La compasión,
comunión con tu corazón


   Todos esperamos un corazón que nos comprenda y sintonice con el nuestro. El corazón compasivo es el que sabe descentrar su pensamiento de su Yo, para empezar a pensar en las necesidades de las personas que están cerca, de su prójimo, olvidándose de sus planes personales para estar atento para ayudar a crecer a los demás. 

   El corazón compasivo no evalúa, no juzga a los otros, renuncia a cualquier retribución, sabe el momento  oportuno para retirarse y dejarse alcanzar por la compasión de Dios. Es contemplativo, aprende a mirar la vida con los mismo ojos de Jesús: con fe.

   En un ambiente compasivo (sufrir con) no nos preocupamos de ser los primeros o los mejores, tratamos de  que lleguemos todos. Nos sabemos necesitados, pues descubrimos los valores que tiene cada persona y nuestras propias carencias. 

   Como el buen “Samaritano” (Lc. 10, 29 – 37), es el que detiene su marcha para palpar las heridas del corazón de la persona que está en su camino. Saca su paciencia y su capacidad de escucha (vino y aceite)  para curar  y suavizar el dolor que causa la indiferencia o las prisas de la gente. El hombre compasivo tiene lugar en la posada de su corazón para asumir los problemas del otro como propios. Se compromete para entrar periódicamente en la vida del herido y encontrar siempre a  la persona que ya salió del anonimato pues se ha sentido querida. Ese encuentro, en apariencia, le causa desventajas pues tiene que poner siempre lo mejor de lo suyo (dos denarios).

  
La compasión es entrar en la mismidad de  la persona y “probarnos” hasta dónde somos capaces de adueñarnos de nuestra libertad; pues aprendemos a ir más allá de lo agradable o placentero para bucear en la profundidad del corazón de nuestro prójimo. Ahí somos imagen de Dios, que entregó su vida por nosotros. Este entrar en el corazón del otro está lejos de la simple curiosidad, de  la manipulación de los sentimientos o la propia complacencia. 

   No la podemos asociar con la “sensiblería o el sentimentalismo” . La compasión nos exige un temple, una fortaleza, humildad para reconocer que en las limitaciones de los otros están reflejadas nuestras miserias, en comparación con el  amor incondicional que Dios nos tiene. 

   Entrar en la cultura de la compasión implica la apertura para escuchar al otro aquello que quiere decirnos para que seamos mejores,  que lo tiene guardado en su corazón desde hace tiempo  porque no quiere herirnos y sabe esperar; pues nosotros nos hacemos los “difíciles”.  Es permitir al otro decirnos que nos ama. El compasivo espera la ayuda de la gracia de Dios para que cambie su corazón. Él mismo se siente menesteroso del amor de Dios. Cuando dejamos que nuestro corazón sea compasivo aceptamos nuestras debilidades para dejar a la gracia de Dios que nos  las cambie con nuestra colaboración.

   Vemos en las debilidades de los demás, los rótulos que les hemos colgado nosotros , condicionándolos. Estamos llamados a salir de nuestra intolerancia.

   Ser compasivo con nosotros mismos es ver nuestras heridas, las de nuestra historia personal y encender nuestra esperanza; pues  a pesar de todo el Corazón de Jesús sigue enamorado de nuestro corazón y siempre está esperando nuestra respuesta. En esta relación personal no tengo que dar nada, sólo me tengo que dejar alcanzar por su amor. El sentimiento de sabernos amados por Dios nos hará cercanos  a él y además nos impulsará para llegar a nuestros hermanos.  Sólo su amistad nos permitirá liberar nuestro corazón de las presiones que le producen nuestras ansias de  poder, fama  y placer. 

   La compasión supone  aprender a mirar a los ojos a las personas con las que convivimos. Cuando nos miramos a los ojos intuimos lo que hay detrás de cada “fachada”. El conocimiento del otro “Tú” me obliga (me ata) a su realidad, me lleva a la interacción, al compromiso. Dos corazones que se aman se compadecen mutuamente, se aceptan el uno al otro tal como son. El compasivo no trata de cambiar a nadie. Él se propone la conversión  para aceptar a los otros. Vivir la compasión es permitir que el corazón sufra (nos sangre) para remover nuestras asperezas y darnos cuenta que no hemos perdido autoridad o la estima ante los otros por ser cercanos.

   Para los padres o docentes, cuya tarea principal es la de educar,  la compasión no nos lleva a la permisividad o la falta de exigencia. La compasión es para que con firmeza llevemos los corazones de nuestros hijos a amar sin distinción de categorías. La exigencia y la cercanía tienen que estar unidas.

   Esta comunión con el corazón de nuestros hijos -alumnos nos lleva a una actitud de agradecimiento, porque ellos con sus ganas de seguir creciendo nos han impulsado hacia nuestra entrega, hacia al ágape (por oposición  al amor interesado –eros). Son ellos los que nos han hecho superar la mentalidad de la medición de las dificultades, del costo- beneficio. Ellos nos han ayudado a valorar la importancia del encuentro. Nos han enseñado a donarnos. Sólo la relación de compasión es la que establece la diferencia con las relaciones comerciales: “te doy para que me des”.  

  
La compasión nos hace encontrar nuestra identidad como personas, nos hace diferentes, únicos. La relacionalidad nos permite descubrir los valores de  nuestro corazón y la posibilidad de educarlo que se concretan en actitudes como: la humildad, el perdón, la donación, el altruismo, etc. Se trata de buscar el bien de cada persona como si del propio bien se tratase. No podemos relativizar a la persona, su ser está llamado a la unidad con los otros hombres y a la transcendencia en una relación personal e íntima con Dios. La persona está en la base para la jerarquización de nuestros principios en la vida.

   Se trata de hacer el bien sin buscar la retribución; de asumir las miserias de los otros como propias. De practicar la caridad  en todos los detalles de la vida, pues es la que nos asegura la plenitud. “Felices los misericordiosos, porque obtendrán  misericordia” (Mt 5, 7).

                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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