La fe nos pone en comunión con Dios
 

Noviembre 2012


La fe es un regalo de Dios a nuestro corazón que nos permite entrar en su amistad. Es una virtud sobrenatural que viene de Dios,  y necesita nuestra colaboración. La iniciativa siempre parte de Dios. Él se quiere entregar, pero precisa que lo acojamos con sinceridad y generosidad.

La fe genera convicciones profundas y duraderas, da identidad y madura a toda la persona, para caminar firmes en el proyecto que Dios tiene para cada uno, con el fin de que seamos felices. La fe no elimina las dificultades, pero permite superarlas, por la confianza de saber que Dios siempre está sosteniendo nuestro corazón.

“¡Bendito el hombre que confía en el Señor y en él tiene puesta su confianza! Él es como un árbol plantado al borde de las aguas, que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme cuando llega el calor y su follaje se mantiene frondoso; no se inquieta en un año de sequía  y nunca deja de dar fruto” (Jer 17,7-8).

Las virtudes teologales, son conceptos abstractos, se representan con imágenes de mujer. La Fe se suele presentar con una mujer  de pie, portando un cáliz y una cruz, pudiendo llevar los ojos tapados en señal de confianza; la Esperanza con un ancla a sus pies, como símbolo de firmeza, y la Caridad sentada, como una madre que amamanta a un niño, con otros que la rodean y abrazan, mientras una cornucopia deja caer sus monedas, como símbolo de abundancia. La fe tiene como fin poner en comunión al hombre con Dios.

La fe en nuestra vida tiene consecuencias con un alcance que llega a todos los ámbitos de nuestra existencia: 

1.     La fe nos abre a la confianza absoluta. No es una mera sugestión para pensar que las cosas van a salir como nosotros las pensamos. La fe supone adherir a la forma de hacer de Dios, seguros de que es lo mejor para todos.

1.1.     Esta confianza supone que contamos con la gracia de Dios para llevar a cabo las acciones buenas. Cuando Dios nos pide algo siempre nos da la gracia para llevarlo a cabo. No debemos complicarnos la vida, pensando que sólo contamos con nuestras propias fuerzas o abriendo la posibilidad a la duda sobre si podremos cumplir lo que nos proponemos. Sería una forma de ateísmo el no creer que Dios nos acompaña; es así, entonces cuando nos llega la preocupación y la angustia. Es un acto de fe seguir caminando confiando, teniendo la certeza de que Dios a cada paso nos da lo que necesitamos, aunque parezca que no tenemos todos los recursos a la vista. Abraham en diálogo con su hijo Isaac, así lo siente:

 “Abraham recogió la leña para el holocausto y la cargó sobre su hijo Isaac; él, por su parte, tomó en sus manos el fuego y el cuchillo, y siguieron caminando los dos juntos. Isaac rompió el silencio y dijo a su padre Abraham: “¡Padre!”. Él respondió: “Sí, hijo mío”. “Tenemos el fuego y la leña, continuó Isaac, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?”. “Dios proveerá el cordero para el holocausto”, respondió Abraham. Y siguieron caminando los dos juntos” (Gn 22,6-8).

Dios es tan generoso que no deja que Abraham ponga a su hijo para el sacrificio. Pero Él si pone a su propio Hijo, a Jesús, que muere como cordero por todos nuestros pecados. Se convierte en escudo protector.

1.2.     La confianza en Dios se extiende con la mirada también a los demás. Porque ya no los veo como extraños, los siento como hermanos. No tengo miedo de sentarme a la misma mesa. Recordemos la parábola del “Padre misericordioso”, que sale a buscar al hijo mayor que no quiere entrar a la fiesta. La fe en Dios nos hace creer en los otros, porque Dios nos reconcilia y nos sana con su amor.

“Pero el padre le dijo: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”». (Lc 15,31-32)

La fraternidad surge de poder decir juntos el Padrenuestro. Lo común lo da el Padre. Lo que nos permite compartir la vida es saber que estamos llamados a un mismo destino, que es la celebración, el gozo eterno.

“El señor le respondió: “Ve a los caminos y a lo largo de los cercos, e insiste a la gente para que entre, de manera que se llene mi casa” (Lc 14,23).

La dimensión transcendente nos permite  jerarquizar los intereses particulares supeditándolos de los universales, nos permite entrar en la perspectiva del servicio y la acogida al hermano.

1.3.     La confianza que Dios me da, también me permite perdonar a los demás. Viendo lo terapéutico que es el perdón en mi vida, puedo extender el perdón a los demás. El perdón me ayuda a confiar. Con frecuencia la soberbia y el sentimiento de envidia nos impiden perdonar. El saber que para participar de la filiación divina necesito parecerme al Padre en su misericordia, me obliga a perdonar. Lo decimos en el Padrenuestro:

“Perdónanos como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido”.

