La familia es el ámbito
de la integración y el crecimiento personal

Octubre 2014


   

Vivimos en familia para ser felices. Cuando un hombre y una mujer contraen matrimonio, generan un ámbito íntimo donde cada uno se olvida de sí mimo para entregarse desinteresadamente al otro. Hasta ese momento han podido vivir éxitos laborales o profesionales; pero sólo en el compromiso de la entrega de su ser total, el hombre y la mujer, se pueden realizar plenamente como personas. Sólo así podemos integrar las diferentes dimensiones personales, lo interior y lo social, el cuerpo y el espíritu, la inteligencia y la afectividad. 

La fidelidad es posible a partir de la experiencia de integración personal, donde nos aceptamos tal como somos. Esta experiencia de madurez individual y conyugal, sólo se puede lograr en la superación de las dificultades de todo tipo. Desde este punto de vista las contrariedades son una oportunidad de crecimiento y camino para la felicidad. Necesitamos darnos para el bien del otro, para despertar en su corazón el deseo y  la capacidad de entregarse. En el amor conyugal se acoge lo que nos quieren entregar, para replicarlo en agradecimiento y expresiones de cariño que conducen a la efusión.

Es a partir de la experiencia de sabernos amados desde siempre por el amor de Dios, lo que nos permite ser una ofrenda para los demás. Esto supone, hacer el camino de síntesis, para ver nuestra historia personal como un regalo que estamos llamados a acrecentar en la entrega; perdonarnos los errores vividos a nivel individual y aprendiendo a perdonar  al otro, para tener un espíritu sano y sea capaz de amar. La amistad con Dios, es el camino para que nuestro corazón se conforme y se disponga a amar.

El conocimiento de nuestro mundo interior, nos permite reconocer las emociones y las actitudes que tenemos que rectificar para orientar el corazón y ser causa de unidad. Esto facilita la apertura y la comunicación con el otro cónyuge y los hijos. Desde esta apertura y generosidad para el cambio, nos hacemos fecundos en los detalles de cada momento. El olvido de uno mismo nos libera del egoísmo y nos abre a las potencialidades que supone la dignidad infinita de las otras personas.

La familia es participación en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Jesús en su entrega en la Cruz nos introduce en la familia de Dios. Con la alegría de su resurrección nos anticipa el gozo que estamos llamados a reproducir en cada uno de nuestros hogares, que es signo de la patria definitiva, donde todos viviremos junto al Padre.

                                                                                         Hno. Javier Lázaro

 


 

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