El testimonio nos identifica y configura con Cristo

Julio 2015


   

Cuando nos encontramos muchas personas en un mismo lugar, para que llegue la palabra a todos con claridad y potencia, usamos sistemas de ampliación y propagación del sonido. Ya es un primer paso, pero no es suficiente. Aunque tengamos la técnica más sofisticada para trasmitir en alta fidelidad, no alcanza para que otros puedan captar el significado más profundo de la experiencia interior.

Cada uno necesitamos aspirar o desear a algo superior o vivir algo similar para que el testimonio cuaje en nuestro corazón y nos comprometa. Por eso Jesús además de regalarnos su Palabra, se hace presente, Él mismo, en el corazón de cada uno, para que por el amor haya una trasmisión connatural.  Sólo cuando la palabra está acompañada de los sentimientos que la persona puede acoger se hace realidad el testimonio vivo, que puede arrastra hacia  lo más alto y sublime. 

Ser testigos de Cristo supone acoger sus  sentimientos y vivirlos en la entrega hacia los demás. El amor que percibimos cuando vemos a Cristo que entrega su vida por nosotros, es principio para que también estemos dispuestos a hacer lo mismo por Él; aunque todavía necesitamos implicar la voluntad y todo nuestro ser, para que se haga efectivo el testimonio.  La vida cristiana nos identifica con Cristo. Esto supone asumir y vivir unas actitudes que se plasman en un proyecto de vida, que se hace real en virtudes concretas:

1- El testimonio se vive en la alegría.

Se cuenta que los mártires en los primeros tiempos de la Iglesia salían de los calabozos hacia sus verdugos cantando y bendiciendo a Dios por el regalo que estaban recibiendo. Es entonces, que quienes les observaban se preguntaban ¿Qué fuerza es la que los animaba para ir gozosamente? Y la respuesta es que sentían la alegría de identificarse con Cristo, que había muerto por ellos en la Cruz. Nosotros posiblemente no vamos a morir de esta manera, pero la vocación de padres o educadores si nos pide un testimonio continuo, de entrega en el servicio a los demás.

Pero es la entrega alegre la que tiene el valor agregado que puede  hacer pensar y arrastrar a los otros hacia la superación. La alegría se vive desde adentro, con un cultivo interior, que nos ha permitiendo descubrir los fines más sublimes en las tareas más sencillas. Es en el corazón donde podemos acrisolar las motivaciones más profundas. Al rumiar la Palabra de Cristo se nos revela que no estamos solos en la tarea a realizar, pues Él se hace presente, para que actuemos en su Nombre.

La alegría que pueden percibir los demás, primero ha sido engendrada por el Espíritu en nuestro corazón; nos hemos tenido que poner en una actitud de escucha y acogida del don divino, para que nuestro semblante sea testimonio de su presencia permanente.  El tiempo personal para la oración es de anticipación para la acción; la docilidad interior para Dios, se convierte en gozo que desborda, que se expresa en seguridad y perseverancia en la entrega.

2- La humildad adorna el testimonio.

El testimonio está orientado a alguien superior, en nuestro caso a Cristo. En la medida que somos autorreferentes rebajamos la calidad de nuestra vida. Cuando la orientamos totalmente a Cristo, perdura para siempre y se prolonga en los demás sin límite. Todo lo bueno que podemos realizar es un don de Dios. Es preciso reconocer que somos instrumentos elegidos. Ser humildes para gustar la presencia de Dios en nuestra vida nos libera de la pretensión de ser más que los demás o maestros de los otros.

Dar testimonio supone superar la vergüenza o el miedo. La decisión es anunciar a Cristo, por tanto no debemos poner en primer lugar lo que nosotros pensamos o sentimos. No podemos encarcelar el bien por comodidad o falta de valor; estamos llamados a hacer brillar la luz en medio de las dificultades.

Ni siquiera los pecados personales tienen que poner límite al testimonio; por el contrario haremos más patente que es Cristo el que actúa en nosotros. Las limitaciones, cuando parece que no lo hacemos todo bien, la falta de resultados evidentes y la incomprensión, nos dan la seguridad que la fuerza que sentimos es la de la gracia que actúa en nuestro corazón y es la mejor carta de presentación  frente a los demás.

