El testimonio requiere
vivir la amistad y buscar la verdad

Abril 2015


   Para poder dar testimonio a favor de alguien necesitamos vivir en su amistad  y buscar su bien más absoluto, que explicite la verdad. De esta forma profundizamos nuestra identidad, sin depender de la opinión de los otros o de la aprobación de quienes nos rodean. Dar testimonio supone una elección, que nos ayuda a conquistar la libertad.

   Con frecuencia al tener que dar testimonio en favor de otro, nos puede venir la tentación de intentar minimizar los hechos o de disimular, para evitar el compromiso y el esfuerzo que supone vivir en autenticidad. No podremos ser testigos, cuando intentamos camuflarnos en el grupo o en la masa de la gente, pues ahí mismo nos diluimos en nuestra identidad personal, perdemos las posibilidades de crecer y de ser felices.

   Ser testigos supone una relación personal con los otros, reconociendo la alteridad o diferenciación, que evite toda forma de confusión por dominación o manipulación. Ser testigos supone reafirmar a la persona del otro y en consecuencia se produce una confirmación de nuestro propio ser. El testimonio nos obliga a estar en diferentes roles: uno es cuando observamos un testimonio y otro diferente cuando nosotros buscar ser testigos. Es en estas relaciones, según el papel que nos toque desempeñar,  en la que nos queremos detener para considerar que:

1.     Para ser testigos necesitamos experimentar la intimidad de la amistad. No se trata de hacer una descripción de los hechos externos, como quien ve algo al pasar. Buscamos dar testimonio de alguien en su totalidad, donde se incluyan los sentimientos, las motivaciones, los proyectos, las contrariedades y los ideales más excelsos. Santo Tomás, para ser testigo de Jesús y creer en él, necesitó “ver, tocar y sentir” la presencia de Jesús; para él no era suficiente lo que otros le habían contado. Para que nuestro testimonio sea convincente, a la hora de orientar a los demás, necesitamos experimentar. Si queremos dar testimonio de las virtudes que embellecen la vida, precisamos adquirirlas en el esfuerzo diario, que ya de por sí, se convierte en testimonio. En el desarrollo humano, con frecuencia cuentan más los procesos que llevamos a cabo, que los productos finales que podamos presentar como metas alcanzadas.

2.     Los testigos necesitan percibir las realidades valiosas que se desprenden de la relación personal. Para poder trasmitir algo antes necesitamos cultivarlo dentro de nosotros mismos. Precisamos cuidar la percepción de todos los sentidos espirituales para poder recoger los frutos de las relaciones interpersonales. Esto supone educar y afinar los sentidos interiores, que rodeados de silencio y reflexión nos ayudarán a gozarnos de todo lo valioso que es da en la relación de amistad; sólo entonces podremos comunicar lo que vivimos. Esto supone una intencionalidad, la de centrarnos en las personas. Por eso Jesús pide a sus discípulos “que no vayan de casa en casa”; se trata de que cultivemos las relaciones en profundidad, pues sólo entonces quedamos configurados en nuestro interior y podemos dar testimonio completo de la experiencia que vivimos. En la sociedad actual, con las redes sociales, equivocadamente, nos han hecho creer que nuestra amistad depende de la cantidad de contactos o de la exposición pública de nuestras experiencias. Cuando en realidad no conocemos a quien nos dirigimos y se produce una banalización de lo que pretendemos comunicar. Necesitamos proteger nuestra intimidad, para valorar y acoger lo que los otros nos quieren transmitir y que a su vez nosotros lo podamos presentar a los demás, como algo contrastado por la experiencia personal.

3.     Para acoger el testimonio se necesitan personas preparadas madurativamente y dispuestas a superarse.  Con frecuencia algunos se esfuerzan por ser referentes y mostrar lo mejor de sí mismos, pero quienes observan no tienen capacidad de interpretar los gestos y signos que perciben. En todos los casos se precisa preparar el corazón. Cuando hay lazos de amistad esto se ve facilitado, pues ya existe una empatía y puntos en común que permiten la comunicación más fluida de los sentimientos y compromisos más profundos. El testimonio tiene un lenguaje universal, pero todos necesitamos que alguien ponga en nosotros la inquietud del crecimiento, para que tengamos cierta avidez por lo bueno y sea más fácil prestar atención para acoger lo que se nos ofrece. Ante la falta de compresión de nuestra vida frente a los demás, no tenemos que desanimarnos, la conducta ordenada y ejemplar, a los primeros que nos ayuda es a nosotros mismos. Es muy posible que años más tarde, nuestra perseverancia en el bien, despierte a quienes no lo pudieron comprender en un primer momento.

