En la fraternidad nos ayudamos solidariamente

(Julio 2017)

 

   

Al hablar de la necesidad del examen del día, hacíamos referencia a la corrección fraterna: “El examinarnos nos ayuda a ver la responsabilidad que tenemos con respecto a los demás”.  Jesús quiere que detengamos la atención en la mansedumbre y la humildad, como camino de encuentro con Dios y los hermanos.

Hoy reflexionamos sobre la necesidad de” ser custodios de los hermanos”. “Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano” (Mt 18, 15).

Por estar bautizados formamos parte de la Iglesia, participamos de su identidad como sacramento de salvación. Entendemos la Iglesia por la presencia de cada uno de los bautizados, que estamos unidos a Cristo, nuestra cabeza. Ya desde los primeros siglos se elegía vivir en comunidades cristianas, como forma y expresión clara para vivir la fraternidad. 

La vida cristiana supone caminar con los hermanos. Es Cristo quien nos reúne y se hace presente en medio de nosotros. En la diversidad, vivimos la comunión que nos da la unidad. Como Sacramento de salvación en la Iglesia vivimos abiertos al misterio de la gracia de Dios y la apertura hacia todos los hombres. Pero para concretar el ideal que nos propone Jesús, “Y todos ustedes son hermanos” (Mt 23,8), necesitamos explicitar la ayuda concreta a los otros, con los que tenemos cerca, con los que compartimos la cotidianidad. Por eso nos proponemos:  

1.     Descubrir y celebrar que somos amados.

Dios nos ha creado a su imagen y semejanza. Ha pensado y amado a cada uno desde antes de la creación del mundo. Tenemos una forma particular de encuentro con Él, que nos hace singulares, distintos e infinitamente valiosos. La filiación divina nos da una identidad en el mundo y nos hace hermanos.

Estamos abiertos a toda la variedad de las obras de la creación. “Dios vio que esto era bueno” (Gn 1,21). En la oración cantamos las maravillas de la creación, en el prefacio de la misa celebramos y vivimos la historia de la salvación de la humanidad… Estás acciones de alabanza y agradecimiento se continúan en la vida diaria al mirar y convivir con los  otros, descubriéndoles como hermanos.  

2.     Nuestra dignidad nos viene dada por Dios.

El hecho de ser ser imagen de Dios nos da un ideal de vida para buscar alcanzarlo y parecernos al Padre, que es tres veces santo. Pero la semejanza nos pone en camino hacia Cristo, que ha venido a la tierra y se nos ha manifestado como el hombre perfecto.  A la hora de rezar nuestro proyecto de vida necesitamos mirar a Cristo, Él nos muestra la Padre y a la vez nos lleva hacia Él. Hemos sido revestido por Cristo; injertados en Cristo. Del mismo modo que Rebeca, la madre de Jacob, lo reviste con pieles, para que pueda recibir la bendición de la primogenitura de su padre Isaacc, en lugar de Esaú. Del mismo modo nuestra dignidad no nos viene por la características físicas, ni las particularidades biológicas, ni por la capacidad de hacer, ni por el coeficiente intelectual, ni por la voluntad de emprender grandes proyectos… La dignidad nos viene por ser personas, llamadas a un destino eterno. Dios nos comunica este valor infinito y sostiene nuestro ser.  Esto independientemente de las salud o limitaciones que percibimos cada día.  

3.     La aceptación incondicional.

La mansedumbre nos permite percibir los tiempos de Dios y admirar la forma de ser y hacer de los otros. Gracias a la manera de expresarnos, a la historia de pecado que nos lleva a la misericordia divina, a los sentimientos que experimentamos y a la respuesta al llamado, hoy vivimos la fraternidad, podemos vivir la entrega y Dios nos escucha la oración que hacemos juntos.

La humildad nos ayuda a aceptarnos tal como somos. «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra» (Jn 8,7). Jesús mira las posibilidades que tenemos de caminar en su amistad; fija su atención en lo  bueno. «Tú no estás lejos del Reino de Dios» (Mc 12, 34). Así también  nosotros somos responsables de hacer sentir bien a quien está con nosotros. En este servicio está nuestra alegría. “Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,40). 

4.      Ayudarnos en el crecimiento espiritual.

El encuentro personal con Cristo nos lleva a la plenitud, nos abre a las realidades del cielo, nos permite vivir la paz y la alegría. Nuestra misión es la de ser Sal y Luz en el mundo. Las comunidades educativas a las que estamos necesitan que seamos testigos de Cristo“No son del mundo, sino que yo los elegí” (Jn 17, 16).

Hoy estamos informados de todo lo que pasa en el mundo, pero podemos ser ignorantes de cómo se encuentra el prójimo: un compañero de trabajo, un alumno, un padre o un hermano. Algunas veces no nos atrevemos a preguntar: “¿Cómo te sientes?” o a decir “¿qué te preocupa?”. El otro necesita que le comuniquemos la paz de Cristo; precisa que estemos a su lado y sienta que puede confiar; pues todo lo que diga o manifieste lo vamos a escuchar y acoger con respecto sagrado.

Siempre podemos hacernos cercanos y abrir a la esperanza, expresando el agradecimiento y alegría de sabernos amados de Dios. Nuestra mirada de fe puede despertar en los otros el deseo de seguir creciendo y confiar.  

