El silencio ilumina el corazón

Julio 2012


El mundo interior de cada persona en cierto modo es infinito.  Es tan sorprendente que puede  asustarnos y producir una huida de nosotros mismos, hacia cosas más tangibles. Sólo podemos adentrarnos en el corazón a través del silencio que nos permite dejar lo externo y lograr la sensibilización necesaria para percibir lo más propio e íntimo. Es  entonces cuando podemos gozarnos de su grandeza, elocuencia y llamada a lo excelso.

El silencio es la puerta  que se abre con la llave de la determinación y poniendo los medios para no quedar enredados o atrapados en el ruido, el exceso de información, la novedad,  etc. del mundo en que nos movemos. El silencio es tan necesario al corazón como el agua para el pez. Es por donde podemos navegar para conocernos.  Este medio nos da acceso a lo valioso de nuestro espíritu o corazón.

Pero ¿Para qué descubrir quiénes somos? La respuesta es clara: para vivir intensamente, relacionarnos desde la fraternidad con los demás, establecer la comunión con Dios y en definitiva ser felices. Esto nos da una identidad que nos permite hacer opciones libres.  El silencio además de  ser un pórtico, es un camino, que nos impone algunas condiciones para poder seguirlo:

1.     Necesitamos un momento de lucidez, para tomar conciencia de nosotros mismos.Es preciso separarnos por un tiempo habitualmente de los otros (sin caer en el mutismo), ordenar las actividades que nos impone la vida social o laboral, buscar un lugar propio, entrar por la puerta del propio  corazón. Es una necesidad vital, a la que debemos responder sin demoras y con esfuerzo sostenido.

Esto exige una violencia interior, que desde la perspectiva externa, los demás no la perciben, pero supone un gesto de adentramiento en sí. Este entrar es un encuentro que produce cierta conmoción interior. De la misma manera que cuando alguien va a llegar a casa tratamos de que todo esté limpio y ordenado, no importa la familiaridad que se tenga, se produce una movilización para que todo esté presentable, es así como en el silencio se pueden  abrazar dos dimensiones  personales: la interioridad y la proyección externa,  que necesitan integrarse para que la persona encuentre sentido a su vivir. 

2.     En la medida que nos adentramos necesitamos reconocernos y aceptarnos tal como somos para descubrir los tesoros personales. Con cariño vamos acogiendo todo lo que descubrimos en nuestro corazón, para que se haga la luz interior que nos vaya descubriendo otros valores: en primer lugar la presencia de Dios, el valor único e irrepetible de cada persona, la alegría de la unidad, la paz de sabernos amados, la capacidad infinita de darnos, la integración de la propia historia con la experiencia del perdón, la vivencia de la pureza que nos da la mirada transparente para lo excelso e importante, etc.  

Con estos sentimientos encontraremos mezclados otros, de los que nos gustaría huir o que no existieran. Es el momento de enfrentarlos, para asumirlos y transformarlos, para que sean formas de crecimiento. Con paciencia todo se puede modificar. Hay otras partes que no sabíamos que estaban ahí, pero que son igualmente nuestras. El silencio se convierte en una aventura que nunca se acaba. Es una fuente de conocimiento que hay que integrar a lo que sabemos por lo que otros nos dicen o aconsejan.

3.     Ser sordos para otras llamadas que desde afuera nos pueden confundir. Es preciso discernir los distintos sonidos que se perciben. Hay algunas voces que hacen reaccionar a las terminaciones nerviosas superficiales; pero que sólo son ruido y producen confusión. Aunque en el primer momento nos ofrezcan una sensación de liberación, en realidad solo nos dejan vacíos, nos hacen sentir ecos que no dicen nada o simplemente nos distraen del camino emprendido.  

