"La corrección fraterna con caridad"
Marzo 2017

 

La vida entre hermanos no es como en una empresa donde cada uno busca su participación en los beneficios. El origen y sus fines son diferentes. En un matrimonio cuando se convierten en padres, tanto la mujer como el hombre, dan mucho más que la información genética y la alimentación necesaria. Necesitan entregar su ser y sin esperan nada.

La paternidad requiere estar precedida de un tiempo de encuentro mutuo, que lleve a un crecimiento espiritual y haga que lleguen a la madurez, que ayude al compromiso de sostener a otra persona (el niño) de por vida, llegando a los más mínimos detalles, en todas las dimensiones. Esto se va acrecentando en la medida que los hijos van llegando y a su vez, es necesario que entre ellos establezcan relaciones fraternas.

La relación entre el padre y la madre determina, en un porcentaje muy alto, la forma de ser de los hijos entre sí. No podemos olvidar que siempre está el abanico de posibilidades que ofrece la libertad individual. Pero no podemos ignorar que estamos obligados como educadores (padres y docentes) a formar la capacidad de elegir la verdad y querer el bien.

En la vida de la comunidad educativa y fraterna, tenemos la seguridad de que el Padre, es el Santo, el Justo, el Bueno, el Compasivo y siempre Fiel. El fundamento para que sea posible la fraternidad está en la paternidad divina. La referencia al origen en las relaciones humanas es clave para poder comprender hacia dónde necesitamos caminar.

En la relación en una comunidad educativa e incluso en la familia, se hace necesaria la comunión con el Padre. Las personas que eligen vivir el amor fraterno hacen presente en forma continua las expresiones de amor del Padre, aunque sin buscar sustituirlo o suplirlo. Conocemos las consecuencias negativas cuando en una familia, uno de los hijos (normalmente el mayor) trata de tomar decisiones referidas a sus hermanos, anulando o debilitando el vínculo con los padres. Es a este aspecto donde nos queremos referir a la hora de reflexionar sobre la corrección fraterna:

1.      La fraternidad supone la corrección. Hasta el rico “epulón” una vez muerto y condenado busca que sus hermanos cambien de vida: “Te ruego padre, que envíes a Lázaro,… porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento” (Lc 16,27-28). Tenemos la obligación de corregir al que se equivoca, siempre respetando su libertad y haciéndolo con caridad. Somos los guardianes del prójimo. Dios nos pedirá cuentas de lo que hemos hecho con la vida del otro. “¿Dónde está tu hermano?” El vínculo fraterno y la búsqueda de su bien, precisan llegar a la corrección, cuando vemos que se desvía. Luego veremos en qué condiciones tenemos que hacerlo. Pero no podemos escondernos y dejar que quien está a nuestro lado se vaya perdiendo como persona.

2.      La corrección es necesario en el momento adecuado. Con frecuencia usamos expresiones: “ya es grande”, “allá él”, “no te metas”, “ya se dará cuenta”, etc. Pero la realidad es que dejamos que poco a poco se vaya alejando y luego abruptamente desaparece de nuestra mirada o no hay posibilidades de volver, pues ya es demasiado tarde. En la medida que se profundiza el error vamos perdiendo fuerza para volver al camino que nos hace vivir dignamente como personas. No corregimos por miedo, por indiferencia hacia el otro, por estar muy centrados en nosotros mismos, etc. Necesitamos cultivar: la mirada acogedora y cariñosa; el oído atento a lo que expresa y que nos da pie para acompañar; la oración por los otros, para hablar en Nombre de Dios; la escucha interior, donde el Espíritu nos indica cómo y cuándo debemos proceder para llamar la atención.

3.      La corrección es un acto de solidaridad y caridad. Cuando llega algún acontecimiento (aniversarios, cumpleaños, logros académicos, éxitos laborales, etc.) buscamos homenajear al otro con algún regalo que compramos y disponemos una fiesta.  Y seguramente que el mejor regalo que necesita, es ayudarlo en su crecimiento espiritual y en lo referido a las relaciones sociales. Esto supone abrir nuestro corazón en el encuentro personal, para que vea la sinceridad y la cercanía, para que así se disponga a hacer el cambio que necesita. En cierto modo supone entregarnos nosotros mismos. Al igual que Cristo muere en el Cruz por nuestra salvación, en la corrección fraterna hay una entrega personal, donde nos unidos a Cristo, para levantar al hermano caído. En la corrección más que buscar ventajas o alguna aprobación, sólo queremos ser instrumentos sencillos en las manos de Dios.