5.     Orar por los otros.

Rezar por los otros nos lleva a: acogerlos interiormente; nos permite mirarlos con aprecio, nos ayuda afectivamente a descubrirlos como hermanos; nos sirve para conocernos a nosotros mismos; “saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mt 7,5); nos inspira la palabra oportuna; nos permite escuchar en nombre de Cristo; nos impulsa a expresar y agradecer los valores que tienen los demás...  

6.     El encuentro comunitario

La oración con los otros, contribuye a sostener la oración personal. El respecto sagrado que vivimos en la capilla o parroquia, a través de los gestos, las posturas corporales, del silencio, el fervor en la participación, nuestro tono de voz, la sintonía que manifestamos en las rubricas y ritos de la celebración de la misa,  nos permiten experimentar el sentido de pertenencia a la familia de Dios y nos da el gozo de vivir en su  alabanza.

En el compartir la Palabra, también se manifiestan las preocupaciones personales  o de la misión que tenemos encomendada. “Les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá” (Mt 18,19). Generar el ámbito para la oración ayuda a que expresemos aquello que nos supera y nos permite acoger la gracia que Dios nos quiere dar. En el clima de oración es fácil continuar en fraternidad en los otros tiempos de trabajo o de celebración, pues sentimos la presencia de Cristo.  

7.     El cuidado llega a todos las dimensiones de la persona.

Cuidar al otro no es algo superficial, tiene en cuenta todo lo que le puede llevar a ser más persona y vivir en plenitud. Abarca el cuerpo y el alma. Las personas que se quieren a la hora de elegir algo tienen presente lo que necesita el otro. Esto se demuestra a la hora de hacer las compras; cuando sabemos que algo hace mal a los demás no lo llevamos. Imprimimos a nuestra vida un espíritu solidario que nos hace cercanos a los demás y nos lleva a vivir la fraternidad. Pero también llega al testimonio y el ejemplo de vida. Nosotros que somos educadores, docentes o padre, ¡Cuántas cosas  hacemos para que los niños y los jóvenes vayan a aprendiendo! Cuidamos nuestro vocabulario, la forma de referirnos a los demás, evitamos juicios, descubrimos y señalamos los positivo de cada uno. Dejamos de hacer algo que pueda ser mal interpretado o mal entendido. Llamamos la atención con cariño, cuando sabemos que algo nos lleva por el mal camino.  

8.     Evitamos el protagonismo.

Cuando hacemos algo por los demás, evitamos el protagonismo personal. En todo momento hacemos sentir que el otro puede por sí sólo, para que cada vez se esfuerce más y más, para desarrollar todas sus capacidades. En la medida que buscamos aparecer en el primer plano en el  crecimiento del prójimo, le estamos marcando su debilidad o incapacidad. Es importante señalar aquello que cada uno hace por sí mismo, pues así potenciamos el deseo de seguir avanzando. Aunque tan sólo sea el esfuerzo y no sean visibles los resultados ya estamos descubriendo una buena predisposición para llegar muy lejos. El educador no busca el aplauso de los demás, sabe ver más allá del reconocimiento externo, tiene la satisfacción de ponerse en el lugar del otro, de haber descubierto sus potencialidades y animar a seguir desarrollándose. Sabemos que en el proceso educativo se da una complementariedad entre el niño o el joven y el educador. Ambos se necesitan. Quienes educamos sabemos que realizamos la vida en la entrega desinteresada y el premio está más allá de esta vida. Estamos realizando una obra de misericordia que nos abre a las realidades eternas.  

9.     Lleva al cultivo de las virtudes.

Buscar el bien del otro supone siempre ayudar para que llegue a la virtud, a la práctica de las hábitos buenos que lo conducen a la alegría. Supone esfuerzo y lucha interior. Uno mismo trata de ser virtuoso para poder educar a los otros en el mismo camino. Abarca todos los tiempos y lugares, cuando estamos con los demás o nos encontramos solos. Las experiencias interiores se traslucen hacia el exterior y las miradas cándida de los niños siempre las reinterpretan para su propio estilo de vida. Los padres son padres siempre y los docentes siempre tenemos presentes a los alumnos. Todo se planifica en función de su crecimiento como personas. 

10 Acompañar a otros requiere tener en cuenta su caminar.

No todos somos iguales. Cada uno tiene su personalidad, que nos lleva a tener unos ritmos de vida y formas de hacer las cosas. Además unos dan demasiada importancia a algo y otros lo relativizan. Es necesario que se dé una comunicación fluida y llena de confianza, donde cada uno exprese lo que siente o las motivaciones que tiene. La falta de diálogo sincero lleva a la tensión y a frenar procesos de crecimiento. Necesitamos entrenarnos para hablar con los otros, aprender a escuchar es la norma fundamental. No podemos dar nada por supuesto. La escucha o el expresar lo que pensamos, es la mejor inversión del tiempo, pues nos permite ponernos en el lugar del otro y trabajar desde su realidad. Sólo entonces podemos ayudarlo. El quedarnos mudos o callados, dejando que las cosas trascurran, simplemente hace que todo se complique cada vez más. Cuando nos comunicamos, unimos sinergias  y somos capaces trabajar apoyándonos en las capacidades de los demás.

Hno. Javier Lázaro sc

 

 

 

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