“El Padre hace posible la fraternidad
y la tolerancia

Diciembre 2016

 

La filiación nos es dada, es un regalo, somos hijos siempre. Vivimos en relación con nuestros padres, hay una referencia hacia ellos. Ninguno hemos elegido a los padres, ni ellos nos han elegido a nosotros. Somos un don mutuo. Nuestra vida ha llevado a la plenitud, a las personas que nos han engendrado; ha sido la oportunidad de darse sin medida, sacando cada uno lo mejor de sí mismo en función de la entrega.

La filiación es gratuidad de Dios que nos ha dado el ser a través de nuestros padres. Pero al llegar a nuestra familia nos encontrado con otros hermanos o tal vez han llegado después. Biológicamente compartimos la misma configuración genética. Después la educación de los padres ha hecho posible que nos aceptemos y lleguemos a querernos. Ya de adultos, impulsados por los lazos afectivos, elegimos ser hermanos con los otros.

Pero la vida no se puede quedar encerrada en el círculo familiar. La persona necesita la apertura hacia los otros, en forma amplía, para poder entregarnos a la diversidad, a quien es distinto de nosotros. Por eso en algún momento sentimos el llamado a formar una familia o consagrar nuestra vida a Dios, para servir a otros.

Vivir la filiación y la fraternidad supone estar dispuesto a trabajar juntos en la viña del Señor. La misión que tenemos encomendada es también un lugar de encuentro entre nosotros. La tarea que realizamos va más allá de la eficacia y eficiencia en los resultados. Responder al envío de Jesús, “Id y anunciad el evangelio por todo el mundo” supone insertarnos en la realidad social de los niños, jóvenes, los compañeros de trabajo, de los que vienen a pedirnos algo o de quienes dependemos… pero en todos los casos generando siempre el espacio de fraternidad, propio de la identidad de la vocación recibida.

El ambiento privilegiado de la fraternidad es cuando juntos nos reunimos para compartir la oración, el ágape de la mesa, el tiempo de descanso, los espacios de ocio. Pero es preciso prolongar la experiencia  de ser hermanos, de un modo particular, en la misión y el trabajo, que unidos llevamos a cabo en nombre del Señor; esto se expresa en la forma de comunicarnos, de complementarnos, de valorarnos, de presentarnos ante los otros, de comprometernos, de confiar en la acción de la gracia y la buena voluntad de los demás. La misión enriquece la fraternidad y la fraternidad sostiene la misión. En la medida que se da una divergencia entre una dimensión y la otra, también se constata falta de caridad e infecundidad.  ¡Qué fácil se hace la tarea cuando todos vivimos la amistad! Es una forma de ayudar a llevar la cruz de los demás y cargar con la nuestra con alegría.

La Sagrada Escritura nos presenta muchos testimonios que nos pueden ayudar a situarnos en la realidad y volver nuestra mirada al Padre:

1.  La fraternidad nos compromete y nos da sentido:

Cuando Caín mata a su hermano Abel y Dios le hace ver que es un fratricida, queda desorientado, deambula sin sentido. ”Caín se alejó de la presencia del Señor y fue a vivir a la región de Nod” (Gn 4, 16). “Nod” es algo indeterminado, no tiene una ubicación geográficamente precisa; humanamente hablando hace referencia al tiempo de vagabundo, de nostalgia, tristeza y soledad, que cada uno sufrimos cuando no podemos establecer vínculos fraternos con los otros. La realidad de Caín sólo cambia cuando se compromete y funda una ciudad, se relaciona con otros. La misión que tenemos encomendada nos exige estar con los otros, comprometernos, salir de nosotros mismos y proyectarnos juntos.

Por muy reflexivos que seamos y seguros que nos sintamos, necesitamos poner en común los proyectos, para compartirlos y llevarlos a cabo. La incapacidad para escuchar a los otros y acoger lo que nos comunican, es un indicador de que todavía estamos en el país de “Nod”, incapaces de establecer relaciones cordiales y duraderas.

