La empatía nos enriquece interiormente y
nos llena de alegría.


La persona en su interior es el único ser capaz de belleza infinita. La capacidad de darse sin medida a los otros nos enriquece en forma ilimitada. Pero es en el desarrollo de la capacidad de reflexión, de contemplación, de admiración y de alabanza, donde puede aprender a gozarse de esta riqueza.

El encuentro con uno mismo es el principio de la apertura para ir al encuentro con el otro. Desde un corazón unificado es posible establecer una relación de empatía. La aceptación personal es condición para acceder al “” diferente, valorando la originalidad de los demás e integrando en sí mimo todo lo que le puede enriquecer.

La persona que desarrolla la empatía está alerta para captar lo que emana del corazón del prójimo y que surge como fruto de la vida íntima de cada uno y así:

1.     La empatía, nos hace capaces de percibir las ilusiones del otro. Nos podemos introducir en las motivaciones de sus proyectos, para ayudarle a dar un nuevo impulso. Nos hacemos colaboradores, sin restarle protagonismo, pero enriqueciéndonos con su experiencia. Para que esto sea posible tenemos que tener la habilidad de interesarnos sinceramente por lo que trae entre manos, haciendo las preguntas oportunas, abriendo nuevas perspectivas, mostrando nuestra alegría por las conquistas que ya vislumbramos.

2.     La empatía ordena y hace visible, lo que aparenta no existir. La mirada cariñosa hace posible el milagro de descubrir todo lo valioso que existe dentro de cada uno. Con frecuencia el vértigo de la velocidad y el estrés, son sólo máscaras de la falta de estima personal. Es ahí donde se debe hacer presente la empatía, para señalar aquello que no podemos ver. Un simple reconocimiento, desde afuera, de los logros, ya nos ayuda a detener nuestra atención y a tomar conciencia de que somos los protagonistas de la acción. De esta forma se alegran el que señala el aspecto positivo y quien lo realiza.

3.     La empatía se hace complementariedad, ayudando a redefinir las metas que se persiguen, ya que siempre se dan acciones inconexas, por una carencia de principios firmes y metas precisas. Es entonces cuando se hace necesario el ejemplo cercano de una vida lograda, con convicciones estables, y la cercanía empática precisa, para que se pueda succionar la riqueza que brota de una vida lograda en plenitud. No se trata de sustituir o sacar protagonismo a nadie, cada uno tiene que recorrer su camino, pero siendo el uno para el otro acicate que ilusione.  Todos debemos hacer las cosas por nosotros mismos, pero sabiendo que sirven de estímulo y acompañamiento, sin entrar en ninguna competencia o confrontación infantil.

4.     La empatía siempre se goza de la belleza que brota de quien ha descubierto el sentido de la entrega y el compromiso. Pero también asume las limitaciones irreversibles del otro, tratando de descubrir los valores perennes de su persona, para hacérselos notar y ayudarlo a vivir en la confianza de sus posibilidades de alegría trascendente.

5.     La empatía respeta la interioridad de cada uno. Tiene la sensibilidad para percibir lo que tiene de propio y se lo hace ver en la forma particular de relacionarse. Los padres o los docentes quieren a todos sus hijos o alumnos por igual, pero cada uno se siente diferente por el trato personal que recibe. No es admisible la generalización. Este sentirse único genera estima personal y ayuda a la identidad, para vivir la alegría de ser uno mismo.

6.     La empatía capta el orden interior, generado por la vitalidad de la vida espiritual y la existencia de un ideal. Tal vez, uno mismo no encuentre palabras para explicar el origen de lo que pasa en su corazón, pero lo puede trasparentar en su semblante y así lo puede percibir la persona con la que se relaciona. La persona empática tiene un sentido especial para apreciar los valores del espíritu. Su trabajo de asimilación e integración de las convicciones personales, son el camino para saber dónde está parado el otro. Sin saber cómo, se da una sintonía de pensamiento, sienten que caminan en la misma dirección. Por el contrario se hace más difícil (no imposible) la comprensión cuando se viven principios divergentes.

7.     La relación afectiva facilita la empatía, cuando no ahoga a la razón. La amistad nos ayuda a llegar a lo más bajo de la tristeza, para abrir nuevos horizontes y poder seguir caminando. Pero asimismo sabe canalizar los momentos de euforia, ayudando a volver a la realidad, sin dejar de disfrutar la alegría de los logros obtenidos. La amistad empática, en la relación, es un tesoro inestimable, cuando se sabe mantener el criterio personal y se pueda ser crítico. El conocimiento personal y la historia compartida facilitan la percepción del mundo interior, pues la empatía también tiene un proceso de crecimiento, que está dado por la madurez para percibir, analizar y expresarse.

8.     La empatía se ve acrecentada por los recuerdos comunes y la espera. El recuerdo nos ayuda a hacer presente lo vivido y la espera nos anticipa lo que tiene que acontecer. El tiempo compartido nos da la posibilidad de tener experiencias comunes y por tanto nos dan la oportunidad de interactuar y de intercambiar sentimientos. Ahora se los puede vivir dándoles una nueva significación para la vida. Esto gracias a la perspectiva que nos aporta el otro (y que nosotros solos nunca hubiéramos descubierto). Así podemos cambiar juicios condenatorios o perdonar. Esto ayuda a sanar el corazón. De la misma manera, la espera compartida, aúna nuestros deseos, haciendo más fácil mantener la ilusión.

9.     La empatía desbloquea la alegría, que por nosotros mismos no podemos percibir. Ante experiencias comunes, unos las viven intensamente y se gozan de ese hecho; pero otros se mantienen indiferentes. Es entonces, en la relación de empatía, cuando estos últimos, percibiendo la alegría de los primeros, pueden también alegrarse. Esto nos permite enriquecernos y percibir a través de las experiencias de los otros. Lo mismo se podría decir en otra clase de sentimientos. Esto es posible cuando hay una intensa comunicación del mundo interior y simpatía, ya que facilitan toda relación.

10. La experiencia de amistad con Dios multiplica las posibilidades de empatía. Entrar en comunión con Dios nos permite asumir sus mismos sentimientos, frente a las diferentes realidades humanas. Esto nos da una apertura infinita a los demás y la capacidad de la acogida fraterna. El hecho de sentirnos recibidos gratuitamente por la misericordia infinita, nos hace comprensibles de todas las limitaciones. A su vez, el vivir la filiación con el mismo Padre, nos hace a todos hermanos y capaces de vivir la fiesta común.

Hno Javier Lázaro


 

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