El silencio nos ayuda a escuchar y acoger a la persona

Agosto 2012


El silencio es la cuna de las relaciones interpersonales. Es el clima donde se generan las amistades duraderas y además se transmiten las cosas valiosas. El silencio de por sí parece que no tiene una entidad propia, ni una utilidad práctica, da la impresión que nos hace perder tiempo. Sin embargo podemos asegurar que sólo en el silencio nos conocemos interiormente y por tanto podemos abrirnos, entregarnos a los demás.

No podemos improvisar el silencio. Se precisa desearlo y cultivarlo como camino de encuentro  con uno mismo y con los otros. Cuando hemos aprendido a experimentar y gustar el silencio, nos sentimos liberados de las presiones exteriores y a la vez dispuestos a acoger de una manera única al que viene a nuestro encuentro. Es así como el silencio nos posibilita:

  1. Escuchar a quien nos habla, acogiendo a su persona que se nos da, y que necesita que entendamos sus sentimientos, desde nuestra experiencia de corazón reconciliado. Es entonces cuando salimos de la soledad que genera la perspectiva de la razón. El silencio nos permite asumir e interpretar los sentimientos que nos trasfieren en cada palabra. Si callamos nos disponemos a   descubrir los matices de la información que nos exponen y a relacionar los hechos para darles un contexto más amplio y ajustado a la realidad. Es en el clima de silencio donde acogemos sin condicionamientos, dando el tiempo para que el otro nos comunique su valía y sus preocupaciones. Es el espacio de tiempo donde damos la posibilidad de abrirse a quien se nos confía, facilitando la viabilidad de generar una vida nueva al saberse acogido. Es así como generamos la confianza que abre la oportunidad de crecimiento para uno mismo y los demás.

  2. Escuchar la voz interior que nos conduce al encuentro. La acogida del otro es un gesto de generosidad y una necesidad personal. Precisamos escuchar esta llamada para salir de nosotros mismos y buscar a los demás. Es así como nos predisponemos para reconocer al prójimo y disponemos nuestro corazón para la entrega. Para que se produzca  esta coincidencia de voluntades tiene que haber una preparación que esté precedida del silencio, que es cuando podemos reconocer los aspectos que  se pueden entregar y de los que se tiene necesidad, para complementarse y caminar juntos.

  3. Reconocer y valorar a los demás. En una vida ajetreada, las personas que están al lado son descartables y, pareciera que no nos enteramos de nada, pues vivimos lo inmediato, pero no nos damos el espacio para valorar a los otros. Sin silencio corremos el riesgo de sacar conclusiones demasiado rápidas, para entrar en la dinámica peligrosa de juzgar, criticar, comparar e incluso despreciar y humillar. Por el contrario, en el silencio nos damos el tiempo para descubrir las motivaciones profundas y encontrar el lado positivo de todo. Frente al misterio de cada persona nos permitimos sorprendernos y asombrarnos de la riqueza infinita que encierra cada corazón.

  4. Hablar desde nosotros mismos y que nos comprendan. La reflexión personal es la que nos ayuda a repensarnos y entrar en comunión con los otros. La comunicación de calidad supone donación de sentimientos, para entrar en el terreno de la confidencia. No se trata de hablar sin parar para ocultar el vacío personal. El camino es aprender a bucear en la inmensidad de nosotros mismos para conocernos y permitir que los otros sintonicen con nosotros, sin miedo  y cuidando el espacio único que Dios se reserva para sí.

  5. Generar el espacio de amistad personal. En el silencio junto con otro estamos dando  la libertad de que exprese lo que piensa y que posiblemente no se atreve a exponer en un grupo. Cuando nos ve recogidos interiormente ya generamos la confianza necesaria para que pueda abrir el corazón. En el momento que nos habla, nuestro silencio va enalteciendo a la persona si se siente acompañada con nuestra mirada y acogida con el asentimiento del rostro. Después del encuentro, el silencio permite el recuerdo, haciendo que el amigo, aunque no esté presente físicamente, persista en la memoria y en la preocupación, procurando que pueda seguir su camino feliz.

  6. Nos reconcilia y nos hace agradecidos. Cuando tomamos conciencia de nuestro mundo interior, podemos reconsiderar nuestras posiciones frente a los demás. En el silencio tomamos una perspectiva más objetiva y podemos reconocer algunos de los errores. Es entonces cuando nos regalamos la posibilidad de pedir perdón y sentimos que somos acogidos tal como somos. Pero también es el espacio del agradecimiento hacia los amigos que nos permiten existir a su lado. Es entonces cuando percibimos que debemos muchas cosas a los demás. Nos damos cuenta que, en realidad, todo lo que tenemos lo hemos recibido. Inversamente, cuando no estamos en silencio, sólo giramos sobre nosotros mismos, volviéndonos ciegos y ácidos para las relaciones de amistad, responsabilizando a los otros de nuestra infelicidad.

  7. Significar nuevamente las relaciones de amistad. En la medida que todo es palabrería se empobrecen las relaciones, pues se dicen cosas sin importancia, que están huecas, por el simple hecho de escucharnos a nosotros mismos, sabiendo que no tienen relevancia. Dar un descanso a nuestra mente y al corazón, generando silencio, nos permite dar un espacio al amigo, dejar que sea él. La amistad se fragua en el respeto y la valoración. En la interacción permanente se produce un desgaste personal de los participantes, que conduce a mediano plazo al distanciamiento, pues siempre se hará presente de una forma o de otra, la confrontación por las diferencias naturales de carácter y formas de hacer.

  8. Enriquecer, ampliar y profundizar la amistad. La persona que sabe vivir consigo misma, va descubriendo el tesoro que encierran otros, se puede introducir en la lectura asidua, focalizar la atención en diversidad de situaciones, se hace sensible a la variedad de estilos y formas de vivir, para luego asimilar lo valioso que ha percibido y trasladarlo al ámbito de la amistad. Del mismo modo es perceptivo de lo que es nocivo para su espíritu, para alejarse prudentemente con fortaleza y humildad. Por curiosidad o afán de conocer no se deja engañar con situaciones o pensamientos que van contra su vocación a ser genuinamente feliz.

  9. Cuidar las relaciones interpersonales de todo aquello que no se comprende. Fruto de las diferencias naturales y formas diversas de ejercer la libertad, siempre surgen incomprensiones mutuas. En estas circunstancias es fácil dejarse llevar por comentarios que rebajan o desacreditan a los demás, impidiendo la empatía. El reproche y juzgar con cierta ligereza denotan la impaciencia y el desinterés por conocer al otro. Necesitamos cultivar el silencio para darnos el tiempo y poder reaccionar positivamente, aunque no se entienda plenamente y encuentre otras explicaciones de su conducta en un primer momento contraria a nuestra forma de pensar.

  10. Caminar en el conocimiento personal. Los otros nos devuelven una mirada sobre nosotros mismos, que si sabemos aprovecharla cuando proviene de personas que nos quieren, nos ayuda a reconocer actitudes personales y aceptarnos tal como somos. De otra forma, el rechazo inmediato a las opiniones de los demás nos vuelve ciegos y nos llena de soberbia. Es necesaria la escucha atenta y el silencio para ponderar y considerar lo que recibimos. Esto nos permitirá dejar abierto el canal de la comunicación y ser agradecidos, con quien con caridad busca nuestro crecimiento y el bien del corazón.

 

Hno. Javier Lázaro

 

                                                                            

 

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