La dignidad de la persona, 
fundamento de la justicia.



Al hablar de la justicia, en esta primera parte, vamos a centrarnos en los derechos y deberes que tiene la persona para consigo misma. De esta forma nos vamos a fijar en la excelsa dignidad del ser humano y las posibilidades de realización que hay que cultivar.

Con frecuencia prestamos atención a los derechos con respecto a los demás, hoy pretendemos reflexionar sobre los actos de justicia que tenemos que practicar y que emanan de nosotros mismos, de nuestra propia categoría y de los cuales debemos dar respuesta.  Sin pretender seguir un orden ascendente o una enumeración total, podemos detenernos y  pensar que:

  1. Somos hijos de Dios. El ama incondicionalmente. Nos quiere con total gratuidad. Nos ha elegido desde toda la eternidad. Con la más ligera mirada hacia su Corazón, derrama toda su misericordia sobre nosotros. Nos regala la bondad de toda la creación porque nos quiere. Está en el centro de nuestro corazón, es más íntimo a nuestros corazones que nosotros mismos. Es la fuerza que nos da las alas para volar con la esperanza.  Nuestra condición limitada necesita esta presencia, que es certeza para la vida. Sólo Él puede ser el referente para establecer las normas de conducta; el nihilismo, la falta de una norma de vida, nos constituye en seres a la deriva; su infinitud es la que nos permite tomar compromisos que se acercan a lo eterno. La dignidad que tenemos por ser sus hijos escogidos, nos orienta hacia el amor, Él es amor.  El reconocimiento de su presencia en nuestro corazón es un deber de justicia que hace que superemos todo sentimiento de soledad o de orfandad en la vida. Es un signo de nuestra fortaleza y de dependencia amorosa que contribuye a nuestra felicidad. Ignorar la presencia de Dios en nuestra vida se asemeja al niño que da los primeros pasos y piensa que ya puede ir donde quiera; la madre seguro que le deja caminar solo, pero se mantendrá muy atenta para prever los peligros; le hará creer que lo puede todo, pero al percibir la sensación de desorientación se hará presente con su palabra y su caricia. Nosotros también hacemos muchas cosas y nuestros olvidos pueden hacernos creer que Dios no existe, pero Él sigue sosteniéndonos con su mirada, con su aliento…
  2. Somos seres con cuerpo y espíritu, no estamos absolutamente sometidos a la materia. Tenemos la posibilidad ilimitada del crecimiento. La clave de la excelencia humana es la presencia vitalizadora del espíritu. Gracias a la espiritualidad podemos “darnos sin vaciarnos”, entablar vínculos más fuertes que las cadenas y prolongar nuestras vidas más allá de la muerte corporal. Podemos observar la importancia de la espiritualidad en la vida diaria en personas que desempeñan una labor, pero en cada actividad ponen un valor agregado que lo podemos llamar vocación o entrega; una fuerza interior que hace que los resultados sean diferentes y que los indicadores de calidad no pueden evaluar. Se puede plasmar en el encuentro de los miembros de una familia, que sin sofisticaciones, en la austeridad, en la calidez de cada palabra y en la preocupación por el otro, se nota que aun no estando juntos físicamente durante el día, estuvieron unidos en su espíritu. Sus pensamientos nunca se separaron, su comunicación fue constante aunque no haya palabras. Todos tenemos necesidad de cultivar nuestro espíritu, pues de lo contrario estaremos mutilados, sin posibilidades de vivir nuestra vida como personas y podríamos ser reemplazados por una máquina.
  3. Tomar conciencia de la integridad  de nuestra vida. Tenemos un “adentro” que descubrir: la intimidad.  Vivir de espaldas a nosotros mismos produce un vacío que nos lleva a ser exigentes o demandantes de los otros.  Tenemos un “adentro” de afectos, sentimientos, motivaciones y deseos que nos ayudan a encontrarnos con la realidad de afuera de una forma renovada. Sólo cuando hay un cultivo del interior, podemos salir hacia fuera para construir y aportar vida a los otros que a su vez redundará en alegría para nosotros mismos. Nuestra dignidad de personas nos obliga, en justicia a no desatender lo íntimo, a no postergar el encuentro con nosotros mismos para que las relaciones con los demás sean auténticas. La “vida” misma nos lleva al movimiento centrífugo, vivimos sin un centro, dejándonos llevar por la insatisfacción. Es hora de entrar en nuestro corazón. ¿Qué pasa cuando la presencia en nuestra casa es solamente para satisfacer las necesidades fisiológicas? La comida es necesaria, pero tiene que estar acompañada de presencias, de alguien que nos haga sentir que existimos. El ritmo cardíaco de nuestro corazón puede ser perfecto, pero tiene que estar complementado con las preguntas y las respuestas a los interrogantes de la vida. Tomarse el tiempo para leer, contemplar e interpretar una obra de arte, mirar una flor, escuchar el canto de un pájaro, observar una estrella, etc.; son algunas de las actividades que podemos realizar para darnos cuenta de que estamos abiertos a la eternidad a través de nuestro espíritu. 
  4. La libertad es el don superior después de la vida. Nuestra calidad de vida está devaluada cada vez que obramos por el criterio “todos lo hacen”.  Es un acto de justicia vivir plenamente nuestra libertad, que se plasmará en compromisos de servicio a los demás. La voluntad y la inteligencia se sienten atraídas hacia el bien y la verdad, pero ¿qué pasa cuando no podemos gustar esos valores porque no tenemos la fuerza para orientarnos en esa dirección? Es como tener hambre, ver la comida, pero no poder comer por no tener dinero para comprarla.  Hacemos que nuestra libertad  se atrofie cuando no adquirimos los hábitos para tomar las decisiones oportunas.  Anulamos nuestra libertad cuando obramos impulsivamente, sin una elección efectiva.  Perdemos la libertad en el momento que nos dejamos llevar por la pasividad frente a los medios de comunicación social.
  5. La persona tiene derecho a conocer la verdad. La forma más intensa de poseer algo o de estar en el centro de alguien (de uno mismo) es el autoconocimiento. Sólo cuando nos conocemos auténticamente nos poseemos y alcanzamos la autonomía necesaria para relacionarnos con los demás. La verdad es una necesidad, que abarca todos los aspectos de nuestra vida. Las “justificaciones” de nuestros errores, el creernos superiores a los demás, hace que seamos personas huecas y, en el fondo nos indica que carecemos de rumbo en nuestras vidas. ¿Cómo jerarquizamos nuestros conocimientos? Nuestro conocimiento de la verdad, de la realidad, podemos decir que está desarrollado si primero nos esforzamos por conocer a las personas, dejando en un segundo plano la información de los hechos o de las cosas. La verdad ilumina toda nuestra vida cuando hacemos de ella un principio de conducta. Sólo podemos adherir a la verdad cuando  tenemos actitudes de humildad. La verdad se aloja en los corazones que no se han constituido como absolutos de la realidad. En la sencillez de reconocer nuestras virtudes y debilidades está la clave para ser nosotros mismos, para aceptarnos, para querernos. La mentira no se puede justificar nunca; sólo el amor administra la verdad. Las “medias verdades” y los ocultamientos son la  puerta para la mediocridad. Sólo existe una verdad de la que todos participamos y que cada uno tiene que vivir en sus circunstancias personales, que pueden ser atenuantes o agravantes para nuestra responsabilidad. Es un deber de justicia por nuestra dignidad movernos en la verdad. La verdad nos hace libres.

 

                                                                                                    Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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