Y una vez, dado el paso, realizado el gesto, sentimos el gozo y el regalo de Dios que nosotros mismos recibimos. Las heridas que nos ha producido el hermano, al ofrecerle el perdón, se han convertido en fuente de vida.

La mirada de Jesús en la Cruz, perdonando a los mismos que lo crucificaron: Padre perdónales porque nos saben lo que hacen”, hace que no podamos negarnos a perdonar, que aunque no lo sintamos, si lo deseamos en lo más profundo del corazón, como el gesto de máxima libertad.

2.     La fe supone la renuncia al criterio personal, para querer sólo la voluntad de Dios. Por la fe acogemos, con alegría y paz, el proceder de Dios. Queremos aceptar y confiar, porque sabemos que dispone lo bueno para todos. La fe supone docilidad y obediencia a sus designios, muchas veces incomprensibles a la razón. La fe me permite seguir caminando aunque no vea el camino, pues elegimos guiarnos sólo por el Espíritu, que no anula la inteligencia, ni la reflexión personal.

 “Estén atentos, permanezcan firmes en la fe, compórtense varonilmente, sean fuertes. Todo lo que hagan, háganlo con amor” (1 Cor 16-13-14).

2.1.     Por la fe superamos la autosuficiencia en nuestros criterios, sabemos que la explicación última de nuestra existencia está fuera de nuestro alcance. Necesitamos abrirnos al misterio de Dios en nuestra vida. Entendemos por misterio todo aquello que supera nuestra razón y por tanto nos obliga a aceptarlo como verdadero, confiados en un Dios que nos ama.

·    Hay cosas que se aceptan y se viven y luego se las entiende. Semejante al descubrimiento de algunos planetas. Primero se intuye matemáticamente que tienen que existir para que el sistema tenga coherencia y después se descubren  visualmente.

·    Cada uno tenemos la experiencia de nuestra vocación; sentíamos una llamada en nuestro interior, aunque no podíamos dar demasiadas explicaciones y porque los demás no nos las entendían. Hemos necesitado toda una vida para explicitar lo que Dios nos pedía. Hoy los otros lo entienden desde los frutos que perciben y que nos ven como personas que tenemos un sentido pleno en nuestras  vidas.

“Esto dijo,  dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto,  añadió: Sígueme. (Jn 21, 19).

La vocación personal no se entiende desde la lógica materialista del mundo, ni desde la tendencia afectiva posesiva pansexual de la sociedad actual.  Sólo los designios de Dios nos han hecho vivir en plenitud lo que para nosotros era incomprensible. Un amor más grande, animado por la fe, nos ha lanzado hacia el compromiso que nos hace felices.

2.2.     Por la fe, la voluntad de Dios es el criterio de discernimiento. Así nos liberamos del subjetivismo, del autoengaño, de lo fácil. Sólo la fe nos permite descubrir su voluntad. Pues sus caminos no son nuestros caminos. Su lógica no es la nuestra. Pensemos con el evangelio en la escena de la multiplicación de los panes, cuando los discípulos querían enviar a la gente a sus casa y Jesús responde dándoles  a todos de comer, hasta saciarse. O simplemente cuando Jesús anuncia su pasión y Pedro le quiere separar del camino del Padre. En nuestra vida se dan también estas aparentes contradicciones. Lo que parece que nos lleva hacia la infelicidad, al cabo de unos años podemos decir: ¡qué bien que estamos! Por el contrario cuando hemos  elegido, sin contar con Dios, al poco tiempo sentimos la insatisfacción por habernos  fijado sólo en cosas pasajeras o en la simple comodidad.

“Más el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu,  porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos” (Rom 8, 27)

2.3.     La fe supone siempre la búsqueda del querer de Dios. Es dinámica, no nos permite decir hemos llegado, siempre exige un peregrinaje. Necesitamos encender el deseo de ver a Dios en cada circunstancia, seguros de que está presente, de la forma que menos imaginemos.

·       Se encuentra en las criaturas, en todo lo creado.

·       Se encuentra en las personas. Habita en cada uno de nuestros corazones, independientemente de cómo vivamos. En todos existen semillas de verdad.

·       Lo descubrimos en los acontecimientos. Dios no castiga a nadie. Pero en forma permanente nos quiere mostrar sus caminos. Hay una lectura que tenemos que hacer desde la fe.

·       Lo encontramos en su Palabra.

·       En lo más íntimo de nuestro corazón, pues constantemente nos está hablando.

2.4.     La fe nos permite perdernos en Dios. El que quiere seguirme que se niegue a sí mismo. La persona de Jesús  es la única seguridad que tenemos.

“Porque en Él vivimos, y nos movemos, y existimos” (Hech 17,28).

La vida sin Dios queda diluida en la nada, por guiarnos por banalidades. Cada día necesitamos dejarnos mirar por Dios (con la mirada de fe), para que Él nos atraiga hacia lo Bueno.

“Cuando se puso en camino, un hombre corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno” (Mc 10,17-18).

