La amistad exige ordenar el tiempo
y el corazón

Abril 2012


Los amigos comparten sus vidas y se animan mutuamente para ser felices. Necesitan estrechar lazos, manifestar sentimientos, dedicarse tiempo, sentir que están cerca, tener metas comunes, saberse conocidos profundamente entre sí, caminar juntos, comunicarse las preocupaciones y las alegrías.

Para llevar a cabo todos estas operaciones necesitamos: cultivar la interioridad, tener una clara identidad, conquistar la libertad personal, respetar a los otros, ser sincero, evitar toda manipulación, no extorsionar para obtener lo que se quiere, estar abierto para seguir creciendo y desear siempre el bien.

Los amigos en forma permanente se dan señales de respeto y valoración mutua.  Es por esto que están atentos para:

1.    Compartir el tiempo, generando los espacios personales. Los amigos sienten la necesidad de estar juntos, para vivir experiencias comunes, salir de su soledad, alegrarse, celebrar, acompañarse, sostenerse, etc. Pero el tiempo es un indicador objetivo que nos puede  dar una idea clara de cuándo dejamos al otro para que sea él mismo. La dependencia excesiva hace que la amistad se vuelva tóxica y poco a poco matará la relación por el agobio que produce. Si realmente hay amistad cuidarán de que cada uno tenga sus tiempos para estar solos, pues es ahí donde se profundizará el verdadero lazo. En la medida que se echan de menos los amigos, se hace más auténtica la amistad, pues se darán cuenta con más claridad qué los une. Hoy dada la variedad de los medios que empleamos para comunicarnos, con frecuencia los usamos mal, tenemos interminables intercambios (por teléfono, chat u otros medios), que lo único que hacen es devaluar la relación. En la medida de lo posible el encuentro debe ser presencial, donde se pueda apreciar el semblante, la mirada, todo lo que expresa el amigo. No producir la asfixia de la amistad, pero tampoco dejar que se muera por no dedicarle tiempo. La amistad necesita  que la cultivemos acercándonos con frecuencia, para que no terminen siendo sólo conocidos.

2.    Viven la confidencia profundizando el conocimiento mutuo. A la hora de fijar la duración del encuentro no hay una medida programada, cada uno es diferente, pero sí se tiene que dar el espacio para que se puedan manifestar el mundo interior. Es entonces cuando se comunican  lo que realmente sienten. Se entiende que esto sólo se puede dar en un clima de madurez, que lleve al sigilo la riqueza del otro. Cuando generamos la confianza necesaria podemos sacar al otro de su soledad y a su vez nosotros también  tenemos la ayuda para ordenar el corazón. Es así como vivimos la confidencia.

3.     Comunicarse aprendiendo a escuchar. Los amigos necesitan darse, para hacer saber al otro las alegrías y preocupaciones que tienen. Esta entrega busca dar algo de sí, hacer que tenga algo valioso  de lo nuestro y enriquecerlo.  Pero si hay alguien que quiere dar, también tiene que estar el que acoge y recibe. Ser amigo supone  aceptar al otro tal como es, de una forma agradecida y generosa. Cuando nos sentimos atendidos y queridos, también nos hacen una llamada al corazón para que sigamos generando toda la bondad de que somos capaces para seguir dándola. La comunicación de los bienes espirituales es una llamada al crecimiento interior, que siempre provocará alegría. Por el contrario cuando no hay nadie que nos entienda, poco a poco nos desanimamos y se produce una atrofia personal, aunque se siga siendo eficiente profesionalmente.

La parálisis es real cuando no podemos comunicar el mundo interior y nos creemos autosuficientes, pensamos que nadie nos puede entender. Nos conocemos cuando sabemos comunicarnos desde adentro. Para esto tiene que existir y estar el amigo que está dispuesto a escuchar, a hacer silencio, para ponerse en el lugar del otro. Es un gesto de aprecio poder recibir lo que le otro nos comunica, aunque en el fondo de nuestro corazón nos produzca alguna desestabilización. Pero tendremos  la seguridad de que nuestra escucha le ha ayudado a saber quién es.

4.    Ayudar, dando libertad para seguir su camino. Conocer, acompañar, estar cerca del otro… no nos da derecho a imponer lo que nosotros pensamos. Como amigos podemos iluminar su realidad. Pero nunca podremos interpretar con enojo, cuando nuestro amigo tome otra decisión  distinta de lo que pensamos que sería lo  más conveniente. Cada persona es un misterio, que nunca podremos entender plenamente, que debemos aprender a admirar para dejarnos sorprender.

5.    Sentir con el otro sin confundirse. La amistad nos ayuda a crecer, pero no podemos mimetizarnos con el problema del amigo hasta  anularnos y por tanto convertirnos en instrumentos incapaces de ayudar a nadie. Por supuesto que el dolor del otro nos afecta, pero siempre tenemos que tener cierta resiliencia, para recuperarnos en forma rápida, poder transmitir la alegría y confianza al amigo. La empatía es una virtud que nos permite percibir los matices del corazón del amigo, pero nos exige la fortaleza de espíritu para no perder de vista el fin lleno de oportunidades que siempre nos espera.

6.    Los amigos entre sí, exigen coherencia entre todos.  En cada uno  hay cualidades personales,  una forma de ser y necesitamos un trato particular. Tenemos formas diferentes de reaccionar frente a un mismo acontecimiento. Pero en todo momento se debe  evitar tener una cara o una verdad diferente para cada uno de nuestros supuestos amigos. Cuando se produce este fenómeno, nos alerta sobre una personalidad inmadura que no puede sostener sus dichos o conducta. Pero también se puede tratar de cierta perversidad, donde a cada uno se le hace ver una forma de la realidad, con el fin de manipular y orientar todo de acuerdo a los intereses personales. Estas maniobras terminan por destruir la amistad y desarticular al grupo. Produce un gran desgaste psicológico en todos y a la larga, produce desconfianza y enfado.  En estos casos, el común denominador del modo de proceder de este “aprovechador” es tratar de desacreditar a los demás, para que él aparezca como el líder. La estrategia será hablar negativamente del que no está presente a los demás, para así repetir la misma actitud con todos los otros. Se cambia el discurso según convenga, esto se puede dar en forma inconsciente o bien maquiavélicamente, con el sólo fin de triunfar a costa de cualquiera precio.

Por el contrario cuando hay verdadera amistad, los amigos: se corrigen fraternalmente en forma personal; evitan la crítica sin sentido, porque no ayuda a mejorar; sopesan sus opiniones y hacen que en todo impere la caridad; son capaces de guardar silencio cuando ven el esfuerzo, aunque no se alcancen las metas; olvidan el pasado que pueda ofusca el futuro; se alegran con los logros del otro, aunque uno  no los haya alcanzado.

 

Hno. Javier Lázaro

 

                                                                            

 

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