"El espíritu fraterno permite progresar a la sociedad"
Mayo 2017

 

Estamos maravillados de los avances tecnológicos y quedamos descolocados frente a la sanción de leyes que aparentan futuristas (pues no tienen un antecedente en la humanidad); todo pareciera que tendría que contribuir a la mejora del medio en que vivimos. Pero la realidad es que hay más personas solas y que no encuentran la palabra sincera de otro ser humano. Se reglamentan muchas situaciones en la sociedad, pero sólo consiguen deshumanizarnos más. Sólo es la caridad entre las personas lo que ayuda eficientemente al progreso social. La experiencia de la fraternidad hace que todos nos sintamos solidarios y cercanos a los demás. La fraternidad es un don del Espíritu, que Jesús nos regala para que vivamos en su amistad y contribuyamos a la mejora de la sociedad. Somos parte el proyecto de Cristo; Él nos ha elegido para que seamos un instrumento de ayuda a los niños y jóvenes que nos encomienda, según la tarea que nos ha dado. El mundo necesita que vivamos la fraternidad en la comunidad educativa y la extendamos a los otros, porque “todos ustedes son hermanos” (Mt 20, 8). La confirmación de la vocación, para que seamos hermanos entre nosotros, se ha convertido en un mandato, que nos da identidad.

Hemos sido convocados, llamados, para ser el signo más elocuente en la forma nueva de vivir. La relación fraternal forma parte del modo de ser de Cristo. Él está en medio de nosotros, nos conduce como Buen Pastor y nos manda al Espíritu Santo para que sea el artífice de la unidad en la comunidad, en el corazón de cada uno y en la familia. En los gestos y actitudes según Dios, se hace presente al Espíritu Santo, que tiene la misión santificarnos y hacernos buenos. Así lo llevó hasta su plenitud en María, dándonos a Jesús.

Acoger y desear la presencia del Espíritu Santo en nuestro corazón nos dispone para acoger sus dones y dejar que nos transforme interiormente. Podemos recordar algunas acciones del Espíritu que obra en nosotros:

1. El Espíritu busca que seamos familia o comunidad. En nosotros mismos y en la comunidad percibimos la presencia del Espíritu siempre que buscamos la verdad, el bien y la belleza, o vivimos en la caridad. Más que signos espectaculares necesitamos aprender a asombrarnos por las cosas simples que nos rodean, de la naturaleza y del hermano que está a nuestro lado. Tenemos el carácter gregario, la necesidad de estar con los otros. La persona quiere vivir de una forma particular. No nos amontonarnos como las cosas o las manadas de animales. La forma propia del ser humano es la fraternidad, sentir que el otro es parte de mi persona, aunque cada uno con su identidad y libertad propias. La identidad nos permite estar y colaborar con los otros, sin dejar de ser nosotros mismos. Por el contrario la inmadurez nos impide vivir con los otros de una manera simétrica, pues corremos el riesgo de mimetizarnos, confundirnos, manipular o quedar degradados. Cuando sabemos quiénes somos, podemos también vivir con los demás, para acogerlos y enriquecerlos sin dejar de ser nosotros mismos. Es la libertad la que profundiza la identidad, con las elecciones que hacemos en forma continua y que son reforzamiento de la vocación que sentimos para ayudar a quien nos necesita. Las elecciones nos enriquecen cuando hacemos presentes a los demás y nos ayudan a salir del egoísmo personal. Es la conciencia de tener una identidad lo que nos ayuda a vivir la libertad con coherencia.

2. El Espíritu Santo nos da la Unidad. El Espíritu, el amor une al Padre y al Hijo en un “Nosotros” eterno. Une el tiempo presente y la eternidad. Une la misión universal y la conciencia de que somos hijos. Después de la ascensión es el Espíritu el que reúne, el que constituye a los discípulos en comunidad, el que llega a hacer que Dios sea “todo en todos” y en cada uno. Hace realidad el deseo de Jesús: “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea” (Jn 17, 21). Es el Espíritu el que nos congrega como hermanos y nos hace experimentar la unidad. En el Bautismo nos ha dado la vocación y ha infundido en nuestros corazones el deseo de vivir la fraternidad en la diversidad de personas. Es un don y una tarea de cada día, pero es una riqueza del Espíritu vivir la unidad, dentro de la libertad. Nuestra comunidad educativa o grupo, unida por el Espíritu, es el signo de la Trinidad en el mundo. Todos somos diferentes y existimos en función de los otros, así como es Padre por el Hijo y es Hijo por el Padre. Nosotros nos sentimos llamados a vivir la unidad y consumar el mandamiento del amor que nos dejó Jesús y que nos hace hermanos. La unidad en educación es un signo de paz. Quienes se educan necesita perciben que los distintos actores que los acompañan, quieren todos lo mismo y captan la complementariedad entre ellos. En la medida en que estamos divididos en las formas y en los criterios, producimos la desmotivación, desdibujamos los fines que nos proponemos. La dignidad de la persona, ya nos señala hacia dónde necesitamos caminar. No podemos ir en sentido contrario. Los criterios para educar los podemos leer, reflexionando lo que sentimos en nuestro corazón.

