El silencio y la fe en Dios,
fortalecen la amistad

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La relación de amistad crea un vínculo entre las personas que ayuda a sentirnos queridos y poder caminar hacia la realización plena. Nace  cuando nos sentimos acogidos incondicionalmente, superando las barreras que puedan suponer los límites y diferencias personales. Es un lazo espiritual que vincula a quienes comparten la misma escala de valores y se proponen buscar el bien mutuo.

El título de este artículo se corresponde con tres valores, que tocan las tres dimensiones: lo personal, lo comunitario y la transcendencia.

Vamos a tratar de integrar los tres aspectos, que están íntimamente relacionados, tomando como tema central el de la amistad. Todo esto supone tener presentes algunas pautas en la interrelación que contribuyen a fortalecer la amistad:

  1. 1.  Se debe dar un conocimiento mutuo entre los amigos.Esto supone que llegan a preocuparse el uno del otro, hasta poder acoger los sentimientos que anidan en sus corazones, interesándose por sus gustos e ilusiones. Perciben los miedos y las dudas que la vida misma genera. Se tienen la confianza de comunicar aquello que no entienden, para buscar la luz de la objetividad y la perspectiva diferente. Por eso podemos  tener muchos compañeros, pero serán muy pocos los lazos profundos de amistad que podamos establecer. Todas las relaciones de amistad son diferentes porque cada uno somos singulares y tenemos una identidad con una subjetividad única. La amistad puede ser tan fuerte como la fraternidad, si tiene su fundamento en el bien y la verdad de las personas en forma absoluta.
     

  2. 2.   Respetan  los sentimientos como el misterio de valor infinito de cada persona.  Los amigos se escuchan diferenciando el nivel racional del afectivo. En lo intelectual discuten, investigan, indagan, consultan a otros… se pueden plantear diferencias aparentemente opuestas. Pero cuando se trata de alegrías o dolores del corazón, se acompañan respetuosamente, sin juzgarse, ni condenarse; participan con la escucha atenta, se acogen y se establece una relación de empatía, para ponerse en el lugar del otro, sin perder la identidad de cada uno. Cualquier acotación racional en la percepción de los sentimientos del amigo puede causar un terrible dolor, pues se interpreta como incomprensión y relativización de la pena o el gozo que embarga a la persona de quien lo padece. No podemos simplificar la complejidad del mundo afectivo de quien nos confía o deja transparentar sus sentimientos. Es preciso que frente al amigo, “nos descalcemos”, pues estamos pisando tierra sagrada. Una forma de mostrar nuestro cariño a la persona del amigo es detener la “trituradora” de la razón. Al amigo se lo acepta tal como es. En todo caso, uno intenta cambiar para poder acercarse al otro.
     

  3. 3.   La amistad se nutre en el silencio.Los amigos dejan una distancia entre sí, a través del silencio para poder diferenciarse.  No lo llenan todo de palabras que aturden y no dejar ser al amigo. Pero a su vez, en las profundidades de su corazón recrean los pensamientos y sentimientos del otro, para acogerlo y poder experimentar lo que nos ha querido confiar. El amigo quiere vivenciar que lo que nos ha comunicado lo estamos valorando en profundidad porque de alguna  manera lo recibimos a él mismo en su palabra o en sus expresiones de afecto. El silencio nos permite ordenar e integrar en la propia vida lo que hemos recibido o vivido con el amigo. La falta de silencio conduce a la superficialidad de las relaciones, para hacerlas descartables, pues siempre se está en búsqueda de nuevas sensaciones, sin llegar a vincularse con nadie. El silencio nos ayuda a vivir la perseverancia, en oposición de lo provisorio y descartable.
     

  4. 4.  La amistad supone el tiempo de soledad para descubrir la propia intimidad. En la medida que cada uno se acepta así mismo puede también ir al encuentro del otro. El ajetreo, la actividad desbordante, el activismo, la interacción permanente con los demás, la falta de tiempo personal… son síntomas de la huida de nuestro centro interior. En ese estado tampoco se pueden establecer relaciones  estables con los demás. Las nuevas tecnologías tampoco nos pueden engañar. Necesitamos entrar a nuestro corazón y poder experimentar quiénes somos realmente. No nos engañemos cuando estamos solos frente a la computadora, pues en realidad es una forma de evasión o de trabajo. Necesitamos reconocer las incapacidades que sufrimos a nivel psicológico y espiritual. Aceptarse nos ayuda acoger al otro como persona, sin pretender cambiarlo. Difícilmente podemos vivir la amistad si buscarnos justificar limitaciones personales frente a los demás. Es la sencillez y llaneza de nuestra forma de ser la que nos embellece, para poder darnos al otro. Sabernos limitados nos hace accesibles a los demás. La autosuficiencia nos aleja de los otros.
     

  5. 5.  La fe en Dios vincula a los amigos más estrechamente. Cuando sólo se comparten datos, noticias y  tiempo de recreación, pueden llegar a creer que son amigos, cuando en realidad sólo son conocidos, pues no los une nada importante y que con el  tiempo se olvidan. Muy diferente es cuando además de compartir actividades, se vive  la misma fe en Dios y son capaces de transmitirse motivaciones sobrenaturales que los saque de su posible ensimismación y los lance comprometidamente hacia los bienes más altruistas de las personas que los rodean. Es entonces cuando ya no se pone atención en las diferencias de carácter e  historias personales. La fe nos hace caminar juntos, compartiendo con alegría aquello que nos habita en el corazón, para que los otros también se enriquezcan interiormente.
     

  6. 6.  La amistad se hace una realidad duradera cuando hay silencio y puede reconocerse el valor de la fe. Es preciso habitarse interiormente y reconocer la presencia de Dios en el corazón. Sólo entonces podemos hacer nuestras las convicciones que van surgiendo del encuentro con nosotros mismos, con los demás y con Dios. En el silencio maduran los pensamientos y se sopesa lo importante para profundizarlo, se reconoce  lo que nos hace daño para poder rechazarlo y se goza alegremente todo lo bueno que percibimos. Es en el silencio donde se crea el ámbito donde Dios se nos comunica e interpretamos sus deseos, pues quiere ser nuestro amigo, el más cercano. El silencio no es un fin en sí, pero es un medio para llegar a descubrir que somos amados con un amor total y  nos permite leer en nuestro corazón cuál es el camino que nos puede hacer felices respondiendo al llamado.
     

Hno. Javier Lázaro

 

                                                                            

 

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