El testimonio

se orienta al bien de los otros

Mayo 2015

 

El testimonio se orienta al bien de los otros Proponernos dar testimonio supone tener una mirada atenta a lo que necesitan los otros, quienes nos pueden observar, para tratar de mostrarles un estilo de vida realizada. No se trata de hacer una sobreactuación o dejarnos llevar por la vanidad. El testigo no es autorreferente, se orienta a alguien superior, a un ejemplo acabado y pleno; en nuestro caso todo testimonio siempre remite a Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida.

La persona se realiza cuando está orientada al servicio de los demás. Salir de nosotros mismo, para acompañar a los otros, nos permite crecer indefinidamente, con las potencialidades de aquellos a los que servimos, pero sin apropiarnos o dominar a nadie. No se trata de proporcionarles todo lo necesario materialmente hablando, pues nos cansaríamos rápidamente y no tenemos los medios para llegar a tantos. En lo material sólo nos fijaremos en que tengan satisfechas las necesidades que hoy llamamos básicas: la comida, el vestido, la valoración, etc.

Aquí nos estamos refiriendo a las necesidades morales y espirituales, que por tener la fuente de la solución en Dios, no se acaban nunca y que nos comprometen diariamente, en acciones concretas:

1. Ser testigos supone estar en una formación continua. Así buscamos expresar de la manera más didáctica lo que los demás necesitan. Es un trabajo de estudio y discernimiento para adaptarnos a la realidad. Con frecuencia decimos que hacemos las cosas bien, pero no son comprensibles para quien nos observan. Necesitamos explicar los ritos y gestos que hacemos, pero que poco a poco han ido perdiendo significación para nosotros mismos y con más razón para quienes están en formación. Cada uno tenemos un “yo” personal, con una estructura de pensamiento diferente, condicionado por el propio carácter y la historia emocional; es preciso interpretar las necesidades, sanar las heridas y luego sí mostrar con el testimonio de la vida dónde se puede llegar. Más que pretender ser maestros, precisamos ponernos en la actitud de discípulos, aunque tengamos que enseñar a los niños o jóvenes.

2. Los testigos necesitamos la apertura para dejarnos sorprender por otras vidas. No nos creemos autosuficientes, buscamos caminos en otras personas. La virtud de la humildad se hace necesaria para poder acercarnos a los otros y dejar que nos enseñen. Este mismo proceso ya es un ejemplo para quienes nos ven. La ocupación y el empeño que tenemos para buscar alternativas, la sinceridad para reconocer las limitaciones, la ayuda que solicitamos cuando no podemos, la valoración de las cualidades de quienes nos rodean, etc., son expresiones de un testimonio que facilita las relaciones interpersonales y que nos hacen más accesibles. Quienes nos creemos con la responsabilidad de dar testimonio, precisamos cultivar la capacidad de sorpresa para acoger con cariño lo que otros, que han aprendido de nuestro testimonio, han adquirido o conquistado, y que es posible que lo hayan superado. Por el mismo hecho de haber encarnado una virtud en otras personas tiene una originalidad, que no podemos predecir y por tanto tenemos que admirar.

3. Quienes damos testimonio no nos cansamos de hacer las cosas bien. No es una virtud que admita pausas o momentos de ir en la dirección contraria, pues todo quedaría desacreditado. El testimonio es una forma de fecundidad espiritual que no se agota en una actividad concreta; siempre tiene sentido, aunque parezca que nadie da importancia a lo que hacemos. La perseverancia nos va configurando, y lo que parecen gestos aislados, en un momento determinado nos da una forma de ser, que se vuelve testimonio para los otros. Nuestro testimonio también está motivado porque tenemos la certeza de que nos realizamos como personas, al estar abiertos a las demás como personas (opuesto a individuos de una especie o una cosa). Nadie puede decir de ahora en más los otros no me importan. Es una prioridad el encuentro con los otros.

4. Necesitamos agradecer a los otros que nos exigen una determinada forma der ser. No se entiende una persona sola. Existimos en cuanto estamos con los otros, cada uno con su particularidad. Las mujeres tiene su propia identidad porque existen los hombres, que necesitan que sean de una determinada manera, según su sexualidad; a su vez los hombres existen, porque las mujeres con su presencia y su carácter propio, ayudan a que seamos con la identidad propia de la masculinidad. Los padres necesitan a los hijos. Vivimos la fraternidad, porque gracias a Dios existen otros hermanos. Cada uno es frente al otro. Por la calidad de las personas, nos exigimos corresponder de una forma acorde a lo que necesitan; los docentes se desarrollan en su profesión y vocación, porque existen los alumnos que esperan de ellos lo mejor de sí mismo en su testimonio personal y profesional. Sólo de esta forma dejamos de percibir a los otros como una carga o tarea; al contrario, podemos descubrirlos como una posibilidad que ayuda a sacar – extraer lo mejor de nosotros mismos.