Como lo hizo el joven rico, aunque finalmente no pudo seguirlo, pues  estaba apegado a sus riquezas.

Somos llamados desde lo más hondo del corazón a la felicidad, pero con el Señor. No existe la plenitud de vida a nuestra manera, sólo a la manera de Dios. Todo lo demás nos deja vacíos, pues se acaba. Las cosas materiales, se consumen y engendran el miedo por el futuro. Dios es nuestro tesoro. Cuidarlo da trabajo. Pero no lo cambiemos por nada que nos rebaje.

 

3.     La fe se sostiene por la experiencia de sabernos amados.

 

3.1.     La fe nos permite entrar en contacto con nosotros mismos y con Dios, con experiencias íntimas profundas, que no son comparables con nada, pues vienen de Dios y en las que nos sabemos acompañados por el Espíritu. 

“Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios ¡Abba!, es decir, ¡Padre! El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, porque sufrimos con él para ser glorificados con él” (Rom 8,14-17).

La vida de fe, con el estilo de vida que supone en orden al amor, no nos priva de lo valioso. Todo lo contrario nos lo potencia. La sociedad de consumo propone una serie de estímulos en el ámbito de lo sensitivo. Pero la fe se va a lo profundo de la persona y nos transciende para llevarnos hasta Dios infinito. De esta amistad se pueden experimentar gozos a nivel espiritual más plenos, hondos y eternos. 

 

3.2.     Esta entrega hace fecunda la vida.

A los ojos del mundo materialista y consumista, vivir de la fe parece que no es  rentable, pues nos conformamos con muy poco y nos proponemos dar mucho a los demás. Pero en realidad el prescindir de las cosas nos entrena, para darnos a nosotros mismos. La fe nos hace fecundos en todas las relaciones humanas, pues podemos mostrar dimensiones que quedan escondidas para quien no ha gustado la amistad de Dios y sólo ve lo tangible.

“No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas. El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6,43-45).

La fe nos permite vivir un amor que no se apaga. Que se da, que no se reserva nada para sí. La vida de fe y de amor hace que  podamos iluminar la vida de los demás. El testimonio de nuestro sí a Dios, es un llamado para que otros muchos quieran vivir en autenticidad.
 

3.3.     La fe supone y requiere una madurez, siguiendo el proceso de crecimiento humano, para que pueda decir un sí total y para siempre, que continuamente supone un compromiso en bien de los demás. Esto implica un crecimiento a través de la formación permanente, de la relación amorosa con Dios y de la fortaleza para estar disponibles para  los otros.

 

4.     La fe genera una desproporción entre las posibilidades propias (muy limitadas) y la acción de Dios en mí, que es infinita. Jesús pone como ejemplo un contraste abismal, entre el tamaño de mi fe (un grano de mostaza) y la acción inconmensurable que puedo llevar a cabo (el arrancar y mover el árbol). Muchos emprendimientos que a primera vista parecen inalcanzables, cuando nos dejamos acompañar por la gracia se hacen una realidad. Por eso la insistencia de Jesús:  “Pedid y recibiréis” (Mt 7,7).
 

4.1.     Tenemos que dejarnos  sorprender por lo que Dios hace con nuestra vida. La coherencia de nuestra vida de fe ayuda a otros, aunque nosotros no lo percibamos. Pero es la única forma que tenemos para transformar la sociedad.
 

4.2.     Dios hace todas las cosas en forma exagerada. No quiere las medianías o la mediocridad. No somos fanáticos de nada. Cada cosa que hacemos la pensamos con plena conciencia. La razón y la fe van unidas y se complementan. Nuestra forma de ver la realidad puede iluminar a cientos de miles de personas sedientas de verdad.
 

4.3.     La fe requiere una gran dosis de paciencia, hasta descubrir lo valioso que hay en nosotros y en los demás. En este sentido precisamos educar el oído interior para escuchar su voz. Dios siempre nos está diciendo que nos ama, pero pareciera que estamos en la adolescencia, donde los hijos con frecuencia rehúyen el abrazo o el cariño de los padres porque quieren ser independientes. El temor lo podemos vencer por la fe y el amor. Es así como nos abrimos a nuevas posibilidades. El amor con amor se paga. Podemos corresponder cuando tenemos la voluntad de darlo
 

5.      Las contrariedades son posibilidades de crecer en la fe a través de la práctica de la caridad hacia Dios y el prójimo.  

“Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5,3-5).

Sólo la fe nos ayuda a dar un sentido transcendente a la vida y nos permite superar lo inmediato, lo que nos informan, de una forma reducida, los sentidos. La fe nos ayuda a responder comprometidamente, por encima de nuestras fuerzas, ya que siempre contamos con la gracia de Dios que nos está dando la Vida Nueva.

 ¡Jesús auméntanos la fe, para que siempre vivamos para ti!

 

Hno. Javier Lázaro

 

                                                                            

 

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