La empatía construye la unidad
de la comunidad


La empatía se puede procurar porque estamos viviendo en apertura hacia los demás y pretendemos profundizar los lazos de amistad. Siempre es ahondar en el conocimiento del otro, desde la experiencia de la percepción de sus sentimientos. Pero, en ningún momento puede suponer una segregación de la comunidad o un distanciamiento. En este sentido tenemos que tener en cuenta que:

1.     La empatía debe estar orientada hacia la integración del grupo. Aunque preferentemente la empatía es un fenómeno entre las personas individualmente, tiene que estar en la dirección de un crecimiento como comunidad. Conocerse mutuamente, nos lanza hacia la integración de la familia de pertenencia. Se puede decir que es sana, en la medida que nos lleva al aprecio de todos. No puede desembocar en una apropiación de los demás. Es aprender a vivir con los otros, pero también, a dejarlos ser ellos mismos.

2.     La empatía tiende a la universalidad, no se puede crecer, en la relación reductiva, sólo entre pares. Hay un enriquecimiento cuando nos ayuda a estrechar los lazos con el grupo. Si nos encierra entre los más cercanos, nos empobrece y reduce las posibilidades de conocimiento personal. La empatía nos abre a la diversidad y multiplicidad de las personas. Cuando logramos tener una actitud de apertura y acogida hacia todos, se produce un ensanchamiento del corazón, que se concreta en la aceptación de los demás y en la alegría personal.

3.     La empatía se enraíza en un corazón y se hace fermento en los demás. El sentirse interpretado, es como una correa de trasmisión, donde a su vez, yo también intento y me dispongo para comprender. La experiencia de sentirnos alcanzados afectivamente, nos ayuda a ponernos en el lugar de los otros. Sentirnos únicos por el conocimiento de uno, nos hace llevar este sentimiento hacia el entorno; de alguna manera abrimos el poro de nuestro entendimiento, para situarnos en la perspectiva de la personalidad de cada uno.

4.     La empatía supone respetar las particularidades. El ponerse en su lugar, nos obliga a tener presentes las diferencias. Estar en un grupo, hace que podamos vislumbrar la realidad de todos, pero evitando las generalizaciones, que en definitiva conducen a la anulación y al desconocimiento de la persona. Se trata de evitar poner a todos bajo un mismo común denominador. A su vez esto conlleva la reserva y la confidencialidad; la experiencia del amigo es única y personal, la debo guardar como un tesoro, es sagrada y forma parte del misterio de la persona.

5.     La empatía conduce a la imitación de todo lo positivo. El otro despierta el interés hacia la superación duradera, hace de fermento en la masa. Esto se da porque supone la reflexión, para hacer propias las sensaciones percibidas y transformarlas en vivencias. Nos sentiremos empujados por lo positivo, encenderá la motivación en nuestra voluntad, sentiremos una fuerza que se genera en el corazón, pero que la chispa que la originó es el compañero con el que hemos empatizado. Las experiencias negativas, harán surgir la compasión y la generosidad para poder ayudar. No nos inclinaremos hacia lo negativo, siempre que acaezca pasando por el análisis crítico y hayamos percibido su sufrimiento e infelicidad del otro.  

6.     La empatía permite sobrepasar lo cuantitativo y lo físico, para llegar a lo visión integral de la personaLa madre, aunque tenga varios hijos, los quiere a todos de una forma total y particular. Tiene la capacidad de multiplicarse interiormente, para darse completamente en cada uno. Es este amor el que nos permite desplegar la afectividad, para crecer interiormente y poder integrar a todos en la unidad que nadie puede romper. Cada uno de los que se nos acerca es único y por tanto lo tenemos que acoger con todas las potencialidades que encierra. Esta posibilidad de sentirse comprendido, es la que permite que tenga un sentido de pertenencia y viva con su identidad, sin quedar anulado en la masificación.

7.     La experiencia del reconocimiento de los sentimientos del propio corazón, nos permite establecer la empatía con los demás. Sin vida interior no puede haber empatía. Cuando sabemos recoger los ecos que se producen en nuestro ánimo, entonces podemos sentir con los otros. Se tiene que dar un conocimiento y aceptación personal, para que pueda sintonizar con las vivencias ajenas. Sin vida propia, no podemos aportar nada a los demás. Es el bagaje de emociones personales asumidas, lo que nos permite acercarnos y sentir con quien está cerca. La huida de nosotros mismos, la negación del mundo interior a través de las múltiples formas de evasión, nos hará ser un simple número agregado al grupo y sólo seremos consumidores o demandantes para los demás (buscaremos que los otros estén a nuestro servicio).

8.     La empatía supone la comprensión, pero no la complicidad en situaciones contrarias al bien y la verdad. Hay una falsa “solidaridad” que nunca es justificable, porque en el fondo supone un perjuicio a la persona misma que supuestamente queremos ayudar. La caridad siempre debe buscar la autenticidad de la persona. Por tanto son contrarias a la empatía, el permisivismo, el dejar hacer y la indiferencia. Tampoco es empatía las diferencias injustificadas con respecto a los demás. La convivencia exige asumir ciertas pautas comunes. Las excepciones tienen que tener una causa objetiva. Aunque al principio parezca rígida la norma, a mediano plazo servirá para ordenar el interior, asumir modelos de comportamiento y facilitará el encuentro.

9.     La empatía evita las dependencias o la espera de la aprobación de los otros. En la medida que tratamos de ayudar, tenemos que buscar que crezcan en autonomía y en libertad interior. No podemos imponer un liderazgo que genere esclavos de nuestros pensamientos. En realidad nosotros nos ponemos al servicio del crecimiento de los demás. Debemos alegrarnos cuando saben tomar decisiones con criterio, fruto de la madurez que van logrando.

10. El primer paso para la empatía es la aceptación de uno mismo. Sólo cuando tenemos el proyecto personal podemos escuchar, sin miedo a quedar descolocados ante situaciones que no comprendemos. Se necesita trabajar sobre uno mismo, para poder servir. El aprender a perdonarse las limitaciones personales (no a justificarlas), nos ayuda a recibir y a abrirnos a los demás. La amistad con Dios, el sentirnos amados, nos encamina hacia la acogida de los hermanos.

 

Hno. Javier Lázaro


 

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