El testimonio para que sea auténtico necesita de la humildad, que es la verdad de nosotros mismos y que nos libera de las apariencias o de atajos inconsistentes.

3- La fortaleza sostiene el testimonio.

El testimonio necesita fortaleza para perseverar frente al cansancio y las dificultades. Posiblemente la fuerza la vamos a encontrar  en la amistad personal con Cristo. Su vida se convierte en convicciones profundas de nuestra mente y corazón. La fortaleza para el testimonio no pasa por la resistencia física, aunque también es necesaria; es sobre todo saber que estamos obrando con verdad y para el bien. La mayor debilidad es la duda y la falta de sentido de lo que hacemos.

La fortaleza se fragua cuando nos dejamos mirar por Cristo y permitimos que vaya poniendo sus sentimientos en nuestro interior. El mal siempre va a estar acechando a nuestro alrededor y se va a presentar en múltiples facetas; está en nuestra decisión rechazarlo y no apartar la mirada de Cristo, que nos trasmite confianza. La presión, el ambiente adverso y la indiferencia, nos tienen que animar a dar testimonio, pensando que en caso contrario todo será contrariedad.

Necesitamos remar contracorriente, sin dejarnos apabullar por las habladurías y sabiendo habitar en nuestro centro interior, por ser morada de Cristo. Cuando nos dedicamos a rebatir lo que dicen o hacen, es posible que dejemos de ser  nosotros mismos. Es más positivo hacer una propuesta positiva, diferente, donde el testimonio de la propia vida ya sea una invitación al cambio.

4- El juicio práctico sabe dónde puede intensificar el testimonio.

Tampoco conviene gastar energías en las cosas indiferentes. Precisamos centrarnos en lo importante. Da lo mismo que una pared esté pintada de amarillo o de ocre. A cada momento necesitamos discernir donde debemos poner la atención. Aprender a distinguir lo accesorio y lo esencial. En esto se juega también la tolerancia hacía los otros. Es preciso distinguir lo que realmente puede ayudar a la persona, de aquello que es pasajero e intrascendente.

A la hora de dar testimonio no podemos ir a demostrar nada a nadie. Se trata de vivir nosotros mismos. Para ello revisamos los sentimientos, para que no exista la rivalidad, la envidia o aquello que nos lleva a la confrontación.  El terreno adecuado para que el testimonio prenda en los otros tiene que estar marcado por la renuncia a toda pretensión personal.

Con frecuencia es más conveniente no manifestar nada, pues los otros necesitan primero ordenarse para que luego puedan interpretar y acoger lo que se les proponemos. En esto no existe una regla única, el sentido de ubicación nos va a indicar qué debemos hacer en cada momento.

La regla de oro  para saber qué y cómo debemos hacer, es estar dispuestos a seguir la voluntad de Dios siempre. Es entonces cuando cada situación la convertimos en oración y somos expertos del discernimiento. Es en este clima donde prima la caridad, el bien que conviene a los demás, dependiendo de la madurez y la situación de los destinatarios.

5- Busca fortalecerse con otros testimonios.

El camino recorrido por otros nos puede animar y fortalecer. Fijarse en personas del pasado o del presente que han dado testimonio es una forma de darnos cuenta de que es posible, de saber cómo superar las dificultades y además descubrir que merece la pena esforzarse.

Estamos hechos para relacionarnos con los otros, es preciso vivir en comunión con quienes tienen los mismos ideales, pues nos hacen ver que no estamos solos. Vivimos en comunidad para comunicarnos los bienes que recibimos. Existimos en función de los demás y para la gloria de Dios. Nuestro testimonio de vida se suma al de otros muchos y así nos sentimos familia, pues tenemos los mismos sentimientos, los que Cristo pone en nuestros corazones.

