La familia,
vida de comunión entre personas

Día de la familia 2007


La familia, es la vida de comunión entre personas que se aman, que buscan siempre el bien del otro, con la consiguiente renuncia a las apetencias personales. El hombre y la mujer que han comprometido su vida en un proyecto único y común, están llamados vivir de la entrega incondicional desde adentro.

Para vivir en el amor, se hacen capaces -cada uno- de guardar su corazón, de todo aquello que los disuelve en la superficialidad o los divide en el pensamiento. Saben huir de las noticias y conversaciones, que tratan de convencernos que se puede vivir desde la apariencia o lo material.

La comunicación autentica en el matrimonio, sólo se puede sostener desde la vida interior. Ésta, nos permite adueñarnos de nosotros mismos y vivir en una relación de amistad con Dios. La vida de familia es participación del amor que se tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Cuando hablamos con Dios desde nuestra familia (rezamos juntos), posibilitamos que Jesús  alimente el amor mutuo.

La vida de relación en el matrimonio es posible acogiendo la presencia de Dios en nuestra vida. La indisolubilidad del matrimonio se sostiene, si creemos en la entrega total de Jesús en la Cruz por su Iglesia. No se puede dejar la unidad del matrimonio a la arbitrariedad de la simpatía de las personas, o a las sensaciones personales, ya que la persona está en un permanente cambio. Tenemos que fundamentar el vínculo conyugal en quien nos ama gratuitamente, desde siempre y por la eternidad. 

La fecundidad del amor se hace presente en los hijos, pero se profundiza en la vida de fe del hombre y la mujer que han puesto a Dios en el centro de sus vidas; que lo pueden celebrar en la eucaristía dominical. Es el  Espíritu quien transforma el pan en el Cuerpo de Cristo, pero también es Él, quien reúne en la unidad, la vida del hombre y la mujer que se disponen a caminar juntos.

En la educación de los hijos, la relación de los padres,  hace que se conviertan en testigos y testimonio. Además de legarles su herencia biológica y cultural, les hacen entrega: de la experiencia de sentirse amados; de la fuerza que infunde la practica del bien;  de la voluntad, si está acompañada por el ejercicio de la autoridad con la puesta de límites;  de la capacidad de generosidad, como consecuencia de su altruismo; de la alegría,  fruto de la comunicación y la valoración de todos como personas.

                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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