Jesús se entrega hasta el extremo

(junio, mes del Sagrado Corazón 2015)

 
 
  Jesús se entrega hasta el extremo (junio, mes del Sagrado Corazón 2015) La Iglesia, con motivo de la fiesta del Sagrado Corazón, nos invita a contemplar el evangelio de Juan 19,31-37. Es este texto el que inspira fundamentalmente nuestra espiritualidad. Necesitamos detenernos para mirar a Cristo en la Cruz. En esta escena podemos distinguir siete momentos que en forma procesual nos introducen en la contemplación del Corazón abierto de Jesús:

1. “Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato… para que el cuerpo no quedara en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne” (Jn 19, 31).

La expresión máxima del amor de Dios molesta a quienes no están dispuestos a corresponder, no toleran que Jesús nos ame tanto: “hasta el extremo” y “hasta dar la vida por sus amigos”. Esto mismo nos sucede cuando nos negamos a responder a su amor, buscando hacer las cosas a nuestra manera, sin comprometernos, viviendo en forma superficial y por tanto no toleramos que otros hagan explicita su fe en Cristo crucificado.

Hacer pública la fe, que nos permite entrar en comunión con Jesús, nos puede alejar de los otros. Las manifestaciones religiosas, procesiones, peregrinaciones y celebraciones, el simple hecho de verlas o escucharlas puede producir en muchos rechazo, pues Cristo en la Cruz también lo produjo en sus contemporáneos. Estas manifestaciones profundizan la dimensión profética de nuestra vida y anuncian el destino eterno junto al Padre por toda la eternidad; pero hay son demasiados que no pueden oír del amor de Dios, pues quieren convencerse que sólo merece la pena el aquí y el ahora. Nuestro testimonio de seguimiento de Cristo y su presencia en el signo de la Cruz, son signos elocuentes del amor de Dios y de que nuestra patria definitiva es junto al Padre.

Jesús ya ha anticipado su Pascua en la Última Cena y ahora la está celebrando plenamente en la entrega más absoluta en la Cruz. Necesitamos ponernos al pie de la Cruz y del sagrario para que Cristo cambie nuestro corazón y vivamos la Pascua interior. Solo así podemos hacer realidad lo que repetimos tantas veces: “Jesús manso y humilde de Corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo”.

2. “Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas”
(Jn 19,32-33)
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Jesús es el Cordero, la ofrenda perfecta al Padre, por eso no le quiebran ningún hueso. A los otros condenados les rompieron las piernas para acelerar su muerte. Jesús entrega su espíritu libremente por amor, quiere realizar el desposorio perfecto con su esposa, la Iglesia. Su inclinar la cabeza es entrar en el sueño para que el Padre, como Creador, saque de su costado a la nueva Eva, la Iglesia. Se inclina para mirarnos compasivamente y darnos vida en abundancia.

Ya sólo espera nuestra respuesta confiada y generosa. Él acoge lo que le podamos dar: el amor que nuestro corazón puede expresar en la fraternidad y en la adoración.

Aunque lo vemos muerto, sólo es una actitud pasiva en función de entrar en comunión, que espera nuestra respuesta activa a su entrega total. De hecho el amor nunca muere, siempre se prolonga más y más en los demás. Es lo que ha hecho Cristo, su vida se prolonga en nuestra entrega.

El verlo muerto, ya nos crea la expectativa y el impulso de que también lo tenemos que buscar resucitado. En Cristo la muerte no es el final, sólo el principio de algo nuevo, totalmente renovado. Lo podremos reconocer, cuando dejemos que Él pronuncie nuestro nombre y entendamos que estamos en su Corazón. Él nos ha dado un espíritu nuevo, donde nuestras gargantas se llenan del aíre del júbilo y la alabanza.

3. “Uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza” (Jn 19,34a).

