La educación de la voluntad


"Los grandes adelantos científicos, literarios, etc. no se deben tanto a la capacidad intelectual como a una voluntad dueña de sí." (J. Payot). 

En la adquisición y vivencia de los valores son decisivas: la inteligencia, la voluntad y la afectividad. Pero el gran déficit de la educación integral está en la voluntad, parece que todo lo que requiere esfuerzo está pasado de moda. No se nace con la voluntad, hay que conquistarla con el trabajo sistemático de la educación. El objetivo de la formación de la voluntad es la felicidad de la persona. No vamos a ser felices por nuestro forma de pensar. Nuestra felicidad está en función de nuestro actuar concreto. 

1. La voluntad siempre tiene que tener como norte la búsqueda del bien. Requiere una formación moral que nos ayude a diferenciar el bien del mal. Ninguna conducta humana es indiferente en sí. Está arraigada en lo más íntimo de cada uno. La formación intelectual ayuda a iluminar la realidad y a prestar atención a lo importante, a lo valioso. 

2. La voluntad necesita una afectividad que esté orientada hacia la comunicación y el servicio de los demás. Se debe alejar del capricho (del latín capra; cabra), que responde a motivos afectivos instintivos. En la sociedad del bienestar corremos el riesgo de dejarnos asfixiar por la atmósfera de las facilidades de todo tipo y la comodidad. 

3. Los momentos de la voluntad son: concepción de la idea, deliberación, decisión y ejecución. Pero es la decisión el punto esencial. No podemos quedarnos en la eterna deliberación. Tenemos que ser personas determinadas a actuar. Con suma facilidad nos damos "manija" con una idea, y postergamos indefinidamente nuestra actuación. Hay muchas cosas que las entendemos cuando las ponemos en práctica. Sólo en la determinación de la actuación está nuestra libertad. Tomar una determinación es fijarse metas, con plazos de ejecución y métodos. La improvisación se reserva sólo para los detalles circunstanciales. Las grandes metas ya se han fraguado en la reflexión. 

4. Tenemos necesidad de actuar por un ideal, para que encontremos un sentido a la vida, para que nos sintamos atraídos. El vagabundeo mental sólo nos conduce a la indiferencia y al malestar contra nosotros mismos. Encontrar un sentido en muchos casos es obrar con coherencia en la cadena de actuaciones cotidianas. Un obrar siempre en la misma dirección, hacia el bien. En otros momentos cuando parece que todo está perdido es imprescindible recuperar una mirada con fe en Dios. 

5. La voluntad tiene que ser buena y fuerte. Tiene que estar adornada por la energía, la diligencia, el dominio de sí mismo, la veracidad, la justicia y la benevolencia. Tenemos necesidad de superar la pereza, el miedo al dolor, la apatía, la indiferencia. Saber sobreponerse a la falta de ánimo. Hacer las cosas porque son buenas, aunque algunas veces no las sintamos. Solamente una vez hechas encontramos la justificación plena. Las mil argumentaciones para no hacer nada es una forma de autoengaño. La "dialéctica" puede parecer una forma brillante de pensar intelectualmente, pero en definitiva lo que manifiesta es la falta de hábitos. Los hábitos se consiguen con la repetición de actos y cuando son buenos se convierten en virtudes que nos dan la fuerza para desempeñarnos en la vida, ser libres, aprender a ser felices

6. Conseguir un espíritu activo, no dejarnos atrapar por la pasividad a la que nos conduce la imagen (la televisión, internet, etc.). La imagen dispersa nuestro espíritu y anula la voluntad. Aprender a ser protagonistas con un pensamiento propio que nos lleve a actuar de la misma manera en el ámbito personal o cuando estamos expuestos a la observación de los demás. El vivir de las apariencias hace muy efímera y superficial nuestra vida. La apariencia habla de una falta de unidad personal. 

7. La voluntad determinada sabe encontrar el tiempo de reflexión personal. Es necesario salir de los tiempos compartidos con los otros y que se prolongan indefinidamente. La amistad la tenemos que cultivar en un saber encontrarnos a nosotros mismos. Hay momentos que buscamos encontrar a los otros para evitar el compromiso personal con nuestras obligaciones: profesionales, estudios, familias, descanso, etc. La amistad auténtica sabe encontrar el momento de la entrega y de la cercanía. La voluntad tiene que liderar la comunicación con los demás cuando se hace difícil el diálogo y parece que sólo hay puntos antagónicos. 

8. Una voluntad fuerte está llena de paciencia para superar los momentos de rutina y el cansancio de lo que parece siempre igual. La paciencia es la que nos ayuda a sostener la esperanza y por tanto refuerza la voluntad para seguir actuando con el mismo ideal, aunque algunas veces se desdibuje por las dificultades. Una voluntad paciente busca la continuidad, el orden, asiduidad en la actividades. Trata de evitar los golpes de efecto para sorprender y engañarse. La vida está hecha de los detalles de cada día. Una voluntad fuerte para no "autocomplacernos" con el dolor de nuestro corazón. Saliendo de la "lamentación personal" podremos ver las cosas con mayor objetividad y retomar nuestro camino. 

9. Una voluntad madura la podremos lograr cuando no estemos pendientes de las soluciones mágicas y ajenas a nuestro esfuerzo. En ocasiones hemos hipotecado nuestra voluntad ante las dependencias a las que nos encadenamos en la vida: alcohol, remedios innecesarios, etc. La solución de los problemas la tenemos nosotros, los sucedáneos sólo hace que tengamos que volver insistentemente sin poder despegar hacia la libertad interior. Esto nos habla de vigilancia sobre nosotros mismos, de perseverancia, de constancia, de saber recuperar la alegría de lo simple. 

10. La afectividad puede ser el motor de la voluntad, cuando hemos aprendido a orientarla hacia lo valioso y permanente. Es saber que Dios siempre nos cuida. Nunca nos pide algo superior a nuestras fuerzas. Quiere que seamos agradecidos con las dificultades que se presentan en la vida. En la medida que superamos las crisis vamos conformando nuestro carácter y logramos una nueva personalidad. Los problemas son la oportunidad de superarnos a nosotros mismos, de fortalecer nuestra voluntad. Tenemos que recobrar fuerzas aceptando la voluntad de Dios sobre nosotros. Dios todo lo dispone para nuestro bien.

                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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