La fe en la vida diaria

Marzo 2013


Jesús, en el evangelio, no da clases teóricas sobre la fe. Simplemente en las situaciones concretas pide que tengamos una mirada desde la perspectiva de Dios. Con frecuencia analizamos la realidad desde distintos parámetros: económico, social, físico, temporal, psicológico, etc., pero necesitamos ver y considerar las cosas desde la fe, que en realidad jerarquiza todos los demás, porque los transciende y los supera. La fe es la perspectiva principal porque procede de Dios,  no es una simple variable más. Cuando nos falta la fe ningún razonamiento o planteamiento cuadra en forma total.

La fe nos permite ver el presente con los ojos de Dios y transmitírselo así a los demás. Esto supone en el día a día:

1.     Aceptar que la razón no puede dar las explicaciones últimas a nuestra existencia y por tanto, de la felicidad humana. Tenemos necesidad de salir al encuentro de Dios para saber quiénes somos y cuál es nuestra vocación. Pero tiene que haber una decisión personal de dar acceso en nuestro corazón al pensamiento de Dios. Salir de la ciega autosuficiencia, para comprender que tenemos respuestas, que vienen de afuera y que nos están esperando, para dar un sentido nuevo a todas las cosas.  Como el salmista, por la fe estamos decididos a  orientarnos interiormente según Dios: “A ti levanto mis ojos,  a ti que habitas en el cielo” (Sal 122,1).

Para que Dios se nos comunique necesita nuestro permiso y de un gesto de libertad, aceptándolo en nuestros pensamientos y sentimientos.  Una vez que nos abrimos, entramos a un mundo infinito, insospechado, accedemos al amor de Dios, que mueve la voluntad y nos hace capaces de los mayores sacrificios, que nos llevan a la realización personal, en la entrega incondicional en el servicio a los demás.

2.     Con la fe nuestro primer pensamiento y sentimiento se dirigen siempre a Dios. Esto a través de gestos concretos en los distintos momentos del día. Jesús está en todo tiempo esperando nuestra respuesta. “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap, 3,20). Constantemente nos invita a: al levantarnos a hacer  la Señal de la Cruz con devoción, un profundo “gracias Señor”, un padrenuestro, cualquier oración… siempre es un empezar  junto a Dios.

Al encontrarnos con las personas: teniendo presente que somos hermanos, llamados a vivir la caridad, creyendo en las buenas intenciones de los otros, buscando en forma decidida que se sientan cómodos, perdonando cuando se equivocan. Todos estamos convocados por el Padre a la fraternidad universal.

Cuando estamos trabajando en el lugar que sea: haciendo las cosas con una implicación personal, orientando todo al bien de las personas que va dirigida nuestra actividad, con el compromiso de buscar  la belleza que cada detalle encierra, ofreciendo el fruto de lo que producimos para la mayor gloria de Dios, imitando al Creador que nunca se detiene para llevar a la plenitud su obra y que siempre la hace bien… todos somos colaboradores de Dios con la realización de las cosas más simples hechas con amor.

3.     La fe nos libera del egoísmo del pecado, nos abre a la riqueza de la misericordia de Dios y al tesoro de la fraternidad. La mirada de Jesús nos ordena el corazón.  Sólo la fe nos libra del desorden personal, pues contamos con la gracia de Dios. Las frustraciones y heridas del pasado tienen su curación cuando nos sabemos amados por un amor incondicional, pero al que sólo podemos acceder por la fe. La fe nos permite vislumbrar el poder absoluto de Dios, que es el amor y a la vez nos hace percibir nuestra pequeñez. Por la fe entendemos que el único camino de reconstrucción  es Jesús mismo, que nos hace criaturas nuevas y cercanas a su Corazón. “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn14, 6).

Las diferencias con los otros sólo se pueden superar con la mirada hacia el Padre común. El guardar silencio, el tener paciencia, la mansedumbre… son signos de la confianza en un orden que está llegando constantemente y paulatinamente en las relaciones interpersonales. La fe nos permite salir de la mirada obsesiva de nosotros mismos, para entrar en el abanico del “nosotros”, que todos estamos llamados a vivir en el cielo. Esto nos impulsa y permite vivir la generosidad, la solidaridad y el  sentido de responsabilidad en lo que es común.