Ver las cosas positivas de los otros y decírselas, nos libera de la envidia, nos ayuda a caminar en el mismo sentido y estimula a quien obra bien a perseverar. Cada uno por ser diferentes tenemos nuestra originalidad en la forma de hacer las cosas, pero no tenemos que descartar imitar todo lo bueno que hay en los otros. Aprender de los buenos ejemplos, nos ayuda  a ser humildes y a dejarnos conducir.

Leer la vida de los santos, ver vidas ejemplares, buscar testimonios de conversión, alabar a Dios por las vidas entregadas al servicio de los otros, etc., son  formas de alimentar el espíritu para crecer en generosidad a la hora de dar testimonio. Es el tiempo en soledad el que prepara el encuentro  fecundo con  los otros. De esta forma, tampoco necesitamos proponernos como referentes; tendremos ejemplos acabados a los que la gente puede mirar. La falta de este cultivo personal nos llevará  a pretender estar nosotros en el centro, exponiéndonos a las críticas, que con el tiempo nos desaniman.

6- Vive la unidad en la cotidianidad.

El testimonio tiene que partir de la unidad de la persona. Esto hace que podamos vivir intensamente. En cada situación estamos con el cuerpo, con la cabeza y el corazón. La disgregación interior hace que no hagamos bien nada y aunque realicemos muchas cosas, están vacías, pues comunicamos muy poco de nosotros mismos. El encuentro con las personas necesita que nos impliquemos en totalidad. Quienes nos ven o escuchan, tiene que sentir que estamos con todo nuestro ser ahí. Cada persona es única y por tanto merece toda la atención; la relación  con alguien no puede ser un trámite, pues en ese caso nosotros mismos estamos viviendo divididos.

Seguramente tenemos muchas ocupaciones, pero necesitamos hacer cada una como si fuera la única. Hacer alguna cosa y estar pensando en otra, hace que no hagamos ninguna bien, ni las disfrutemos. Al llegar a un lugar es preciso tomar conciencia de las personas que están presentes y comprometernos, a través de la tarea que nos corresponde. Precisamos purificar nuestra intención al empezar, examinar y agradecer al terminar, para habituarnos a vivir intensamente y en unidad.

El ser ordenados en las cosas exteriores nos ayudará a vivir en unidad interior; el disponer el tiempo adecuadamente, es una forma de empezar bien. Cuando llegamos tarde intencionalmente, no terminamos bien lo que veníamos haciendo y además ya no estamos en el contexto adecuado en la nueva actividad. El ordenar los tiempos ya es un  testimonio que hoy los jóvenes admiran.

7- Llenar de esperanza la vida y contagiarla a quien está cerca.

El testimonio tiene un fin trascendente de un valor incalculable; abre al bien que está por llegar o se va a realizar en las personas que nos observan.

En nuestra conducta estamos animados por lo que sigue después y que no podemos cuantificar; es así que nos abrimos a lo infinito y a lo eterno. En la medida que obramos por el salario, reducimos la cualidad de nuestro trabajo y no lo disfrutamos. Cuando nos abrimos a la esperanza todo cambia y ya el trabajo no tiene precio, aunque igual cobremos por una exigencia social.

Quien vive de la esperanza, da testimonio siempre, es optimista por naturaleza y sabe que lo que tal vez no logremos nosotros, seguramente lo alcanzarán otros que trabajan en la misma dirección.

El testimonio con esperanza ayuda  a descubrir las potencialidades que hay en los otros. Intuimos a lo que pueden  llegar a ser aquellos a quienes nos dirigimos. Lo que las personas no pueden imaginar, nosotros con la confianza les podemos ayudar a lanzarse en un proyecto personal de crecimiento ilimitado. Aquí entra en forma decisiva la responsabilidad y la mirada de los padres hacia sus hijos y de los educadores hacia sus alumnos.

Todas estas actitudes o cualidades que necesitamos cultivar para dar testimonio, nos configuran con Cristo, que nos da el supremo testimonio para que tengamos Vida. Siempre supone una radicalidad en nuestra vida, pero donde Él mismo nos da su gracia para que obremos en su Nombre.

Hno. Javier Lázaro sc

 


 

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