El compromiso, única forma de vivir la verdad
 

Agosto 2013


La persona para realizarse plenamente necesita entrar en comunicación con los demás, pero de una forma profunda y estable. Necesitamos sentirnos acompañados y complementados en nuestras capacidades, sin caer en una simple funcionalidad, que nos conduciría a la utilización o manipulación.
Para entrar en comunión, que es muy diferente de la transmisión de datos o información, se precisa que compartamos los sentimientos y las convicciones que dan sentido a la vida; es esto lo que nos permite tener proyectos de vida comunes con los otros.  El compromiso, entendido como la misión que asumimos en favor de los demás, sólo se puede asumir cuando descubrimos, en el proceso de la comunión, el valor infinito de la persona y las posibilidades que le podemos ofrecer, en forma desinteresada, para ayudarla a ser feliz.
La capacidad de darse, está complementada por la de acoger lo que me quieren entregar. Quienes se dan y acogen, viven en un intercambio de bienes espirituales, que reúnen la misma calidad. Tienen en común la verdad que se encamina al bien. “Amor con amor se paga”. En este sentido, vamos a detenernos a señalar algunas cualidades que las personas tenemos que desarrollar para poder comprometernos, poniendo el énfasis en las convicciones que vivimos: 

1.      El compromiso es posible cuando las personas implicadas tenemos una meta común, ayudarnos. Por eso es importante, compartir la misma verdad (con el mismo concepto) y el empeño en la realización del bien. No es suficiente: tener la misma edad, ser de la misma clase social, estar algunos tiempos juntos, compartir algunos gustos, no sentirse contrariado  en las conversaciones, etc. Lo que nos conduce y sostiene en el compromiso es: el trabajar juntos, con las mismas convicciones, aunque se puedan expresar  en cada uno con matices  diferentes. El compromiso es ya una decisión de profundizar estos valores afectivos y de vida, en forma permanente.

2.      Las convicciones, a medida que pasa el tiempo se solidifican, se fortalecen y enriquecen más el compromiso; aunque se puedan dar cambios exteriores (como pueden ser los producidos por el paso el tiempo, la tarea que desempeñamos o el lugar en que nos encontramos). Necesitamos descubrir la verdad, para vivirla y poder compartirla con quienes tienen el mismo ideal y juntos profundizar el compromiso. Este proceso se da en forma simultáneamente: el modo de vivir cada día, me ayuda a descubrir la verdad y a las personas que ya la buscan o ya la han elegido. El compromiso no lo podemos dejar al vaivén de los sentimientos, del estatus, del dinero que tenemos o del estado físico en que nos vemos.  El compromiso tiene sentido ahora, por la proyección de perpetuidad que tiene en el futuro, fruto de la verdad que asumimos. En la medida que proyectamos relaciones interpersonales con un viso de provisionalidad, ya depreciamos todo lo que hacemos.

3.      El compromiso forma parte de la identidad de la persona, por tanto no se debe cambiar. En el momento que abandonamos el compromiso, por una mayor sensación de comodidad o simplemente porque nos exige actualizar el esfuerzo, nos sentiremos desorientados (además las personas implicadas no entenderán él por qué no puede expresar su entrega y recibir la atención merecida). La palabra dada en el compromiso asumido, necesitamos mantenerla contra viento y marea, pues bajo la apariencia de estilo más fácil o vida más placentera, está escondida la mentira, donde la misma persona se traiciona en su ser más genuino, que es la capacidad de darse sin medida. En las alianzas personales siempre tenemos que poner todo el capital personal, al servicio del otro. Si nos diversificamos, no sabremos quiénes somos, pues no recibimos el reflejo, la réplica, de la persona que nos ama, ya que hemos orientado nuestra mirada en otra dirección. 

4.      Poner en común las convicciones supone el esfuerzo de comprometerse en su crecimiento. Aunque la verdad es una, la tenemos que hacer crecer en cada uno de nosotros. Necesitamos una actualización permanente a las circunstancias que nos toca vivir. Esto requiere elegir la verdad, para sentirla como propia en todo momento; todo lo contrario de cuando vivimos la verdad como impuesta desde afuera o llevados por la rutina, pero habiendo perdido los fundamentos del por qué hacemos las cosas. La verdad crece cuando cada día buscamos motivaciones nuevas y expresiones de cómo vivir más auténticamente. Si no podemos expresar nuestra alegría por nuestra forma de pensar y vivir, en cierto modo ya hemos claudicado. El testimonio positivo que damos de la entrega sincera en el compromiso, fortalece las convicciones personales y nos permite descubrir otras dimensiones que nos hacen fecundos.

