La familia y la comunidad ámbitos de agradecimiento

Octubre 2015


   

Las personas nos realizamos en la entrega a los demás. Pero necesitamos ámbitos donde podamos expresar la apertura total. Este salir sin límites tiene que estar rodeado de gratuidad y respeto a la intimidad de cada uno.

Es la familia y la vida en comunidad, donde podemos abrir nuestro corazón, sin miedo a ser juzgados. Cada integrante acoge al otro tal como es. Esta condición es indispensable. Las personas se tienen que sentir queridas o recibidas tal como son. En una palabra: amadas.

Es en la entrega, donde se da la paradoja, que la persona se puede encontrar. La persona se despoja de sí misma para encontrarse con los otros. Pero tiene que existir un alguien que pueda acoger lo que damos. Hay que llegar a un espacio de confianza y confidencia. Es entonces cuando se facilita la apertura y la persona se siente segura.

Para generar estas condiciones es preciso el cultivo de la interioridad; en el clima espiritual es donde todos estamos abiertos a la trascendencia. Vivir esta experiencia supone dejarnos acompañar, para enriquecernos mutuamente. La familia y la comunidad necesitan una situación de calma y sosiego. Es entonces cuando podemos encontrarnos, para mirarnos a los ojos y reconocernos.

En el asombro ante el misterio del otro surge nuestro agradecimiento. El paso siguiente es la valoración positiva y un reconocimiento del valor infinito de la persona. Pero para llegar a todo eso necesitamos recorrer el camino del corazón:

1.    Aprender a gozar de la presencia de las personas. Precisamos diferenciar a las personas de las cosas. Nos relacionamos de forma diferente. A las cosas las podemos utilizar, mover, trasladar y manipular. Las personas tienen un valor infinito y en nuestro corazón interactúan de una forma espiritual. Es preciso diferenciar la alegría de estar con los otros, del placer que sentimos cuando utilizamos las cosas. Cuando manejamos objetos, por avanzadas que sean tecnológicamente, no crecemos interiormente; llegará un momento que producirán un cansancio físico y un hastío psicológico. El encuentro de las personas cargado de respeto, y que intencionalmente están atentas entre sí, siempre es nuevo y produce un gozo, fruto del misterio que es cada persona. Esto nos lleva al agradecimiento por la presencia de los otros en nuestra vida; y así se lo manifestamos con las palabras y gestos de ayuda, aprecio y cariño.

Dada la grandeza de cada persona, el encuentro personal con los otros, siempre es inconmensurable. No podemos catalogar o clasificar a nadie. Todos somos diferentes, fruto de nuestra libertad y de la relación personal que establecemos con el Creador; que nos ha hecho a su imagen y semejanza, para ser plenamente felices junto a Él. Todo esto es motivo del gozo y del agradecimiento más profundo.

2.    Capacidad de desarrollar sentimientos buenos y reconocerlos. El corazón pasa por diversos estados de acuerdo a lo que estamos viviendo. Todo se vive diferente. Pero estamos llamados a reconocer aquello que nos produce alegría o aburrimiento; lo que nos llena de paz o genera cierto aburrimiento. Es un trabajo de artesanos el estar atentos, para llegar a expresar aquello que nos da la verdadera paz. Es entonces cuando descubrimos que en el encuentro personal con los otros se despiertan en nosotros sentimientos que no son comparables con los del divertimento y la manipulación de cosas.

En la medida que sintonizamos o generamos empatía empezamos a tener la habilidad de conocernos de una forma más rica y profunda. Es una tarea de cada día la atención que prestamos a las sensaciones espirituales que se producen en nuestro interior y que nos permiten estar con los otros de una forma íntima, en comunión, en amistad, con un sentido de libertad que nos lleva a amar.

El primer encuentro es con nosotros mismos. Tener tiempo para la reflexión, es la posibilidad del conocimiento personal y de agradecimiento, por reconocernos tal como somos y sabernos enriquecidos con toda clase de dones.

3.    Expresar lo que sentimos con naturalidad. En la familia o en la comunidad estamos convocados a generar el clima donde todos podemos expresar lo que sentimos con sinceridad, siempre buscando enaltecer a las personas. Para ello nos entrenamos en acoger los sentimientos de los otros sin juzgarlos, descubriendo el misterio de Dios que se manifiesta en su corazón.