Distinguiremos la voz que procede del silencio si nos impulsa hacia adelante y nos llena de esperanza. Si lo que escuchamos nos lleva a la desolación, a la confusión y a la tristeza, no hemos  sintonizado bien con lo más profundo de nosotros mismos. La palabra que surge en el silencio es auténtica si tiene el timbre del amor de Dios,  que nos llama amándonos. El silencio puede producir cierto desconcierto hasta que nos familiarizamos con nosotros mismos, después siempre es un tiempo donde nos sentimos cómodos, como quien habita en su casa.  

4.     Aprender a vivir el silencio exige un entrenamiento. Tiene que haber una línea de continuidad en esta búsqueda. Es una actitud de vida, para vivir consigo mismo. Pero, al igual que los amigos que hace mucho tiempo que no se comunican, al principio no saben por dónde empezar, de la misma manera, cada tiempo de silencio, es oportuno para reconocer todos los dones recibidos.  En este proceso podemos sentir la tentación de abandonar o dejarnos llevar por lo inmediato y superficial. No abandonemos, sigamos hasta que las pupilas interiores se nos abran y nos llenemos con la mirada de Dios. El silencio es una forma de habituarse con los latidos del corazón que tiene necesidad de expresar su deseo de plenitud en la entrega. No se puede hablar de vivir el silencio por estar algunos momentos esporádicos de ausencia de sonidos exteriores. El silencio es vivo cuando se hace cada vez más frecuente, con tiempos más prolongados y más profundos, para percibir los susurros más débiles y suaves del alma, pero que con el tiempo se convierten de certezas.  

5.     Dejar la razón para escuchar al corazón. Las ideas y pensamientos que nos van surgiendo al hilo de un razonamiento lógico, sólo nos están indicando que seguimos en el torbellino del ruido. El silencio aprende a renunciar a toda idea preconcebida para centrarse en los susurros de uno mismo. Con frecuencia los silbos de la brisa suave no tienen orden, pero si están llenos de afecto que nos permiten volar con las alas de la candidez, sobre la realidad para que quede liberada del prejuicio y la condena. El silencio no renuncia a las ideas y al rigor científico, pero espera las convicciones que se fraguan en el encuentro íntimo con la verdad, el bien y la belleza de todo lo que nos rodea.  

La razón, la más valiosa de las facultades humanas, desea algo seguro: busca sobresalir entre los demás, se hincha cuando amplía sus conocimientos, busca argumentos para convencer, algunas veces nos llena de soberbia y si no es tolerante, se separa de quien piensa distinto.  

Por el contrario, el silencio se abandona en el misterio, con frecuencia no se hace notar ante los otros, percibe su limitación cuando descubre algo nuevo, espera a que los demás lean en su mirada la verdad interior para trasmitirla a los más próximos, que también se pueden enriquecer. El silencio se impone con la fuerza de la alegría que se difunde con naturalidad.  

6.     El silencio nos permite relativizar lo urgente y nos llena el corazón con la contemplación de lo sencillo que se realiza sin plazos de tiempo. El silencio parecería que no tiene prisa  en terminar, pues conoce que todo se sigue comunicando y completando en forma paulatina. Está abierto a la sorpresa de la grandeza de la creatividad que no tiene nada preconcebido, pues siempre  cree en una realización mayor que se va integrando armónicamente con lo que se ha vivido un instante antes o hace años. Pero se goza a cada paso, para valorar lo que percibe. Sale de la provisionalidad integrando lo que vive en el presente como valioso.  

Cuando entramos en el silencio y parece que no se siente nada, simplemente esperamos a que se haga la luz, lo que Dios nos quiere comunicar, que por pequeño que parezca, siempre es grande y luminoso. Interactuar sólo al son de los impulsos que nos llegan desde afuera hace que se pierda el control sobre sí. Se produce una dependencia que esclaviza.  

Aun cuando obedecemos a algo bueno que nos mandan desde afuera, debe estar internalizado y asumido desde el silencio del corazón, para que nosotros le demos la impronta de nuestra personalidad. Con esto no buscamos destacarnos, sólo profundizamos la singularidad y el deseo de autenticidad.

 

Hno. Javier Lázaro

 

                                                                            

 

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