2.  Todos somos hijos pero necesitamos elegir ser hermanos.

En el evangelio se dice que: “Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: "Hijo, vete hoy a trabajar en la viña." Y él respondió: "No quiero", pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: "Voy, Señor", y no fue” (Mt 21, 28-30). El Padre no lo piensa desde la perspectiva de “hoy tengo dos buenos obreros y baratos”. El Padre quiere que vayamos a la viña, que trabajemos juntos, para que seamos hermanos. Pero depende de la libertad personal. Cada mañana también necesitamos elegir estar con los otros para ser hermanos. Los hijos de una familia, desde el primer momento según la percepción social son hermanos, pero entre ellos se tiene que producir una aceptación mutua, que nos habla de su madurez y sentido de pertenencia. Nosotros aunque aparezcamos exitosos socialmente, necesitamos hacer el gesto de asentimiento  y elegir al otro todos los días. El cuidado de la viña que nos propone, supone estar con el Padre, es aprender a gustar el vino de la filiación y la fraternidad; es vivir con referencias, dando sentido a la libertad.

Es inmadurez la falta de aceptación personal y la imposibilidad de acoger al otro. Aún el profesional crece cuando aprende a trabajar en equipo y comparte lo que va descubriendo. En la medida que quiere guardar sin compartir lo que ha encontrado, en forma paulatina lo va perdiendo. La vocación es aprender a estar con los otros; acumular cosas materiales o conocimientos es de insensatos, por no tener claro que la vida se realiza con los otros.

3.  Trabajar juntos supone aceptar y acoger al otro.

Los hijos de Jacob no aceptan a su hermano José, aunque es muy servicial, les lleva la comida y él los busca: “Cuando José llegó a Siquém, un hombre lo encontró dando vueltas por el campo y le preguntó: ¿Qué estás buscando? Él le respondió: Busco a mis hermanos” (Gn 37,14-15). Todos conocemos la historia  dé como lo vendieron…  y finalmente, sus hermanos, buscando comida, encuentran a su hermano José y le piden perdón.

Los dones que tiene uno, nos pueden llevar a la envidia, que es una forma de matar al hermano. En el trabajo también podemos buscar ignorar o matar a alguno, pensado que el otro: quiere “mandarse la parte”, que nos puede sacar protagonismo, que sólo nosotros lo sabemos hacer bien,…

En la comunidad, en la familia y en el grupo de trabajo, todos somos necesarios y cada uno en algo podemos contribuir al bien e los demás. Es preciso reconocer que el otro es un don para mí y yo le  puedo ayudar con el carisma que Dios me ha dado.

Casi siempre pensamos que hay alguno que es “insoportable”; pero en el fondo somos nosotros o algo de nuestra forma de ser que no aceptamos y que el otro nos los recuerda. El prójimo nos muestra, como en un espejo, lo que nosotros tenemos que trabajar.

4.  En la tarea compartida trabajamos como hermanos.

El testimonio de la fraternidad, es un fruto que todos esperan, para poder tener una referencia de lo que deben ser las relaciones humanas de entrega y  gratuidad. En todo necesitamos estar pendientes de lo que los otros necesitan y perciben, sin perder la espontaneidad  o llegar a sobreactuación. El testimonio de unidad de los padres en el matrimonio es la mejor forma de educar a los hijos y vivir en autenticidad.

La viña se puede convertir como un lugar autorreferencial que termina aniquilando la fraternidad o el vínculo e unidad familiar. Esto es así, cuando trabajamos para nosotros mismos. Pero hay “Alguien” que nos ha enviado y espera los frutos. Los niños, los jóvenes y los vecinos, esperan una respuesta a sus necesidades. Algunas veces podemos estar esperando que ellos nos sirvan o sean funcionales a nuestras ideas.  Así podemos convertirnos también en los viñadores homicidas, que no dan los frutos a su tiempo. Y entonces “¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros” (Mc 12,9).

5.  La tarea bien hecha nos exige la comunión como hermanos

En la parábola del padre misericordioso, los dos hijos trabajan, pero el mayor está en el campo del padre y el menor cuidando los cerdos de un extraño. El mayor estaba muy seguro del rendimiento de su trabajo, pero no se podía sentar en la mesa con su hermano y seguramente tampoco podían trabajar juntos. “El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara” (Lc 15,28).

Aunque estemos haciendo tareas diferentes y en lugares distantes, es preciso trabajar por la comunión entre todos. Tenemos la gracia de trabajar  para complementarnos, nuestra misión está orientada a la extensión del bien y la verdad. La alegría del Padre es que podamos vivir, trabajar y celebrar juntos, haciendo realidad el mandamiento del amor.

Tal vez la prioridad de la misión es acoger a Dios y al otro,  en primer lugar en la jerarquía de valores. Con este orden del corazón, será fácil vivir como hijos y hermanos.

 

Hno. Javier Lázaro sc


 

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