4.      En la corrección buscamos la verdad y el bien del otro. Lo que aparece evidente para todos los que conocen al hermano, resulta que no lo sabe el interesado que necesita la ayuda. Es como quien lleva un cartel pegado en la espalda, que todos lo pueden ver, excepto quien lo muestra. El que corrige hace como de espejo, permite ver lo que para los ojos del otro está oculto.

Habitualmente cuando nos miramos al espejo, lo hacemos con detenimiento, pues se trata de corregir lo que está mal, de acomodar el pelo, de hacer una “carta” de presentación de nosotros mismos, de mostrarnos bien frente a los demás. Lo que cambiamos frente al espejo sólo lo saben las personas de mucha confianza y además una vez que nos apartamos del espero también desaparece la imagen (el espejo no permite ver al que pasa un instante después, sólo se ve la imagen del presente…). Pues esto mismo debe ocurrir cuando intentamos corregir a alguien.

5.      La corrección al otro, requiere reconocernos limitados nosotros mismos. No podemos acercarnos a corregir al hermano desde el sentimiento de creernos superiores. Vamos hacia al otro sufriendo por nosotros errores y los del otro. Y reconocemos que si en algo nos hemos superado, es por la gracia divina que nos ha ayudado. Para corregir necesitamos revestirnos de profundad humildad. La corrección hecha con soberbia seguramente no la van a aceptar, pues más que ayudar, trata de humillar. La corrección siempre necesita que la hagamos con caridad. El dolor que podemos causar en el otro, es por reconocer que ha perdido el tiempo, que ha herido a otras personas, que ha vivido distanciado de Dios, etc. ; pero no porque nos ha molestado a nosotros. El fin de la corrección fraterna no es hacer sufrir; es ayudar a vivir en paz y a desplegar todas las posibilidades de crecimiento.

6.      Reconocernos pecadores es una forma de humildad y de ponernos en igualdad con el otro. Nadie es perfecto, solo Dios. No podemos ir a corregir con la creencia de que somos los mejores. Nos acercamos a corregir desde la actitud de quien también necesita ayuda. Además de humildad, con el temor de que nos hemos podido equivocar en la percepción o estamos condicionados por algo que nos molesta del otro. Antes de hablar, es preciso purificar las intenciones. Aquello que deseo señalar al otro como un problema, seguramente es una proyección de lo que nos está pasando; es entonces cuando necesitamos desenmascarar la realidad, pues el cambio necesitamos empezarlo por nosotros mismos. Normalmente aquello que vemos como problema en el otro, es una realidad personal, que estamos tratando de eludir o postergar indefinidamente. Vemos con más facilidad las limitaciones del otro que las propias. Es la mirada de fe la que nos permite aceptarnos para realizar el cambio interior necesario.

7.      Corregimos para ayudar al otro y que pueda ser feliz. El llamado de atención al prójimo es para que crea en sí mismo, en las posibilidades que le ofrece la gracia y abrirlo a la esperanza. Siempre necesitamos empezar por presentar las posibilidades de disfrutar las cualidades personales o los dones recibidos. Corregimos para ayudar a los demás a ser felices. La corrección es negativa cuando conduce al otro a la angustia, a la desvalorización de sí mismo, a la paralización o anulación de sus capacidades, al miedo… El llamado al cambio es desde la convicción de que puede ser feliz, que se abre a la esperanza y que puede confiar en la gracia divina. El hecho de mostrar testimonios que han logrado el cambio, que han sido un aporte para los demás y que pueden contar con la gracia divina, es la forma de despertar las posibilidades de crecimiento.

Necesitamos tener presente lo que nos dice el apóstol Santiago: “Si alguno de vosotros, hermanos míos, se desvía de la verdad y otro le convierte, sepa que el que convierte a un pecador de su camino desviado, salvará su alma de la muerte y cubrirá una multitud de pecados” (Sant 5, 19-20).  La actividad educativa en la familia o en el escuela, es fruto de una vocación, que nos exige dar todo, pero que también nos permite vivir en una sana tensión para buscar siempre el bien en los otros y en nosotros mismos.  La mirada caritativa hacia los demás nos abre al amor de Dios, nos permite acoger su gracia para vivir la fraternidad.

Todos necesitamos el servicio de otro que nos corrija para evitar estar errantes en medio de este mundo y caminar seguros hacia la vida eterna. Es verdadero hermano el que corrige a los demás como le gustaría que lo hagan con él, aunque siempre es preciso acomodarse a la edad, a la madurez, forma de sentir y percibir de los otros. Seguiremos esta reflexión para ver otros detalles de cómo se debe dar el servicio de la corrección fraterna.

Hno. Javier Lázaro sc


 

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