Jesús muere, pero deja que su Corazón sea visible para que lo toquemos y lleguemos a Él espiritualmente. Dios sabe de la búsqueda de sentido del hombre. Dios se deja alcanzar y encontrar cuando lo buscamos con sinceridad. Esta “abertura” nos permite entrar en el misterio de Dios que nos muestra su debilidad: el amor infinito que nos tiene. Jesús deja su pecho abierto, para que entremos y sintamos el fuego de su amor que da sentido nuestro vivir. Misteriosamente el soldado, con la lanza (instrumento de muerte) nos abre el camino que nos conduce a la Vida.

Nosotros también necesitamos atravesar y cambiar la mentalidad para saber pasar del yo al nosotros. El proyecto personal lo tenemos que pensar en plural. Al mirar al traspasado sentimos que todas las heridas que nos dividen quedan sanadas, pues Jesús muere por todos.

Con frecuencia, las lanzas son nuestros pecados, pues hieren su Corazón. Él no se aparta, quiere hacernos ver la destrucción que producen las ofensas en nosotros mismos y en la dignidad de hijos. Al contemplar al soldado que atraviesa el costado de Jesús, percibimos como nuestro corazón queda mutilado para acoger el amor del Padre. Es su Corazón el que nos manifiesta el valor de nuestro corazón y la vocación a la que somos llamados. Pero su Corazón, frente al pecado es activo, haciendo más patente su misericordia y dándonos signos de una entrega sin fin.

4. “Enseguida brotó sangre y agua” (Jn 19,34b).

En el desierto Moisés golpeó la roca dos veces para que brotara agua. Aquí es al instante que brota la sangre, símbolo de la Vida, y el agua, que es anticipo del bautismo. Jesús es el manantial que no se agota, es el “agua viva” que hace que nos convirtamos en “fuentes que manan de nuestras entrañas para los demás”. Este brotar, fluir con ímpeto, nos indica la generosidad de Dios con los hombres, la celeridad de su respuesta a nuestros deseos.

La sangre que fluye hace visible en forma sobreabundante que “Dios es amor”. Jesús nos transfunde su vida haciendo patente la declaración solemne: “Yo soy el Pan de Vida”. Comer a Jesús en la Eucaristía es la posibilidad de dejarnos transformar para formar una sola carne con Él.

El Agua y la Sangre, son la expresión de la vida Nueva. Son signo del grano de trigo que cae en tierra, que muere, pero que da mucho fruto. En este derramarse, nacemos nosotros como otros cristos para el mundo. Nos corresponde ser agua viva para los demás, llenar la vida de esperanza. Somos cada gota de agua y de sangre de Cristo para los otros, convocados a apagar la sed de las personas que buscan el sentido de la vida.

El Agua y la Sangre nos dan la identidad de hijos del Padre. El Hijo se derrama, para hacernos partícipes de su primogenitura (el primero era el más querido, quien recibía la bendición y en algunos casos la herencia completa). Al darnos el Agua y la Sangre, nos da su ser personal; en el agua está representado el desposorio donde Cristo nos acoge, como Rebeca se lo ofreció a Isacc; pasamos a tener una relación simétrica, aunque conservando la identidad personal. En la Sangre está firmada la nueva Alianza, somos alcanzados con un pacto nuevo y eterno; somos para Él y Él para nosotros. Solo le pertenecemos a Él, en su Sangre nos da su ADN, inconfundible frente al Padre y los frutos nuevos que estamos llamados a dar frutos de la relación de intimidad con Él.

5. “El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean” (Jn 19, 35).

Sólo quienes vivimos la experiencia de la amistad nos convertimos en testigos de las consolaciones del corazón. Para poder “creer, vivir y difundir el amor” necesitamos ser testigos de la entrega de Cristo. Es preciso reconocernos pecadores y alcanzados por su infinita misericordia. Necesitamos acoger la entrega de Cristo “hasta el extremo” en la propia vida, para que “nadie pueda apagar el fuego del amor” que ha de encender en nuestros corazones.