4.     Damos testimonio en el proceso de realización comprometido de nuestra vida. La comunicación hacia los otros es algo añadido que no nos puede llevar a la vanagloria; la actitud de soberbia, de creernos superiores a los demás, es lo que hace que otros rechacen todo aquello que proponemos. Cuidar la actitud interior, sabiendo que siempre somos aprendices y discípulos en la vida, nos hace cercanos a todos y comprensibles para los más sencillos. La autosuficiencia y la falta de escucha a quien nos quiere preguntar o acotar algo, hacen que nuestro testimonio quede totalmente anulado. El primer ejemplo es la sencillez y humildad frente a nosotros mismos y los demás, reconociendo que todos lo que somos lo hemos recibido. El estar atentos a nuestras actitudes interiores, ya hace que estemos creciendo y madurando, a la vez que damos testimonio.

5.     La gratitud es el testimonio de los humildes que se saben amados y pueden confiar. Damos testimonio como una forma de agradecimiento de lo que recibimos. El testimonio se hace llamado a los otros cuando lo perciben como un desbordamiento positivo de la propia vida y en la medida que perciben que somos personas realizadas. El testimonio se impone por un contagio de actitudes que motivan, abren a un cambio de vida y a la generosidad. No nos imponemos por la fuerza o por el mandato que coercitivamente hacemos. Es la fuerza de la alegría y la apertura a todo lo bueno, lo que nos embellece interiormente y nos hace vivir agradeciendo, sin fijarnos en lo que nos falta. Cuando somos agradecidos lo hacemos confiando que vamos a tener la fuerza para vivir gozosamente en todo momento. No significa que lo tengamos todo previsto o calculado; los que agradecen reconocen que su vida es un continuo fluir de dones y que por tanto en cada momento tienen lo necesario, pues llega providencialmente. Éste testimonio básico hace que infundamos en los demás la confianza para que puedan caminar sin desánimos.

6.     Pretender ser testimonio supone que vivimos  reconciliados con los otros. Difícilmente podemos llegar a los demás si no los aceptamos o no perdonamos sus debilidades y limitaciones. Para poder estar positivamente necesitamos olvidar las diferencias que se puedan tener. El perdón es el deseo de devolver nuevamente todas las posibilidades para que el otro pueda crecer. Quienes no perdonan viven encadenados y desean hacer lo mismo con los demás. El perdón es el testimonio más fuerte de aceptación hacia los otros y de sanación personal.  Abrirnos a  esta actitud es lo que nos abre las puertas para poder entrar en el corazón de los hermanos. A su vez, perdonar es sabernos perdonados y rehabilitados para dar testimonio en todas las formas. Tal vez alguna vez pensamos que sólo pueden dar testimonio los “perfectos”; pero no es así, sólo podemos dar testimonio cuando participamos de la santidad de Dios. El cielo está lleno de pecadores arrepentidos, que han acogido el don de Dios en sus vidas. Necesitamos dar testimonio de que la iniciativa para hacer el bien siempre viene del Espíritu y no nos pertenece por nuestros méritos. Poder ser testimonio supone vivir en la amistad con Dios.

7.     El testimonio bueno se conoce por los frutos que produce. No podemos pretender sacar “higos de los espinos, pues sólo el árbol bueno produce frutos buenos”. Conocemos a una persona por los frutos que busca con su vida. Las apariencias y las palabras pueden ser espejismos en el desierto de la desorientación. Observar la trayectoria y ver la coherencia es lo que nos puede convencer e impulsar a seguir un camino. Quienes nos ofrecen las cosas fáciles, sin esfuerzo, en cierto modo ya nos conducen a desconfiar. Lo bueno supone un esfuerzo arduo y perseverante. “Quien quiera seguirme que todo me su cruz y me siga”.  Necesitamos conocer a las personas que nos ofrecen su testimonio para poder distinguir, discernir y elegir lo que es bueno. Quienes no pueden ofrecer un testimonio armónico en todos los aspectos de su vida, aunque hagan algunas cosas buenas, quedan devaluadas y relativizadas, pues no son acompañadas con la coherencia de vida. Es preciso que a la hora de elegir a alguien como prototipo a seguir veamos que reúne todas las virtudes que lo hacen atrayente para nuestro proyecto de vida.  A su vez, para ser testimonio necesitamos integrar todas las dimensiones personales para que quienes nos ven no queden confundidos.

   El testimonio supone una apertura hacia los otros, que nos obliga a salir de nosotros mismos y nos permite estar al servicio de los demás. Con el testimonio no buscamos que nos aplaudan o una recompensa, pues en ese caso, nuestros actos ya quedarían  prostituidos; queremos ser testimonio para acompañar a los otros a caminar hacia su realización plena; pero además, como estilo de vida que nos hace felices, pues siempre nos conduce al bien. No se busca protagonismo o ser más que los demás; el testimonio es una forma de estar con los hermanos y transmitir los dones que hemos recibido con agradecimiento.

                                                       Hno. Javier Lázaro

 


 

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