4.     La fe necesita que rompamos la inercia  rutinaria en la forma de hacer las cosas. La fe en sí siempre es creativa, busca razones nuevas para todo y que no se acaban, porque brotan de la belleza infinita de Dios. Tenemos la tendencia a repetir las actividades sin pensar, hasta que llega un momento que no sabemos qué hacemos o para qué. Necesitamos tener motivaciones nuevas. Pero para esto se requiere la gimnasia espiritual de buscar en todo momento cuál es el querer de Dios. Es la fe la que nos permite tener y avivar el deseo de indagar, seguros de que siempre Dios responde a los interrogantes más profundos. Jesús nos sigue preguntando “Qué buscan” (Jn 1, 38). El Padre  está atento, responde a sus hijos. Aunque también tenemos que admitir que hay respuestas que no las entendemos por falta de capacidad  racional. Es la fe la que nos permite aceptar lo que ya intuimos en los deseos de nuestro corazón.

La fe necesita una constante actualización, cualquier estado de aletargamiento puede ser fatal, pues puede llevarnos a lo fácil y lo atrayente de las pasiones. La gracia de Dios nunca nos va a faltar, pero sí se necesita el compromiso de nuestra voluntad para desear encontrarnos con Dios.

5.      El tiempo que dedicamos a la oración es decisivo para el crecimiento de nuestra fe. El tiempo es la parte material cuantificable que  podemos poner nosotros. La otra parte es nuestro interés y la preparación  del entorno que requiere el encuentro con Dios. Sin dedicar tiempo no podemos decir que seamos personas de fe. Aún, sin tener ánimo o deseos personales, debemos dedicar el tiempo para cultivar la amistad con Dios.  Una vez que empecemos se nos irá abriendo el “apetito espiritual” para gustar  la dulzura de su Palabra en el corazón. El comenzar es como la levadura que inicia un proceso: “El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa” (Mt 13,33). Los tiempos cortos son necesarios para que mantengamos la llama de la presencia del Espíritu.  Los tiempos largos de oración se necesitan para conocernos y sabernos amados. Sólo sabremos quiénes somos y quiénes son los otros cuando conocemos a Jesús, que es la imagen del hombre perfecto.

Expresiones como “no tengo tiempo”. En realidad nos hablan, de la triste realidad, de la falta de fe, es la manifestación del inconformismo de uno mismo y la falta de confianza en Dios. Cuando tenemos fe, Dios tiene una preeminencia absoluta y no nos aparta del trabajo, ni de los deberes que tenemos para con otras personas.

La fe siempre busca el oasis de la quietud de Dios en la oración. Él es quien nos da otra mirada.

6.     Tener un espacio que nos ayude al recogimiento del corazón para celebrar el encuentro. Tener un lugar adecuado y reservado para estar con Jesús ya nos predispone interiormente y facilita el acto de fe. Sin un entorno  adecuado se hace muy difícil recoger el corazón para estar con el Amado. “Tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6,6). En ese lugar, debe tener preeminencia el libro de la Palabra, como signo de la presencia de Dios, a quién queremos escuchar; el crucifijo o algún otro signo que manifieste el amor incondicional de Cristo por nosotros; una postura que nos oriente el corazón; algún texto u oración que nos ayuden a iniciar el movimiento interior. Cada uno tiene que encontrar la forma de facilitar la acción del Espíritu, para que la fe sea viva, pues la gracia nunca nos falta. Tendríamos que hacer un tratado sobre la oración, pero que no es el fin en este momento.

7.     La fe se hace presente en las relaciones con los otros.  Nuestra forma de comunicarnos siempre tiene que estar condimentada con el don de la fe que hemos recibido y vivimos.  Los demás tienen que percibir que tenemos un trato especial con Jesús. No podemos guardar un tesoro tan grande sólo para nosotros mismos. Necesitamos vencer la vergüenza o el temor. Jesús siempre sale en nuestra defensa. “Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10,32). El mejor testimonio será la alegría que manifestamos de vivir en la amistad con Jesús.

Esto a su vez, nos tiene que llevar a formar comunidad, donde podamos compartir la fe en la intimidad. Necesitamos alegrarnos del don común que vivimos. La fe nos tiene que impulsar a sostener a los hermanos que están en crisis o se sienten débiles  por las diversas circunstancias. “Donde dos o más están reunidos en mi Nombre, allí en medio estoy Yo” (Mt 18,20).

