El testimonio nos configura y ayuda a los otros

Marzo 2015

 
   

Los términos “testigo” y “testimonio” siempre nos remiten a  otro ser del que nosotros reproducimos hechos o valores que son  perceptibles para los demás. En todas las consideraciones que siguen, siempre nos estamos refiriendo al testimonio en forma positiva, en vistas a ser instrumentos de ayuda al crecimiento de quienes nos puedan observar y nos alejamos de toda connotación jurídica o referida al derecho. 

Ser testigo es un privilegio, pues de alguna forma nos remite a alguien valioso. Nosotros por nuestra vocación cristiana estamos llamados a ser testigos de Jesús, estamos convocados a hacerlo presente, por eso podemos decir que “Somos presencia de Jesús”.  Esto hace que busquemos un perfil del testigo y señalamos algunas características: 

1.    Los testigos pretendemos mostrar en nuestra persona los valores absolutos, que han podido vivir otros a lo largo de la historia, o que estamos llamado a hacer realidad en la originalidad, que se pueden convertir en modelo de vida objetivo, y camino de plenitud humano. Con el testimonio tratamos de identificarnos con el ideal de vida, sin perder la propia identidad; de alguna manera recreamos cualidades particulares de quienes han llegado a la meta y han podido ser felices. Lo forma de hacer algo siempre tiene cierta  singularidad; desde este punto de vista, no somos simples repetidores, nos alejamos del peligro de la uniformidad. Esto nos impone y requiere el respeto a los demás, en todo lo bueno que hacen, aunque sea diferente la forma de llevar a cabo las cosas. Es esta  riqueza peculiar la que nos permite vivir en comunidad, con las diferencias que siempre existen entre las personas.

2.    Hoy necesitamos testigos que hagan  presente las realidades que nos enaltezcan. El testimonio siempre nos remite a alguien o algo que se convierte en fuente de vida por el impulso que genera en nuestro interior. Habitualmente decimos que no hay valores. Pero lo que se necesitan son personas que los encarnen en su espíritu y los lleven a todas las realidades. Sabernos llamados a dar testimonio es reconocer que tenemos una sensibilidad especial para vibrar con lo valioso y que en cierto modo nos embellece. Renunciar a ser testigo de algo valioso nos empobrece interiormente, pues nos aleja de la verdad y  nos hace perder posibilidades de crecimiento. Rehuir dar testimonio nos conduce a vivir a la deriva. El testimonio ya nos impone una intencionalidad y habla de cierta solidaridad con quienes están cerca; ser testigo es una forma de hacerse presente en la vida de los otros positivamente sin imponerse por la soberbia o el poder; sólo la fuerza moral nos autoriza a impulsar a los otros, apelando y respetando  su capacidad de elegir y decidir.

3.    Todos estamos convocados a ser testigos. Pero a la vez nuestra conducta, por la bondad que debe vivir y la verdad que deja traslucir, se convierte en invitación a otros a unirse a nuestra forma de actuar de una forma propia y única. El testimonio tiene una fuerza propia que seduce y atrae, pero a la vez requiere que quien reproduce un valor comprometa su voluntad, el corazón y sus pensamientos. Cuando hacemos presente  la Verdad contribuimos a que todo nuestro ser quede integrado en una unidad que nos hace sentir la paz interior.

4.    Los testigos no buscamos ser comprendidos para la autocomplacencia. Proponemos el bien a los demás, pero sin rebajar el ideal de excelencia. Nos adaptamos pedagógicamente  a quienes necesiten la propuesta, pero sin devaluar el bien que se debe vivir. Nos esforzamos por hacer procesos, que respondan a la capacidad de acoger el don a quienes se lo queremos ofrecer. Aun así, por simples que parezcan las cosas que realizamos no pierden intensidad en nuestro corazón. Cada detalle tiene la carga afectiva y la fuerza del valor en su plenitud. Los diferentes modos de expresar la misma realidad positiva, siempre nos ayuda a profundizarla y a enriquecernos. No perdemos el tiempo y nos realizamos plenamente  al hacer comprensibles a los demás el valor de las realidades sublimes. A las personas las conocemos en los pequeños detalles que realiza en los momentos que parecen más insignificantes. Es una equivocación esperar a dar testimonio en las grandes ocasiones o solamente cuando tenemos algo importante para mostrar ante los demás.

5.    El compromiso para ser testigos nos da unidad y orienta todas nuestras facultades hacia el fin. Realizar algo intencionalmente contrario al bien, en cualquier dimensión o ámbito, desacredita al testigo y denota una falta de madurez o maldad. Por tanto todo tipo de agitación externa, sin implicación personal hace que seamos infecundos; aunque cuantitativamente los resultados sean positivos, la realidad de largo plazo hace que quedemos vacíos  con la sobreactuación. El compromiso para ser testigo produce la unificación en el corazón y además nos impulsa siempre hacia la misma meta. Cuando actuamos de una forma, en la misma circunstancia, un tiempo después, procedemos diferente, dejamos de ser creíbles y además se puede decir que estamos divididos.  