Dado este espacio de acogida que tenemos, cada uno nos comprometemos en cultivar los sentimientos que hacen posible la comunicación profunda. Para ello generamos en nuestro interior, el espacio de silencio, de admiración, de aspiración a lo trascendente, la escucha atenta, de sorpresa ante lo sublime y de aliento a aquello que nos abre hacia lo espiritual. Esto supone reconocer la riqueza personal, la imposibilidad de acotar las aspiraciones más íntimas, de acoger el don de Dios, de vivir en comunión con uno mismo por la aceptación personal, seguros de que somos amados por un amor Absoluto.

Trabajar estos aspectos nos hace estar abiertos en forma permanente; sabemos que estas actitudes no tienen un punto de llegada, siempre son un proceso que se orienta hacia lo infinito o a aquello que nos lleva hacia lo divino. Conocer este tesoro para nuestro crecimiento nos abre a un agradecimiento permanente, que a su vez se convierte en fuente de nuevas experiencias interiores y sentimientos.

4.    Asumir los valores absolutos que ayudan a las relaciones interpersonales.  En el clima familiar cabe siempre la comprensión y el perdón; intentamos por todos los medios alejarnos en forma radical de la cultura relativista, que propone: el individualismo, el consumismo y el utilitarismo.

En el ambiente familiar y comunitario, siempre lo pensamos todo en función de los demás; posponemos los gustos personales para dar prioridad y responder a las necesidades de los otros. Ordenamos los horarios, el descanso, las comodidades y nos esforzamos por sacrificarnos para hacer sentir bien al otro. 

La austeridad es una nota características de un grupo unido, pues cada uno tiene cubiertas las necesidades de aprecio y valoración; nadie tiene que buscar compensaciones con cosas exteriores o la acumulación de seguridades materiales. Todos entienden que lo más importantes son las personas por las que está rodeados. El consumismo es un indicador del vacío en el que está viviendo un integrante o el grupo entero. El estar pendientes los unos de los otros, dejando ser a cada uno, hace que podamos prescindir de las cosas superfluas.

En la comunidad o en la familia, nos ponemos al servicio de los otros y renunciamos a usar a los demás para nuestros fines personales. Por eso cuidamos los detalles para no caer en el utilitarismo; el antídoto es saber regalarnos el tiempo los unos a los otros. Hay cosas que no tienen que tener un fin cuantificable, las vivimos en la gratuidad. A nivel personal, necesitamos dedicar tiempo a la oración y la contemplación; pero a nivel comunitario-familiar es preciso saber estar junto a los otros, como que nada hay más importante que las personas. A su vez, sabemos acoger los signos simples como valiosos, interpretando la voluntad y los gestos de entrega como un don de la persona total; incomparablemente superior a cualquier estimación monetaria.

5.    Generamos un clima de simpatía y que esté animado por la fe. La necesidad y la decisión de que sean relaciones duraderas o permanentes, hace que se genere naturalidad la simpatía, fruto de los sentimientos, las actividades y tiempos que se comparten. Aquí no se puede entender la provisionalidad; las personas necesitamos anclarnos y obligarnos unos con otros. No se trata de sobreactuar o de vivir una empatía artificial. Necesitamos elegirnos y ser agradecidos porque los otros existen y están a nuestro lado, aunque algunas veces surjan desequilibrios.

Cuando aparecen dificultades (que son habituales, porque todos somos diferentes), es preciso seguir creyendo en nosotros mismos y en los otros. Es fundamentar apostar siempre en positivo por la unidad; seguros de que nos necesitamos y tenemos buena voluntad (aunque algunas veces nos cueste percibirla).

Generar el sentimiento de unidad es clave para profundizar la convicción de la estabilidad, con una permanente trasformación, orientada hacia la madurez y la alegría de cada uno. Esta unión se sostiene de una forma contundente cuando hacemos presente a Cristo y le miramos a Él, que da la vida por todos. Él no se arrepiente de entregarse para que tengamos la vida en abundancia.

 La Trinidad es una comunidad de personas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y estamos llamados a participar de su vida íntima. Este es el fundamento de la comunidad o familia, que embellece a cada uno de sus integrantes. Para vivir esta experiencia humana y espiritual, estamos llamados a tener un encuentro personal con cada una de las personas de la Trinidad, así como con los distintos integrantes del grupo con el compartimos nuestra vida. No podemos ignorar a nadie, pues en caso contrario una parte de nosotros mismos queda infecunda.

Es en la vida de familia y comunitaria, donde se hace patente la fraternidad universal, que siempre es un canto de agradecimiento, pues nos sabemos sostenidos por el Espíritu, presente en cada uno de los corazones.

 

Hno. Javier Lázaro sc

  


 

prin1.gif (3108 bytes)