Necesitamos celebrar juntos la fe. El centro de este encuentro es la Eucaristía. Cristo se hace presente cuando dos o más se reúnen en su nombre, pero en la Misa se hace presente para hacer de todos un solo cuerpo, que junto al suyo se ofrece al Padre.

Llevar la fe a los demás es la forma de fortalecer nuestra fe y además de entender el misterio del hombre, que se realiza en el infinito amor de Dios. Comunicamos la fe en cualquier circunstancia, con una simple palabra que  nos abra a la presencia de Dios. Todo momento tiene que ser evangelizador.  

Somos discípulos  de Cristo si obedecemos su mandato: “id por todo el mundo y anunciad el evangelio” (Mc 16,15).

8.     La fe siempre nos abre a la novedad de Dios, sin pretender apropiárnoslo o  ajustarlo a nuestra medida racional o de la imaginación. Siempre necesitamos estar abiertos al misterio, con la certeza de que vivimos en la verdad, sin poderla captar plenamente con los sentidos. La fe nos exige la pobreza de renunciar a querer encerrar a Dios en nuestros conceptos o pensamientos. Así evitaremos hacernos un “dios” a nuestra medida o conveniencia.

Para conocer realmente a Jesús, necesitamos una relación personal, pero con la generosidad de llevarlo y darlo a conocer a los demás, para manifestar la riqueza que es Cristo en la vida del corazón. “Después subió a la montaña y llamó a su lado a los que quiso. Ellos fueron hacia él, y Jesús instituyó a Doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 13-14). Darlo enteramente a los hermanos, como Cristo se nos da a nosotros. Cuando damos testimonio de nuestra amistad con Cristo, la mirada de fe se renueva constantemente, enriquecida por el Espíritu que se hace presente por el sacramento del hermano, que nos hace rebosar de alegría y paz. La fe que no se comparte, queda aletargada y paulatinamente muere.

9.     La fe nos lleva a acoger a Dios en su ser total. No es un Dios “a la carta”. La fe es el camino del encuentro con Cristo, sin ponerle restricciones, lo aceptamos como quien es, como nos gusta sentirnos acogidos por los otros. Supone confianza, pues muchas veces no lo entendemos o pareciera que no nos conviene, porque exige un cambio con la consecuente renuncia.  La fe es práctica, porque nos exige coherencia de vida, que se ve facilitada por la gracia y el deseo que tenemos de buscar en todo la voluntad de Dios. La fe encamina y orienta nuestro proceder en todos los sentidos. Se convierte en luz y seguridad en el bien obrar. Cuando hay algo que no entendemos, adoptamos la actitud de María: “Conservaba todos estas cosas en su corazón” (Lc 2,16). Tengamos la seguridad que Dios nos revela las cosas que tenemos que entender, pero no le pongamos plazos. Sólo Él sabe cuál es momento más conveniente. Necesitamos una actitud de disponibilidad y apertura.  

10. El crecimiento de la fe nos puede venir a través de cualquier camino que Dios disponga. Así podemos advertir que llega por: un movimiento interior inexplicable en el corazón fruto de  la presencia del Espíritu que nos llena del deseo de encontrarnos con Cristo; por una persona sencilla que tiene la experiencia de la confianza en la providencia y sabe leer los signos de los tiempos o la naturaleza desde la perspectiva de Dios; por un niño que en su candidez nos muestra la bondad y la belleza; por los llamados a nuestra conciencia a una conversión para dejarnos llenar de su misericordia; ante el dolor o la enfermedad que nos abre al misterio de los designios inescrutables y nos unen a Cristo redentor; etc. Jesús se siente sorprendido porque sabemos sacar conclusiones en otros ámbitos, pero algunas veces estamos bloqueados para ver los signos del Reino “¿Cómo no saben discernir el tiempo presente?” (Lc 12, 56). En todos los casos necesitamos la humildad que nos conduce a la fe y a renovar la capacidad de asombro del discípulo que quiere aprender e identificarse con su Maestro.

 

Hno. Javier Lázaro

                                                                            

 

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