Los testigos somos muchísimo más importantes que relatores de noticias, somos quienes participamos de lo que está pasando, pues no se agota ni acaba. Cristo se nos da continuamente, por tanto tampoco terminamos de propagar lo que acontece. “Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído”, abarca y compromete toda nuestra existencia.

Nuestro testimonio hace presente a Cristo en el mundo. Es una vocación y una necesidad que tenemos que desarrollar, para no quedar diluidos o “desaparecidos” en nuestro ser más personal. Cuando proclamamos la entrega de Cristo, nos estamos conformando a su modo de ser, prolongamos su presencia en el mundo. Callarnos o no dar importancia a este hecho no disminuye el amor de Dios al mundo, pero si hace que se marchite la experiencia de la amistad con Él. Nuestra actitud no es indiferente frente a los demás. Por nuestra presencia activa muchos podrán gustar lo que es saberse amados.

6. “Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura” (Jn 19,36).

Dios siempre es fiel a su Alianza, cumple lo que promete. Aunque nosotros no podamos entregar nuestra parte, Él sí cumple por “mil generaciones”. Es más, nos da la gracia necesaria para que podamos responder de nuestra parte. Llega al punto de suplir con su entrega donde no alcanzamos a darnos por nuestras limitaciones.

Cuando Dios acepta nuestra entrega ya “todo es posible”, pues siempre nos está sosteniendo con el Espíritu Santo. Nuestra consagración se sostiene porque somos los predilectos de Cristo. “Él es quien nos ha llamado” y por tanto sigue actualizando su mirada cariñosa. Para Dios todo es posible cuando respondemos con la entrega absoluta, comprometiendo nuestra libertad.

Las escrituras también se cumplen en nosotros, “bienaventurados los que crean sin haber visto”, somos felices porque hoy podemos atestiguar o dar fe del cumplimiento de lo prometido en nuestra vida. Todos podemos experimentar que en la medida que nos hemos entregado a Dios, cumple sobradamente lo que nos promete. Así también podemos ser una esperanza para los demás, pues cuando ven nuestra alegría, también pueden creer en su futuro feliz. Nuestro corazón es el libro donde los demás pueden leer las promesas de Dios y que expresamos con la confianza plena en su providencia.

7. “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37).

Sólo manteniendo la mirada en Cristo podemos entender el misterio del hombre. Pilato deja que retiren el cadáver de la Cruz pero sin embargo no podemos dejar de referirnos a ese momento decisivo de nuestra salvación. Mirar al traspasado es dejarse transformar por Cristo, que con su amor nos transfunde su Vida, sus sentimientos, para entrar al Corazón del Padre que también nos mira complacido.

Tenemos que mirar a quién lo “atrae todo hacia sí”, para que lo dejemos reinar en los corazones. No busquemos otra imagen sino la de Cristo traspasado, pues en el cuadro estamos explícitamente presentes.

Sólo la mirada del amor puede decir: “es el Señor”. Es el amor el que puede encender la chispa de la fe para que podemos seguir a Cristo en medio de las dificultades. Cuando lo miramos a Él ya podemos “caminar” sobre todas las diferencias que se presentan en la fraternidad o fruto de la desconfianza de nuestra valía. La caridad no entiende de desigualdades o desavenencias; quien ama todo lo perdona.

Mirar a Cristo es creer y fundar la fraternidad. Mirar al Traspasado es dejarnos traspasar por su amor. Es permitir que nazca una nueva mirada en nuestro corazón, donde: se hace siempre presente el perdón, se descubre lo valioso de cada uno y percibimos lo invisible a los ojos.

El Corazón de Jesús nos regala la vivencia de estar con Él. Asumamos el desafío de dejarnos transformar interiormente y vivamos el gozo que nadie nos puede quitar. Somos los mensajeros que esperan nuestros alumnos y colaboradores. Llevamos en nuestra vida la noticia del amor de Dios. Cada palabra o gesto están llenos de la amistad con Cristo, que nos ha tomado para sí y para hacerlo presente entre todos los hombres.

 

                                                       Hno. Javier Lázaro sc.

 


 

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