El silencio es camino para descubrir
la llamada de Dios

Setiembre 2012


   El silencio nos posibilita el encuentro con nosotros mismos y con Dios. Se cuenta que, un expedicionario quiso hacer el cruce del desierto, y para ello contrató a una tribu africana, para que le hiciese el transporte de todo el equipamiento necesario. En el primer día de marcha avanzaron rápidamente, más de lo previsto. El segundo día también fue exitoso. En el tercero, la organización era perfecta y todo salió muy bien. Al empezar el cuarto día todos se levantaron temprano y estaban dispuestos a partir, menos los integrantes de la tribu, que estaban sentado al lado de un árbol. Al verlos, se acercó el director del safari y les pregunto: “¿A qué esperaban?”. Y ellos al unísono respondieron: “estamos esperando a nuestra alma, para que se encuentre con nuestro cuerpo”.

   Hacemos muchas cosas, pero además debemos trabajar por la unidad personal, respondiendo a la vocación a la que somos llamados, que es de donde sacaremos las fuerzas necesarias para el bien y sentirnos realizados. En este sentido, el silencio es el clima donde se produce el encuentro, entre el yo personal y los ideales del corazón, que son fruto del dialogo que se establece con el Corazón  de Dios. El Corazón habla al corazón.

  1. 1.      El silencio nos habla de nosotros mismos. Es el mejor mensajero que tenemos, nos informa de lo que somos y nos dice cómo estamos. Como los enamorados esperan la noticia del amado, así cada uno tenemos que buscar el tiempo y el espacio de silencio necesario, para saber quiénes somos y hacia dónde vamos. La voluntad para hacer silencio y vivir la soledad fecunda, nos indica que nos queremos, que estamos contentos de lo que somos, aunque haya cosas que tengamos que seguir mejorando.

  2. 2.      El silencio nos permite estar unidos interiormente.  Es así como sentimos que nos aceptamos y podemos vivir la alegría. La propuesta de hacer silencio, cuando no estamos habituados, nos puede asustar en un primer momento, como cuando tenemos que encontrarnos con un desconocido. Pero lo doloroso, en ese caso, es que los desconocidos somos nosotros mismos. Cientos de análisis médicos de máxima complejidad, no nos garantizan que consigamos el conocimiento interior que necesitamos. Las prácticas psicológicas más prolongadas, aunque pueden ser necesarias, no conseguirán darnos la unidad interior que precisamos para saber quiénes somos. Sólo el silencio bien orientado es capaz de recepcionar la información y hacer la síntesis racional-afectiva necesaria para que podamos dar una respuesta a nuestra existencia, aunque no la podamos poner en palabras, dándonos la posibilidad de gozarnos de la integración de todas las dimensiones personales.

  3. 3.      El silencio puede emitir el mensaje en un clima apropiado, cuando nos hemos alejado de todo lo que no somos, de lo que equivocadamente  nos hemos agregado para no sentirnos solos y que toma mil formas, dependiendo de cada uno. El silencio necesita una disciplina, que debemos asumir como norma de vida. Exige vivir la pobreza para poder desprendernos de lo pasajero y de lo que nos dispersa. Generar el ambiente exterior e interior es un camino que necesitamos recrear para que la señal del silencio sea audible y nos traiga la noticia de lo que el corazón anhela. La falta de orden produce alboroto, confusión, descontrol, desorienta,  angustia. Buscar el tiempo regular de silencio en el espacio adecuado, hará que otros piensen que no somos de este mundo, pues siempre nos  harán creer que todo debe ser ruido, velocidad, atracción hacia el vacío, llenar el tiempo sin más...   

   El clima adecuado se crea en: la pausa sosegada, sin reloj; en el recogimiento interior, sin ruidos ni interrupciones; fijando la mirada en una sola imagen, donde nos podamos recrear en forma personal; escuchando o repitiendo la misma palabra con un significante humano o divino, que se hace música, porque que va tomando diferentes formas semánticas, según varían las emociones; dejando fluir los sentimientos positivos, hasta llegar a la fuente de donde brotan, que es Dios mismo que nos habita.  Es entonces cuando recibimos el abrazo suave y tierno del amor.

  1. 4.     El silencio es el intérprete de los sentimientos,  para orientarlos  hacia una actitud altruista y generosa. El silencio es la cuna donde se mecen los grandes ideales, que se han convertido en luz en nuestro corazón.  Estos ideales son fruto de las posibilidades que imaginamos que puede ser nuestro futuro, que se han fraguado gracias a: las cualidades que percibimos en nosotros, por la llamada a la superación que siempre está latente en nuestro interior, por la adhesión al testimonio de personas que ya han recorrido un camino parecido con gozo,  por la atracción del bien que intuimos que llegaremos a realizar, por las relaciones interpersonales que podremos establecer, y porque escuchamos la voz de Dios que nos convoca a un proyecto para vivir con Él y ser felices.

  2. 5.      Hacer silencio es dejar hablar a Dios en el corazón, para escuchar su voz que nos llama. En forma permanente nos está acompañando para que realicemos plenamente la libertad. No se nos impone, anulando nuestro pensamiento. Al contrario, Él, ilumina la razón para permitirnos ver con claridad la verdad, fortalece nuestra voluntad para darnos la determinación en la realización del bien y nos hace desear lo que el corazón necesita para sentirse pleno  y con una paz que nadie nos puede quitar.

   Dios siempre nos está amando. Es el lenguaje de los padres con los niños. Su mirada nos habla con cariño. Para escuchar bien este lenguaje, necesitamos: saber seleccionar su voz, silenciar los ruidos que produce nuestro yo, dejar vibrar las emociones que pueden interpretar los sentimientos que nos llegan de Dios, permitir que siga resonando en el corazón todo lo que sabemos que es verdadero, aunque no lo podamos comprender plenamente.

  1. 6.     El silencio nos permite sentir la exclusividad y predilección de Dios por mí. Todos somos hijos de Dios. Nos ama en forma personal y necesita la correspondencia. Amor con amor se paga.

   La palabra que Dios tiene para cada uno, es única y responde a las necesidades personales. Él nos llama por nuestro nombre a una vocación que sólo puede llevar a cabo cada uno. Es por esto que espera la respuesta personal, desde el corazón. Pero es en el silencio donde podemos decir el sí a Dios que nos conmueve y nos realiza, que nos asusta y nos sustenta, que nos sobrepasa y unifica para siempre, que pronunciamos en la intimidad y se abre a la universalidad de la fraternidad. Este sí silencioso, se convierte en grito de esperanza y de una alegría que no se puede contener.

  1. 7.      Dios acoge el sí en el silencio.  La respuesta es personal. Sólo cada uno puede decir el sí que Dios espera. Él nos alienta, como la madre, que sostiene y anima al hijito a balbucir la primera vez “ma-má”. Es en el silencio donde Dios sostiene el compromiso y donde necesitamos volver siempre para llenar el corazón de la luz de su mirada.

   Es así como el silencio es convierte en oración, en el encuentro del yo y el tú de Dios, se plasma en el logro de mayor identidad, en acogida, en tiempo de plenitud, en camino de conocimiento, en intercambio fraterno. En el silencio se fraguan las grandes decisiones y se estrecha la amistad, se recibe la palabra y se genera la comunicación más genuina.

   El silencio no tiene un fin en sí, es un proceso que se prolonga durante toda la vida y que siempre nos abre al infinito de Dios y al encuentro con los otros.

 

Hno. Javier Lázaro

 

                                                                            

 

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