6.    Ser testigo supone una maduración personal. Es un indicador de que vamos  integrando todas las dimensiones y somos capaces de hacernos cargo de las repercusiones que pueda tener nuestros hechos en la vida de los demás. Los testigos tenemos una función social que no se puede ignorar.  Ya no vivimos para nosotros mismos, sino en función de lo que necesitan los otros. Aunque creamos que tenemos superadas  ciertas prácticas y que no necesitamos seguir ciertos caminos, igual nos sentimos obligados, lo debemos realizar, para que se pueda mostrar el camino a los que quieren caminar en autenticidad. Esto nos indica que hemos superado la etapa del egocentrismo, haciendo prioritario lo que necesitamos transmitir. Es así que no vivimos para nosotros mismos, sino en función de lo que precisan los otros.  Somos testigos cuando somos referentes para los demás en todo momento, sin pretender sobresalir o ser los mejores. Simplemente buscamos el bien. Por tanto somos los mismos en la soledad o en el grupo familiar o comunitario. Nuestro corazón siempre encierra un valor que hace a todo fecundo. El testigo se hace valioso para los otros aún en la ausencia, pues su recuerdo siempre enciende la idea de la superación y la posibilidad de alcanzar lo que parece difícil o arduo.

7.    Los testigos vivimos de una manera de hacer de acuerdo a un proyecto personal, que se convierte en referente para otros. Así podremos observar que hay una sintonía entre lo de adentro y lo de fuera, entre lo social y lo personal. La superficialidad nos hará testigos falsos, pues seducimos, pero en realidad engañamos a quienes nos ven. El hacer algo, pero cuando en realidad pensamos y sentimos diferente, producimos una defraudación hacia nosotros mismos y hacia los demás. La autenticidad tiene que ser la carta de presentación de todo testimonio. Cuando vivimos de las apariencias nos estamos mintiendo. Otra cosa muy diferente es cuando nos percibimos limitados y luchamos por superarnos; tal vez este sea el testimonio más valioso que podemos dar, si somos capaces de poner los medios adecuados y nos dejamos ayudar.

8.    Somos testigos, haciendo referencia a alguien superior. Nosotros no somos el absoluto. Si buscamos el reconocimiento de los otros ya nos estamos equivocando, pues estamos poniendo un límite a los demás. Nosotros sólo tenemos que proponer que todos se orienten hacia lo más excelente.   El testimonio  es la referencia a un fin  concreto, que siendo siempre el mismo se va reformulando de forma diferente. Tampoco  se reduce a la sucesión de una cadena de acciones inconexas. Cada momento prepara el siguiente y lo de ahora es consecuencia de lo anterior. Toda esta forma de plantearnos la vida nos lleva a la coherencia.  El testimonio no se identifica con la eficiencia en lo profesional, aunque también abarca ese aspecto. El testimonio incluye todo en el espacio y en el tiempo. Somos verdaderos testigos cuando lo plasmamos en la vivencia de las virtudes teologales y morales.

9.    El testimonio siempre debemos proponerlo, aunque quien nos observa no tenga la sensibilidad para percibir lo valioso de nuestra conducta. Pero tengamos la seguridad de que por sí ya estamos reafirmando nuestra personalidad en el bien. La indiferencia y el individualismo nos pueden hacer pensar  que  no  importamos para los demás y por tanto nosotros mismos provocamos el distanciamiento de quienes tendrían que estar en un proceso sostenido de crecimiento.  Recuperar la sensibilidad y el atractivo hacia la superación, dependerá de la alegría con que vivamos cada situación. Nuestra felicidad es el llamado de atención para quienes: buscan y no encuentran; para los indiferentes que parece que todo lo han probado; para los insatisfechos de lo material; para los que están cansados de luchar consigo mismos y deben pensar su vida en función de los otros. Necesitamos reforzar el testimonio aunque parezca que nadie lo aprecia, ni lo valora.

10.   Nosotros mismos también necesitamos aprender del testimonio de los otros y de los fines más importantes. Educar nuestra mirada para percibir todo aquello que nos lanza hacia la superación; no podemos quedar anestesiados frente a lo bueno que nos rodea y bajo la tendencia de lo más fácil.  El testimonio sólo se puede sostener cuando hay una integración en la persona del cuerpo y el espíritu; de la inteligencia y la sensibilidad; de lo estético y la voluntad de la conquista. Esto supone acoger los principios, las convicciones y una ética en la vida, que hacen previsible nuestra forma de ser para quienes nos observan.  Esto requiere la adquisición de las virtudes, que a su vez exige la formación intelectual y la consolidación de hábitos que nos faciliten el camino hacia lo excelente y la huida de la mediocridad o la desidia sobre nosotros mismos.

Es Dios el que nos llama para que seamos testigos de su amor. Nuestro testimonio es posibilidad de que se pueda sanar quien se siente herido y quiere empezar a caminar.

Hno. Javier Lázaro sc.

 

 


 

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