Jesús comunica los tesoros de su Corazón
a los pequeños y sencillos

Junio 2014


Jesús se emociona ante los niños y los humildes que pueden acoger el amor que nos comunica el Padre. “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Mt11,25).

Jesús quiere comunicarse con todos los corazones, pero no cualquiera acepta su propuesta para vivir la libertad en la verdad y el amor. Necesitamos generar ciertas condiciones interiores, que preparen el terreno para acoger la semilla  del Reino.

Los pequeños y sencillos son quienes tienen el empeño de vivir el amor de Dios y por tanto ser plenamente felices. Los pequeños y sencillos, son los que: buscan el bien de la forma más limpia, se dejan enseñar con docilidad, eligen la voluntad de Dios, viven del asombro ante los acontecimientos simples, usan los cosas desprendidamente, son dóciles para escuchar, tienen la palabra oportuna, se mantienen firmes en la dificultad, inclinan su corazón ante la bondad infinita, se dirigen compasivamente hacia los más débiles y sufren con el sólo pensar o imaginar su vida alejados de la amistad de Dios.

Jesús es la Palabra, es la comunicación de Dios hacia los hombres. En forma permanente Él está llegando a nuestra vida, con las formas más sutiles. “La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1,9). En un momento determinado de la historia Jesús entra por María, pero después que se ha  establecido el hilo conductor entre el cielo y la tierra, la comunicación es continua. “Todos los que le recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,12).

Para acoger lo que Jesús nos quiere comunicar necesitamos educar el corazón, para que esté atento, sediento de las cosas espirituales, que quiera ser sanado, que desee ver con la luz de la fe, que busque caminar en la verdad, que rechace toda forma de violencia y aborrezca con todas sus fuerzas el pecado.

El corazón es el que puede sintonizar y acoger lo que Jesús nos quiere comunicar. Pero necesitamos rodearnos de un clima de silencio, de recogimiento interior, preparar el oído espiritual, para descubrirnos ávidos de los tesoros de su Corazón. Los modernos medios de comunicación pueden ser un problema, manteniéndonos informados superficialmente e impidiéndonos reconocer los sentimientos profundos del alma. Con frecuencia la falta de este encuentro personal con Dios nos impide saber quiénes somos y para qué estamos en la vida; entonces nos afanamos por lo efímero y vivimos la tristeza existencial.  

Algunos de los tesoros que el Corazón de Jesús nos quiere comunicar (que son los mismos frutos del Espíritu Santo), son: el amor, haciéndonos sentir que somos únicos y amados desde siempre y para siempre; la alegría, que nos hace felices en la práctica de la caridad y en el servicio a los demás, viviendo jubilosos aún medio de las dificultades; la paz, como gozo por todo el conjunto de dones recibidos y la confianza de que podremos  realizar la vocación a la que somos llamados; la paciencia, para soportar las contrariedades y con la firme convicción de que llegaremos a alcanzar el bien; la solidaridad, que nos impulsa a la generosidad permanente, aun cuando nos veamos contrariados por aquellos que deseamos ayudar; la delicadeza en el trato, expresando siempre afabilidad en el hablar y en la forma de actuar; la bondad, como fruto de la unión con Dios, que nos lleva a ayudar al prójimo buscando siempre acompañarlo en su crecimiento; la mansedumbre, para frenarnos cuando se hace presente el sentimiento de ira, para ofrecer la dulzura en la mirada; la fidelidad, para cumplir la palabra dada y buscar la forma de responder cada día más santamente y libremente a los compromisos asumidos; la modestia, para ayudarnos a cuidar la interioridad, que nos obliga a estar atentos a la forma de vestir y a evitar mirar las cosas que puedan ofender la pureza del corazón; la continencia, como moderación en la inclinación que sentimos hacia el placer, buscando en todo siempre la gloria de Dios, para descubrir el valor infinito que tenemos como personas; y la castidad, valorando la dignidad de corazón, cuidando la intimidad en las relaciones con Dios y los demás.

Hay muchos que rechazan los tesoros del Corazón de Jesús, pues no quieren asumir su estilo de vida como proyecto. Los falsos dioses (el dinero, el placer, la fama y el poder) nos impiden distinguir el infinito bien que es Dios en nuestras vidas. Estos ídolos nos entorpecen la mirada, encandilan el espíritu por la inmediatez y el facilismo que aparentemente nos ofrecen, para finalmente dejarnos vacíos. Así nos llevan a entrar en una carrera, sin saber dónde vamos, para conseguir rodearnos de cosas o conquistas personales, de muy corto plazo y en forma interminable (que en definitiva son el indicador de lo caduco que es todo esto que se nos ofrece). Ante los ojos de los demás, estos que viven el vértigo del momento, son los triunfadores (sabios y prudentes), pero en realidad son ciegos y sordos; que no pueden ver, ni oír, ni gustar, ni sentir la vivencia de la verdadera amistad, pues no terminan de conocerse, ni aceptarse a sí mismos, pues todavía no se han sentido amados.

Los tesoros del Corazón de Jesús, no pasan de moda, porque Él es el Señor del cielo y de la tierra. En forma permanente la creación nos está hablando de su presencia y su cuidado amoroso. El paso de las estaciones nos señala cómo nos acompaña y su deseo de que colaboremos con el cuidado de todo lo creado.

La libertad la realizamos en la búsqueda del bien. Jesús es plenamente libre, al poder elegir la voluntad del Padre y entregarnos su vida en la Cruz. Nosotros no podemos confundirnos a la hora de elegir, pues lo que parece más fácil, puede ser que finalmente nos deje vacíos de sentido.   En otras oportunidades, hacemos esfuerzos sobrehumanos por destellar en este mundo,  cuando en realidad Jesús nos llama simplemente a vivir en su Corazón y vivir en su amistad.

En esta lucha interior por elegir siempre lo bueno, podemos sentirnos confundidos, pues el mundo nos presenta bienes aparentes, que si no los preferimos parecemos seres de otra galaxia. “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí” (Rom 7,18-19). En las decisiones que debemos tomar percibimos en nuestro interior una lucha interior. Es ahí donde Jesús también nos invita a que lo sigamos para que descansemos en Él. “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana»” (Mt 11,28-30).

Hno. Javier Lázaro

 

                                                                            

 

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