5.      La verdad que lleva al compromiso se fortalece en la entrega misma y en la aceptación de nosotros mismos. La verdad  no se gasta, no se agota, no se cansa, porque es una expresión del amor, entendido como búsqueda del bien del otro.  El compromiso de cada día  rejuvenece la verdad y a las personas a las que se quiere. Para superar la posible anemia en la vivencia de la verdad, necesitamos: vernos a nosotros mismos en nuestro crecimiento a lo largo de la historia personal,  admirar otros ejemplos de vida que se han realizado en su fidelidad, sentir que todo lo que hemos hecho hasta ahora ha sido gracias a la fuerza que nos ha infundido la verdad que es  Dios mismo, que nos la seguirá dando siempre y cuando estemos dispuestos a vivir en autenticidad.  Para tener esta seguridad necesitamos hacer la síntesis entre lo que hacemos y sentimos, entre lo que conocemos y comunicamos en nuestra actividad. El tiempo de silencio, es el espacio necesario para hacer este proceso de crecimiento y dar densidad a la propia vida, sin dejarse llevar por la pura espontaneidad o el gusto del momento.

6.      Las convicciones se fortalecen en la medida que se comparte la búsqueda de la  verdad. Necesitamos la mirada de los demás, para que nos den su perspectiva y juntos podamos llegar a tener una visión de conjunto (sin caer en el relativismo). El encerrarse sobre sí mismo, es vivir en el propio subjetivismo y condenarse al fracaso personal. Poner en palabras los pensamientos y comunicarlos, nos permite confrontarlos y acoger la luz que los otros tienen. No se trata de vencer a nadie o dejarse llevar por la opinión de los otros. Es vivir en una actitud de apertura que nos permita llegar a  comprometernos con la verdad de las personas, que está orientada a su felicidad y a la nuestra.  Pero también el silencio, cuando hay que hablar o el exceso de palabras, son formas de ocultar y tapar la verdad, por el miedo a que nos veamos descubiertos en nuestra caducidad y vacío personal.

7.      El compromiso y la verdad que lo sostiene, necesitan la unidad de la persona. No podemos vivir partidos, haciendo una cosa y pensando otra, proclamando algo frente a los demás y la vez imaginando en nuestro interior una segunda realidad, manifestando unos sentimientos como auténticos y queriendo entrar en otros opuestos.  Vivir la unidad interior es fundamental para trabajar en favor del compromiso entre las personas. Cuando abiertamente vivimos la división estamos traicionando el camino de la felicidad personal y estafando a quien hemos prometido fidelidad. La sociedad de consumo y hedonista, nos puede proponer muchas cosas, pero la firmeza de las convicciones nos tiene que mantener firme en el camino elegido, sin distracciones, no dando acceso a la duda, por las promesas fáciles y pero vacías que se nos hacen. 

8.      La experiencia del compromiso nos certifica la verdad elegida y suscita el gozo interior. El error en algunas oportunidades es que primero queremos sentir el gozo y después comprometernos viviendo la verdad. Pero no podemos recoger el fruto antes de plantar el árbol. Siempre, desde que se empieza, en cierta medida ya se goza, por la esperanza de llegar a contemplar la plenitud; pero también es cierto que en el camino ya se ven frutos, que siempre hay que agradecer y entender que son anuncio de otros que están por llegar. Los frutos son un regalo, no nos los podemos pensar como propios en exclusividad. Son consecuencia de una concatenación de factores de las personas implicadas y que dependiendo de la generosidad de cada una puede usufructuar con más o menos éxito.

9.      El compromiso requiere el olvido de sí mismo, para descubrir lo valioso del otro. Si queremos tener las manos cerradas con lo propio, no podemos acoger el don que nos quieren regalar. El compromiso supone un encuentro donde las realidades de las personas se entreveran para dar a luz a una nueva. Pero se necesita perderse, para luego encontrarse renovado, renacido en el otro. El egoísmo nos puede hacer ciegos para experimentar esta realidad. Es la  generosidad la que potencia la capacidad de crecimiento personal y comunitario. La medida que debemos entregar, es todo. Con aquello que nos quedamos se convierte en esterilidad y tristeza. Lo que recibimos tampoco lo podemos calcular, pues no se detiene con el tiempo, si nuestra entrega es continua. En este dar y recibir no nos cansemos, aunque parezca que no hay una correspondencia, pues la fuerza del amor siempre hace posible generar vida, donde aparentemente no existe.

10.  La verdad del compromiso no queda anulada por las caídas en las que deseamos levantarnos y caminar con mayor firmeza. En nosotros vamos a  ver situaciones contarías a los  propósitos que hemos formulado. Si tenemos humildad, servirán para conocernos y aceptar con más comprensión y caridad a los demás. No debemos desanimarnos nunca cuando tenemos la voluntad de trabajar en la misma dirección y ponemos los medios para conseguirlo paulatinamente. Es parte de la verdad del compromiso: vivir con realismo y asumiendo los errores que se cometen al tomar algunos atajos, que no nos dejan vivir la comunión y la unidad.

 

Hno. Javier Lázaro

 

                                                                            

 

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