La empatía en el proceso educativo


La empatía no tiene una definición bien delimitada. Supone un conocimiento interno del otro a través de una implicación personal en sus sentimientos, pero guardando siempre las distancia, para no dejar de ser uno mismo y además respetar su autonomía personal.

Se habla de una entrada en el prójimo, para sentir como él, pero sin disolverse y confundirse. Para nosotros supone una acogida racional, afectiva y emocional. No se puede reducir al plano cognitivo, pues ya no llegaríamos a tener el conocimiento de sus vivencias.

En el desarrollo de los puntos que siguen, siempre nos estamos refiriendo al marco educativo de la familia o la escuela. La empatía facilita el encuentro interpersonal, y así:

1.   Se ponen de manifiesto las respectivas personalidades. Se parte siempre de la mutua diferenciación, que es posible a partir del conocimiento y aceptación personal. Requiere del padre, madre o educador un grado de madurez donde se haya logrado una identidad, que se reconozcan las limitaciones y cualidades personales, para que haya un equilibrio emocional. De esta forma se evitarán transferencias o proyecciones hacia el niño o el joven.

2.   Supone confianza y comunicación profunda, para que se pueda dar el intercambio. Se tiene que crear el ámbito donde la persona tenga la posibilidad de expresarse, evitando la dispersión. El diálogo, supone crear un espacio donde se haga fácil entenderse, cuidando el tono de voz, el vocabulario, las facciones del rostro y la postura corporal. Todo nuestro ser se tiene que poner a disposición del que nos habla. Es necesario dejar de hacer otras cosas, que pasan a ser secundarias.

3.   En educación es imprescindible que exista empatía, entre padres e hijos o alumnos y docentes. Sabiendo que la iniciativa debe partir del adulto. Para ello hay que predisponerse, descentrándose, saliendo del egoísmo personal. Se hace necesario olvidarse de uno mismo, para lograr ponerse en la perspectiva del otro. La empatía requiere implicación e interés; el educando tiene que percibir que le importamos y que para nosotros, en ese momento, es lo más trascendente.

4.   Compromete a toda la persona: lo cognitivo, la dimensión afectiva, psicológica y espiritual. Desde lo físico supone la intervención de la vista, del oído y del olfato. Con la mirada percibimos el semblante del rostro, penetramos por sus pupilas en el alma y el corazón. El timbre de su voz nos informa de su estado interior, de sus angustias y alegrías. Después del encuentro las personas que se tienen empatía siguen permaneciendo el uno en el otro. La imaginación sigue trayendo a la mente las resonancias que se han producido en el corazón.

5.   Tenemos que tener la voluntad de ayudar en forma desinteresada para poder entablar una relación de empatía. Sólo se captan las experiencias ajenas y se viven en el propio corazón cuando se tiene la libertad de comprometerse. Las vivencias de otros enriquecen nuestro diario vivir, pero no podemos caer en el error de pretender asociar todo lo que vemos en los demás a algo que nos haya ocurrido a nosotros alguna vez. Todo es nuevo, necesitamos vivir del asombro, de la inmensidad del alma humana.

6.   Es nuestra espiritualidad la que nos da acceso al corazón, para entender y vivir sus sentimientos. Pero siempre sin pretender confundirnos con él o dejar de ser nosotros mismos, pues en este caso ya no le podemos ayudar desde nuestra objetividad. La experiencia de la propia intimidad es la que nos permite participar de la vida de los demás. El tener un proyecto propio, nos ayuda a dejar crecer al prójimo. La carencia de metas personales, nos impide dejar volar o crecer a los demás. Cultivar las propias ilusiones nos posibilita encender el entusiasmo en los niños y jóvenes.

7.   Entrar en el mundo personal es dejarse sorprender, sin cambiar nada, evitando todo juicio positivo o negativo. De alguna manera asumimos sus propios criterios éticos para ver las cosas y poder entender su actuar, que pueden ser muy distintos de los nuestros. Esto hace preciso vivir las propias convicciones y valores para no ser vulnerables ante las diferencias de criterio o para no abandonarse a los estados emocionales del momento.  Podemos establecer una relación de empatía, porque estamos seguros de nosotros mismos y podemos tender una mano para alentar al otro. Sin esta diferenciación no puede haber ni comunicación, ni encuentro. Sólo cuando nos sentimos distintos nos podemos poner en camino para poder acercarnos.

8.   La empatía se da en un clima distendido y requiere tiempo. Es un proceso que supone paciencia para hacerse entender y madurez para poder asumir la realidad del otro, sin sustituirlo o anularlo. Las prisas nos conducen a no dar importancia a la realidad y a desconocer aspectos que sólo se nos revelan con el paso del tiempo. Se aprende a entrar en el otro, cuando se lo valora como a alguien sagrado, que merece nuestro respeto y afecto. Esto es posible en la medida que nos abstenemos de pensamientos o actitudes de dominación, superioridad o manipulación.

9.   La escucha promueve en el otro el deseo de expresar lo que siente o lo que quiere. Por tanto, el silencio (como espera) es un ámbito que propicia la comunicación. Cuando lo llenamos todo de palabras, no dejamos tiempo para la reflexión, nos movemos en la superficialidad y nos domina el afán de protagonismo. Se trata de poner en primer plano lo que el otro quiere decir o expresar con sus gestos o su juego.

10. Supone tener una mirada limpia, que esté orientada por un corazón sensible a los sentimientos y preocupaciones de los demás. Así se hace necesario dejar a un lado las heridas personales, los egoísmos, los cálculos materialistas, el frenesí del placer, las palabras de adulación, las sutilezas de las ironías y las impaciencias. Cuando podemos mirar con verdad, se percibe a la persona tal como es y en todas sus dimensiones. En el mundo dominado por lo cuantitativo en cierto modo se desconoce lo íntimo y profundo del alma (de la propia y la del prójimo). Estimular la sensibilidad hacia lo espiritual es la posibilidad que nos podemos dar para admirar la dignidad de los demás y experimentar la alegría de la grandeza de la vocación del hombre.
 

Hno. Javier Lázaro

                                                                        

 

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