La alegría como elección


Hay personas que piensan que la alegría es fruto de la suerte en la vida o del carácter extrovertido. La felicidad como estado de gozo interior, duradero y que integra a toda las dimensiones del ser humano es fruto de la realización del bien. Los momentos de euforia  o de placer, se quedan en la superficie de la piel  y son pasajeros.

La alegría es consecuencia de las acciones que realizamos, siempre y cuando se muevan hacia la verdad y la coherencia. Se puede afirmar que el primer paso  para ser felices es saber elegir el bien. Nuestro ser, lo más íntimo de cada uno, se va conformando al bien que obramos. Se tiene que dar una tendencia a la  igualdad entre nuestra acción y el llamado a la plenitud a la que aspira  el ser personal.

En la realización de las actividades de cada día podemos tener muchos objetivos, pero todos estarán orientados al bien verdadero. Aquí no podemos engañar con las apariencias, la sonrisa disimulada, o “haciendo que hago…pero en realidad pensando distinto”.

El tiempo de deliberación y elección de las acciones es el mejor empleado. Ahí diseñamos nuestra vida y ya la vivimos anticipadamente. Tampoco se trata de inventar estrategias. Lo verdadero  y lo bueno es aquello que está acorde con nuestra naturaleza, con el estado de vida elegido, con la profesión o las obligaciones habituales.

 El cumplimiento de nuestro deber es un parámetro muy certero para saber qué tenemos que hacer. Nos convierte en los autores de nuestra conducta y nos libera de la improvisación. La vida diaria ya nos propone metas a alcanzar y así se va dando sentido a la propia vida. Se convierte en motivo de alegría la misma resolución de las dificultades.

No se trata de reinventar todos los días nuestra vida. Cada momento nos presenta situaciones sencillas que se convierten en oportunidades de ser protagonistas desde adentro. Los grandes desafíos se logran como en una carrera de relevos, todo es importante. Un detalle bien hecho prepara el siguiente y todos, hilados, hacen el camino que recorremos.

Las elecciones que vamos haciendo, están enmarcadas dentro de una concepción de vida, que hemos heredado o que nos hemos ido formando. La actualización que hagamos de nuestro ideal de vida, tiene que estar enriquecido siempre por la esperanza de lograrlo. Es importante alimentar nuestras creencias en la buena comunicación con nosotros mismos y con las personas que convivimos. Las debilidades  puntuales, no nos tienen que hacer cambiar el rumbo positivo.

La dirección que llevamos nos da identidad y nos predice qué persona queremos ser, cómo deseamos vivir. Las decisiones que tomamos determinan nuestra vida. Dios sonríe en cada acto de libertad que realizamos, pero se alegra cuando nos empeñamos en el bien, que es amor. Algunos parámetros que nos pueden ayudar en esta elección son:

1.                 La alegría está en consonancia con el ideal que nos hemos propuesto en la vida. De las aspiraciones que tengamos en la vida,  así serán el tipo de alegrías que sentiremos. Las más profundas son las que surgen del interior, del espíritu que no tiene límite en su crecimiento. Corporalmente, llega una edad, en que todos sentimos limitaciones y que progresivamente se van profundizado.

2.                 Tiene que ser estable, no se reduce a momentos pasajeros. Por encima de los resultados, siempre están los procesos que  nos van transformando. Las dificultades puntuales son habituales, ya que todos somos diferentes, pero esto no significa que nuestro espíritu cambie. Cuando nos anima el bien nos acompaña la paciencia para lograrlo.

3.                 La felicidad es fruto del bien obrar. De una acción mala nunca se pueden seguir consecuencias positivas. La intencionalidad de lo que hacemos fecunda todas  nuestras relaciones. Aunque nuestras acciones estén dirigidas hacia la otra persona, somos nosotros los que hemos generado el bien o el mal en nuestro corazón. Es posible que el prójimo no perciba lo negativo del interior, pero nosotros no podemos ignorar que somos los autores. De la misma forma lo positivo y las buenas intenciones, modelan nuestro espíritu y nos preparan para el gozo.

4.                 Las aspiraciones más sublimes traen como consecuencia gozos más profundos. Esto nos sugiere que debemos abrirnos a lo más eminente, aunque nos veamos  siempre limitados. El ansia y los deseos  más elevados, purifican todo aquello que nos ata o nos hace sufrir el espejismo de lo fácil e inmediato. Con frecuencia preferimos vivir anestesiados con las complacencias del momento, pero sin expectativa de futuro.  

5.                 Satisface las necesidades más vitales del  hombre. La felicidad es la aspiración más profunda de nuestro corazón, pero no puede ser elegida en forma directa y para mí. La encontramos cuando buscamos que se haga realidad en los otros. Cuando hacemos un regalo a una persona, nos alegra ver  feliz al otro. No pasa por el regalo en sí; es la alegría del “tú”, la que  hace una realidad la felicidad en el “yo”.

6.                 Se tiene que hacer presente la razón práctica, para saber distinguir lo conveniente en cada momento. Nuestras elecciones no pueden ser fruto del frío cálculo y especulativo; pero tampoco tienen que ser ciegas por una afectividad que no puede dominar el corazón. El voluntarismo no sabe sopesar las propias fuerzas y con el tiempo se abandonan los buenos propósitos. Crecer en la sabiduría es darse el tiempo para cada una de las dimensiones y saber armonizarlas.

7.                 La felicidad es consecuencia de la continuidad en la conducta. No se da por hechos aislados. Así se aprende a vivir intensamente todos los momentos y todo tiene un sentido. Es tan importante el momento silencioso en que una madre limpia los zapatos de su hijo (y que seguramente no recibirá ningún agradecimiento), como el día en que juntos reciban en un estrado el título universitario. El orden y la presentación  han contribuido a crear la urdimbre de hábitos para alcanzar la meta.  

8.                 La felicidad supone una relación óptima con Dios, con las personas  y las cosas. Es caminar en la contemplación de las obras del amor, crecer en la amistad con las personas  y saber usar y ordenar los útiles materiales para el bien de todos. En las relaciones interpersonales, nosotros tenemos una parte de la responsabilidad y hay que respetar la libertad de la correspondencia para la respuesta. Nosotros somos los facilitadores para el encuentro.


                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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