La familia alianza de amor con Dios


El matrimonio entre un hombre y una mujer es posible cuando se vive como participación del amor gratuito de Dios en nuestra vida. Del amor sin medida que recibimos, surge nuestra correspondencia, que se expresa en un proyecto común. Él siempre nos ama, independientemente de nuestras acciones. Gozar de su amistad depende de nosotros y se constituye en la experiencia de todas las relaciones humanas auténticas.

Cada uno por su singularidad es diferente a los demás, hay un camino que recorrer para superar la tendencia al egoísmo. El matrimonio se realiza cuando se reconocen los contrastes entre el hombre y la mujer y son fuente de complementariedad para llegar al encuentro. Es tarea de todos los días  aprender a salir del centro personal, para entrar en el corazón del otro e infundirle la “provocación” de la entrega definitiva, expresión de la libertad, que se conquista cuando se intenta amar y por tanto haciendo opciones constantes, coherentes con el proyecto común que supone un matrimonio. La familia se construye a través de los detalles de cada momento y además contando con la gracia de Dios que se hace presente siempre que hay un atisbo de amor. 

Pasar de la provisionalidad, propia de la inmadurez de la adolescencia,  para llegar a la fidelidad; esto supone: amar en los momentos difíciles; aprender a olvidarse de sí,  recibir al otro tal como es; expresar lo positivo del otro, aceptar lo que no entendemos como camino de crecimiento; ser alegres en la lucha pues tenemos la certeza que nuestro amor está madurando.

La familia es continuidad de la creación de Dios, donde se hace más patente la capacidad de elección del hombre. El matrimonio está en función de la realización del Reino de Dios, su caducidad está señala por la eternidad. Todos somos ciudadanos del cielo. 

 

                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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