen necesitan seguir y profundizar las convicciones más profundas, las que no cambian, para sostener su alianza definitiva. No se puede sostener un vínculo que se sustenta en lo inconstante e inconsistente.

8.     El compromiso se profundiza cuando se eliminan los prejuicios. Errores tenemos todos, pero necesitamos dar nuevas oportunidades siempre. Para ello hay que tener el deseo y la voluntad de perdonar lo negativo (y en lo posible olvidar) lo que haya ocurrido, para que no nos condicione en el presente ni en el futuro.

Siempre se puede caminar hacia la superación, pues las personas se van proponiendo metas de mejora que paulatinamente van alcanzando. Es bueno que  hagamos notar lo que hemos logrado. Es preciso educar la mirada para descubrir y valorar los avances, aunque sea en pequeños detalles. Algunos recuerdos sólo pueden quedar como anécdotas para reírnos juntos; no pueden ser elementos para reavivar los resentimientos.

Cuando nos comprometemos nacemos de nuevo,  es como que vemos una nueva luz. Las personas somos las mismas, pero con un proyecto diferente. De uno hacia al otro, hay que alentar lo que nos ayuda a caminar juntos.

El compromiso nos tiene que conducir a la felicidad, por tanto, una de las tareas es ayudar a aprender al otro a gozarse del bien que va alcanzando; en este quehacer  nos convertimos en exploradores de la verdad y la belleza, de todo lo que nos rodea. Es así como pasamos de la mala costumbre de ver el vaso medio vacío a verlo casi lleno.

9.     El compromiso verdadero supone la voluntad firme de sumergirnos desde adentro en el proyecto común. Lo que está destinado a plenificarnos en totalidad, tiene que abarcar todas las dimensiones personales, en todo tiempo y lugar, lo externo y lo profundo. Si retaceamos la entrega del corazón, ya dejamos de percibir el sentido y el compromiso se debilita.

El compromiso implica la parte más íntima de cada uno, lo que nos da unidad, lo que en definitiva da vida a todo lo que hacemos y vivimos.

En un mundo que nos ofrece tanta diversificación de distracciones, como pueden ser los medios de comunicación, se hace valioso el tiempo personal de silencio y de oración para reconocer quiénes somos, a dónde estamos y hacia dónde vamos.

Necesitamos juntos redoblar el esfuerzo de comunicarnos la potencia innata que brota desde adentro de cada uno. La cohesión del compromiso es muy superior a la suma de las fuerzas individuales.

10. El compromiso de entrega hacia los otros nos potencia la libertad. Sólo cuando encauzamos todas nuestras fuerzas, comenzamos a crecer en libertad, pues nos orientamos hacia la verdad de quien amamos y nos necesita. Quien parece que nos ata, en realidad nos abre las potencialidades para darnos, haciendo que todo cobre sentido, sin importar lo que se haga,  siempre y cuando sea en bien del otro.

Cuando parece que nos limitamos en las posibilidades de acción, en realidad nos abrimos hacia el infinito.  El otro, nos ayuda a dar el salto en el vacío, para alcanzar la libertad de darnos a nosotros mismos. El misterio del otro (Dios u otra persona), nos acoge con nuestras limitaciones, nos permite ser y vivir en él, creciendo exponencialmente en todas sus posibilidades.

Hno. Javier Lázaro

 

                                                                            

 

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