La alegría es un fruto de la generosidad
Julio 2006


   La  adquisición de las virtudes y de las convicciones tiene el objetivo  de poder darnos y así  poder realizarnos en  plenitud como personas. Ahora bien, la pregunta que nos puede venir a la cabeza es: “¿Por qué tengo que darme?”. La respuesta no es fácil, pues siempre se interpone el egoísmo de por medio. La realidad es muy simple; el hombre se realiza en el amor y sólo en el amor. El resto de las realizaciones son parciales, o bien expresiones del mismo amor. La entrega al otro es la única forma de cerrar el círculo  del amor. Todos recibimos amor y tenemos  que completarlo con la correspondencia, aunque el otro no lo reclame. Responder con amor, con entrega, es condición del encuentro y del conocimiento personal. El ser constitutivo de la persona se realiza en unidad con otras personas. Los docentes y los padres ven  en cada alumno, o en cada hijo la posibilidad de expresar su entrega; en el niño o en el joven, ven la oportunidad de completar una dimensión que no nos puede faltar: la entrega; teniendo en cuenta que el hijo/alumno a su vez es fin en sí mismo.

   La expresión máxima del bien que el padre/docente puede realizar es darse para  la perfección del hijo/alumno que tiene delante. Ignorar esta posibilidad es optar por la actitud de quien no quiere crecer, pues el propio ser se configura y consigue su singularidad  cuando puede entrar en el juego de la libertad de darse. Guardarse para sí, es la incapacidad de superar las tendencias instintivas, carencias del ser animal, que necesitan para completarse (no complementarse) como especie. Los instintos sólo reclaman; la voluntad del hombre está preparada para el altruismo, para dar y para recibir.

   En este dar, propio de la generosidad están en  juego dos realidades personales: a) la del padre/educador, él sólo se realiza cuando se da, cuando tiene la libertad para entregarse a otro ser; y b) la del hijo/alumno, que puede mejorar cuando recibe el amor del padre/maestro y lo percibe en sus fibras más íntimas, de tal modo que pueden vibrar juntos. La entrega es eminentemente perfectiva. La libertad es la que le permite tener su ser en propiedad y poder darlo. La persona incontrolada por el mal humor, al vaivén de la falta de principios, sin una voluntad armada de las virtudes es incapaz de amar.

   Podemos tomar la idea de Melendo, T.,: “El ser de la persona constitutivamente está: abierto  hacia el ser en sí, hacia la verdad en sí, hacia el bien en sí y, consecuentemente hacia el bien-del- otro-en- cuanto- otro. El hombre sólo se eleva hasta su estricta índole personal cuando actualiza la inclinación  hacia el bien del otro que lo configura intrínsicamente como hombre: cuando ama, cuando se da.” El hombre está llamado a existir para los demás y convertirse en un don.

   Cómo podemos traducir nuestra  entrega. La respuesta más simple es: reconociendo a cada una de las  personas (que también tiene que realizarse) y dándoles todo el amor–querer-bien que somos capaces. Esto supone un olvido de sí, del propio yo, un saber vivir para ti. Tendremos necesidad de  trabajar la virtud de la paciencia en sí, pues todo lo que se acerca a la plenitud exige plazos de espera y maduración; o como nos indica Thibon, G.,: “cuánto más elevado está un acto en la jerarquía de los valores, menos interés tiene que se haga rápidamente”.

   El darse está muy cerca de dominarse (el juego de la libertad) pero muy alejado de pretender dominar (domesticar); el darse está en hacer crecer al otro para que sea él en sí, enseña el camino de la necesaria autonomía. 

   Podríamos repetirnos la pregunta: “¿Por qué tenemos que darnos?”  y la respuesta en la línea de lo venimos  diciendo pueden ser:

1. Es la única forma de relacionarnos auténticamente en vistas a nuestro crecimiento. La generosidad supera lo pedido por la reglamentación, llega a disponer de todas sus  posibilidades para ponerlas en juego y entrar así con la totalidad de su ser en relación con el otro. Este tipo de encuentro siempre reporta el gozo interior, pues presupone la unificación interior, independientemente de la respuesta que den los otros; mejor aún si se ve compensada por la correspondencia.

2. Como forma de encontrarnos con los otros y reconocerlos como personas. Darse desinteresada y totalmente es la posibilidad de reconocer a las personas; como seres espirituales no perdemos nuestro ser cuando nos damos, pero además participamos del ser de las personas con las que nos encontramos.

3. Generamos vida por el bien que promovemos. Con una actitud positiva, una mirada cariñosa, un estar disponible, etc., ¡cuánta confianza generamos en nuestros hijos/alumnos! Con nuestra generosidad estamos hablando de lo que vale y de lo que puede llegar a ser.

4. Nos adueñamos de nosotros mismos, extendiendo  las posibilidades de nuestras cualidades.

5. Con nuestra actuación cuestionamos a los que nos observan, sin ningún afán de protagonismo, ayudándoles a descubrir sus propias potencialidades.  Solamente educamos con el ejemplo. Puede parecer muy categórica esta afirmación,  pero dado que para educar tenemos que llegar hasta la interioridad de cada persona, no podemos quedarnos en el plano racional, debemos llegar a “conmocionar” a nuestros hijos/alumnos con nuestra actuación. La generosidad tiene algo de martirio, de testimonio; ser testigo de la verdad o del bien que se puede realizar. Condición indispensable para  que arrastre nuestro ejemplo, es que todo lo hagamos con alegría

6. Podemos reconocer nuestras limitaciones al percibir la necesidad de la complementariedad. Los hijos/alumnos nos necesitan a nosotros y nosotros necesitamos a los hijos/alumnos.

7. Vencemos el hábito del cálculo fácil,  costo beneficio de nuestras acciones, que en el fondo nos vacía y nos entristece.

8. Salimos de la sociedad de consumo, ya que lo  que nosotros damos no se puede conseguir en el supermercado… El dar obra en nosotros la libertad interior.

9. Podemos colmar las ansias infinitas de nuestro corazón de darse a los demás. Afectivamente logramos un equilibrio que fortalece nuestra voluntad y nos da la luminosidad  para descubrir la belleza de las cosas que nos rodean.

10. El darse genera la unidad en la unidad, en la comunidad en la que nos encontramos y la paz en nosotros mismos. Entramos en comunión con otros, superando la competitividad.

  

                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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