Jesús es Maestro,
a través de la humildad y la mansedumbre
(Sagrado Corazón 2011)


“Aprendan de mí,
 porque soy manso y humilde de corazón,
y así encontrarán alivio” (Mt 11, 29).

Jesús nos abre su Corazón, para que sea el refugio seguro para el  nuestro. Nos invita a fijarnos en dos virtudes que embellecen a la persona, que hacen posible la paz y la alegría más profunda: la mansedumbre y la humildad.

Jesús nos enseńa, se convierte en el Maestro a través del ejemplo, al que podemos imitar y seguir. Nos pide que aprendamos de él. Nos sorprende su método, ya que siendo Dios se abaja a la condición humana y asume todas nuestras limitaciones, menos el pecado. Su paso por la tierra nos habla de la fuerza de la mansedumbre y la humildad.  Siempre se mantiene obediente al Padre y elige la humildad como camino de encuentro  con los demás. Se olvida de sí mismo, para tener la libertad de hacer siempre la voluntad del Padre.

Es manso para poder acogernos en su Corazón, nos quiere  regalar su amor infinito, aunque lo hayamos herido con nuestra soberbia y autosuficiencia. Con su mansedumbre sin límites nos puede esperar siempre y se hace omnipotente curándonos con su misericordia.

La mansedumbre de Jesús se convierte en el mejor libro para nuestro corazón. Se hace cercano a todos y sólo desea hacernos escuchar su voz para gustar la dulzura de su llamada. Se hace presente en el silencio y educa  nuestro oído para que apreciemos su cercanía. Cuando observamos su mansedumbre nos llenamos de luz, pues nos permite percibir otra forma de encontrarnos con los demás.

Su Corazón manso siempre está dispuesto a acogernos, no se hace eco de la indiferencia o el desprecio. Sólo responde con la ternura del amor. Se convierte en el modelo de todas nuestras relaciones humanas. Quiere que su modo de ser, lo llevemos a todos los ámbitos, para que podamos vivir la fraternidad y la paz interior.

La mansedumbre hace que muera por amor, dejando su Corazón abierto, para que podamos entrar a recibir su Vida. Su humildad pone al descubierto la debilidad de Dios, la infinita misericordia. Es esta entrega sin límites de Jesús la que hace que podamos vivir confiadamente, pues sabemos que siempre sale fiador y defensor de nuestra debilidad.

Esta desbordante compasión de Jesús, nos impone la correspondencia. Debemos responder con  una generosidad sin límites, ejercer la libertad, para que nuestro único deseo sea  aceptar su amor y amar a los demás.  Aunque parezca que estamos lejos, empecemos pidiendo: “Jesús manso y humilde de Corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo”.

 

Hno. Javier Lázaro

 


 

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