5. Las diferencias son posibilidades de crecimiento. Cada uno tenemos nuestra identidad, que necesitamos profundizar para que los otros puedan adquirir la propia. La variedad de formas de ser según las personas, es un enriquecimiento que en cierto modo nos obliga a dar una respuesta adecuada a lo que manifiestan, siempre en vista a su bien. El respeto a las diferencias es un testimonio valiosísimo y que contribuye al crecimiento. La masificación, pretendiendo que todos seamos iguales, está muy influenciada en nuestra sociedad por la teoría de género, donde las diferencias se ven como un problema, en lugar de descubrir a qué estamos llamados cada persona, según la vocación recibida.

6. El testimonio nos compromete a ser nosotros mismos y ayudar a los demás a profundizar en su ser personal. En la medida que tratamos de manipular a los demás para que sean como nosotros, nos estamos mostrando con miedo y nos quedamos en un raquitismo psicológico y espiritual. El testimonio es un indicador de la madurez alcanzada, pues supone explícitamente un reconocimiento de la propia dignidad y la de los demás. Quien da testimonio sincero, no pretende forzar a nadie a que actúe de la misma manera. El testimonio supone un respeto sagrado por la libertad y ve como un gesto grandioso de los otros las acciones que tratan de hacer por sí mimos, aunque no conozcamos sus motivaciones.

7. El testimonio pone como prioridad el servicio en la entrega y la acogida, que como consecuencia alienta a los otros hacia el bien. Como hemos dicho más arriba la persona es constitutivamente relacional y expresa esta realidad en la entrega y la acogida. Por tanto el objetivo no es un ideal puritano centrado en uno mismo. Dar testimonio supone entrar en comunión con los otros y acoger lo que nos quieren entregar como don de sí mismos. Desde esta perspectiva tiene una dimensión activa y otra pasiva. Necesitamos amar y dejarnos amar. Para que los otros puedan expresar su entrega también necesitan nuestra disposición de acoger todo lo bueno que nos quiere donar. En cierto modo es una manera de quedar en una deuda, que vivimos como agradecimiento, comunicación y deseo de correspondencia.

8. El testimonio nos conduce a la coherencia y la esperanza. No dejamos de ser ejemplo para los demás aunque ya hayan decido tomar un camino contrario a lo que nosotros vivimos. Siempre estamos pendientes de la ayuda a los otros, aunque no la acepten, estamos convencidos de que el bien a los primeros que realiza es a nosotros mismos y nos conduce a la alegría interior. La motivación última del testimonio no son los resultados. El testimonio siempre está envuelto de fecunda esperanza. Lo que nosotros no percibimos en las otras personas, es posible que dé fruto más adelante y no nos demos cuenta. El bien siempre produce cambios positivos, aunque pueden ser diferentes de los que habíamos pronosticado. Quienes pretendemos ser testimonio miramos hacia adelante, en la dirección de lo bueno que puede llegar.

9. El testimonio no juzga o condena a nadie que obre diferente o nos rechace. En el caso que despreciemos a los otros, ya nuestro testimonio queda totalmente devaluado y desacreditado. Necesitamos amar a las personas a las que dirigimos nuestro testimonio, aceptándolas como personas, aunque no estemos de acuerdo con algunas de sus acciones. El terreno bien abonado para que el testimonio sea fructífero es aquel donde se sienten todos aceptados. Cuando hacen comentarios de nuestra conducta, que en un primer momento nos desagradan, necesitamos aprender a ponernos contentos, pues de alguna forma ya nos están considerando. No se trata de que provoquemos la confrontación, pero si es positivo que los otros nos cuestionen. Con el tiempo, tal vez los años, seguramente terminaran haciendo lo que proponemos. Recordemos como muchos de los consejos de nuestros padres, que en su momento nos enfurecían, hoy los repetimos, después de haber alcanzado la madurez necesaria. Con San Pablo, necesitamos convencernos que debemos dar testimonio a tiempo y a destiempo, en todas las condiciones, cuando lo aceptan o lo rechazan.

10. El testimonio está orientado a los otros pero siempre buscamos la aprobación de Dios. Él es en definitiva quien va juzgar la sinceridad y autenticidad de todas nuestras acciones. Los que nos rodean perciben una parte muy insignificante de lo que pasa en nuestro corazón. La realización de muchas acciones puede estar vacía de contenido testimonial, pues no hay una implicación personal; aunque parezca que los otros no lo perciben, si logran intuir nuestra vacío cuando miran nuestros ojos o se fijan en algunos de los gestos que nos definen.

Necesitamos conquistar la posibilidad de estar solos para aprender estar con los demás. El tiempo que dedicamos a estar con nosotros mismos nos ayuda al encuentro con los otros. La mayoría de las acciones donde se implica nuestro ser, siempre se generan en actitudes que vamos consolidando en el silencio. La relación de aceptación de uno mismo es el camino para acoger al otro.

Donde no alcanzamos a dar testimonio de entrega, mirando a Cristo, Él completa todo lo que no alcanzamos. Tampoco tenemos que pensar en un testimonio desde la brillantez de los hechos o el aplauso; es un gran testimonio ser humildes y aprender a levantarse pidiendo perdón a quien hemos podido ofender, ya sea el hermano o el Padre.

                                                       Hno. Javier Lázaro sc.

 


 

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