3. El Espíritu “inhabita” en nuestros corazones. Cristo ha soplado su Espíritu sobre nosotros y nos ha hecho sus hermanos. El Espíritu quiere “espirar” a través de nosotros, quiere anidar en los corazones. Nos regala los suspiros inefables que nos hacen sentir hijos del Padre: “Poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la plena filiación adoptiva” (Rom 8, 23). Es preciso que el Espíritu se adueñe del corazón y nos transforme interiormente. Ahora ya distinguimos los sentimientos que proceden de la mentira y los afectos que proceden del Espíritu, que nos hacen sentir hijos del Padre. Hemos nacido de nuevo, nos ha dado un oído atento para escuchar su Palabra y nos conduce hacia el tesoro infinito de la fraternidad. El Espíritu habita en nuestra comunidad y nos ayuda a acoger al hermano. Sentimos su presencia en la oración compartida, en la ayuda gratuita, en el olvido de las ofensas, en la valoración del otro como hijo amado del Padre. La comunidad está unida en la medida que vive del Espíritu que Dios nos regala, que nos lleva más allá de los razonamientos y deliberaciones comunes. Somos imagen de Dios. Tenemos la capacidad e reflexionar y sentir a la manera del Padre, que piensa en todos y ama a los más pequeños o necesitados. Aún en medio de las deliberaciones, que parecen exclusivamente nuestras, siempre el Espíritu se hace presente, ampliándonos la mirada y haciéndonos sentir la alegría de que caminamos junto con los otros, que son nuestros hermanos. Sin el Espíritu de Dios, percibimos a los otros como un problema o alguien que se interpone en nuestro camino. Es el Espíritu el que nos presenta los puntos de encuentro, para poder formar comunidad.

4. El Espíritu nos santifica y nos hace buenos. Por la vocación de hijos y hermanos, el Espíritu nos ha llevado a lo bueno, nos ha apartado de lo mediocre y del mundo. Ha hecho de nuestro corazón su ámbito, donde habita y nos transforma. Aunque todos seamos diferentes, el Espíritu nos permite compartir la misma tarea y crear lazos de unión. Un trabajo se hace insoportable cuando no hay nada que podamos compartir con quien está a nuestro lado. Pero en la comunidad o en la familia se hace fácil estar con los otros, pues sentimos que tenemos mucho que aportar y además necesitamos acoger los dones que los otros nos ofrecen. La vida comunitaria puede estar jalonada de heridas pero que también pueden sanar, para constituir la fraternidad: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen» (Jn 20, 23). El sacramento del perdón nos ayuda a celebrar la misericordia divina y a recibir al hermano. En cada celebración como comunidad, el Espíritu se hace presente y actúa con su poder transformador (“epíclesis”). Lo que para nosotros parece insignificante, Él lo santifica y nos da una vida nueva. Nunca podemos decir que no hay para aportar a los demás en comunidad. Dios nos ha enriquecido con sus dones, que crecen y fructifican en la medida que los damos y los ponemos al servicio de los demás. Lo que sí puede existir es una atrofia interior o un egoísmo paralizante, que nos aísla de los demás o nos lleva a la tristeza de no poder darnos.

5. El Espíritu Santo nos unifica interiormente y nos libera, para que despleguemos lo que nos regala en bien de los otros. La realización personal no está en función de las oportunidades que nos llegan desde afuera. Es el deseo de darnos, lo que nos conduce a la entrega constante y lo que nos hace crecer. Quienes están abiertos a la presencia de los demás, siempre responder con generosidad a las necesidades de quienes les rodean. Los otros de por sí, siempre precisan nuestra actitud de acogida y de colaboración. Educar la mirada es una forma de conquistar la voluntad para responder con prontitud. Necesitamos vivir en docilidad para dejarnos guiar en la libertad. El Espíritu se nos dona y nos revela la Verdad, que a su vez nos impulsa a dar testimonio. En forma permanente se nos presentan deseos de hacer el bien y vivir en la verdad, que en cierto modo nos complican la tranquilidad que buscamos en nuestros planes más inmediatos. Pero no podemos ahogar los sentimientos de superación, no debemos acallar la llamada para el encuentro con los otros. El progreso social está en función de que las personas mejoremos la calidad de vida en la relación fraterna. Él quiere que seamos hermanos y vivamos su paz.

Hno. Javier Lázaro sc

 


 

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